Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

It, segunda parte, la mirada de los niños lastimados

Existimos millones de “perdedores”, si coincidimos en que éstos tienen heridas que no sanan infligidas durante la infancia, como sugiere “It parte dos”. No sanan, digo, salvo que volteemos atrás, recordemos y así remontemos a los monstruos que se concentran en un payaso; de lo contrario, “ a veces somos lo que quisiéramos olvidar”: la mujer que siente como premio el ser querida y acepta el flagelo del otro; el hombre que genera su propia fantasía para evadir su soledad o, simplemente aquel que no puede más porque la herida fue para él tan grande que terminó desengránandolo.

¿Qué ocurrió 27 años después con los niños que creyeron haber vencido para siempre a Pennywise? La trama se desenvuelve ahí, y en el juramento que hicieron para volverlo a enfrentar si fuera necesario, y lo era: lo mismo para la niña ultrajada por el padre que para el escritor incapaz de terminar bien sus historias o para el jovencito sobreprotegido por la madre a grado tal que juntos lucharon contra enfermedades que, en realidad, no existían (lo cual explica que en su vida de pareja reproduzca la dinámica materna).

La película puede verse desde diferentes planos: puede prescindirse de la metáfora iniciada en el puente de Derry, un pueblo estadounidense, y disfrutar la fiel adaptación de los años 80 y varios recursos, los globos rojos esparcidos en el cielo por ejemplo, o la participación del autor de la novela, Stephen King (una licencia tipo Stan Lee, que se otorga Andy Muschietti, el director de It parte dos para concluir la historia). El espectador también puede enfatizar en los recursos visuales aunque unos sean ostentosos, superficiales y cómicos de tan intensos. Siempre sobre la base de que las cintas no se diseccionan como pastel, puede enfocarse la historia así, o el más meticuloso anotar las influencias cinematográficas en la integración de Bob Gray (Eso o Pennywise, como ustedes quieran llamarle). Me parece que la comedia y a veces de plano la comicidad son elementos superfluos con los que el director pretendió dar descanso a tanta parafernalia visual aunque más bien estén fuera de lugar y rompan el ritmo.

En lo personal me quedo con la denuncia de la homofobia y el racismo, y, en particular, con el reencuentro de los niños 27 años después en el “Club de los perdedores” porque su presente los orilló a recordar burlas de las que fueron objeto y les influyeron tanto que los dejaron en la orfandad emocional, sentimientos de culpa, chantajes y relaciones dependientes. Todo ese conjunto enmarañado y amorfo de experiencias es lo que podemos llamar “Eso” y siempre sobre la base de que la fortaleza de los perdedores es que no tienen ya nada qué perder.

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