Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Ishiguro, para mirarnos a nosotros mismos

Aún recuerdo la efervescencia que generó en las redes sociales mexicanas, el Premio Nobel de Literatura otorgado a Kazuo Ishiguro; así somos los latinos, intensos, incluso aunque a veces no sepamos de lo que hablamos -lo importante es hablar y así ejercer un derecho aunque no sepamos para qué.

Entonces, disculpen ustedes por llegar tarde y abruptamente a ese frenesí de hace algunos meses.

Motivado por aquella efervescencia, durante algunas semanas, leí varios libros de Ishiguro, el que hace unos instantes concluí se llama “Pálida luz en las colinas”, con el que se afianzó mi seguridad de que estamos frente a un creador que intenta volver a visitar las certezas de nuestra memoria sobre lo que pasó en el mundo a mediados del siglo anterior, con la segunda guerra mundial, la hegemonía de la cultura occidental y las certidumbres globales conmovidas -el socialismo por ejemplo pero no sólo ni principalmente pues el escritor alude asiduamente al sentimiento nacionalista del Japón que se creyó predestinado (o, al menos, a una generación que creyó encarnar la voluntad de los dioses en esa tierra).

Ishiguro escribe con sobriedad y pulcritud, crea atmósferas con una sencillez notable y las dota de un sereno dramatismo: sin aspavientos ni dramas porque la tragedia o la comedia está en la descripción de los personajes, las circunstancias y sus reacciones. En “Pálida luz en las colinas”, el autor se sitúa casi de inmediato frente a un caballete y en unos cuantas pinceladas acude al trauma de Hiroshima, los viejos rebasados y las mujeres sometidas, pero acaso sobre todo visita la democracia como un espejo que distorsiona las raíces japonesas (inevitablemente el lector acude a su propia circunstancia para advertir qué tan lejano es su propia cultura y su folclore de las exigencias que comprende la democracia). En otro plano que a menudo se bifurca con aquel, Ishiguro enfatiza en la soledad, la del viejo que ahora es un escombro para el hijo que antes le usó -y que ahora no puede platicar con él y honrar su memoria con la gratitud ni jugar una partida de ajedrez con él-, la del hombre que somete a la mujer a ser nada más testigo de sus logros o la de quien decide el destino de una mujer para quien le importa más la compañía que ella y su propia hija, aunque esa compañía le lastime con el constante desengaño.

A lo largo del año comentaré otras novelas  más (no hablaré sólo de política, ustedes lo han notado, el gremio periodístico sobre todo por esas fechas no hace otra cosa más que entonar el canto de los grillos), sólo advierto que en este novela puede encontrarse algo de la técnica, el estilo y las obsesiones más representativas de unos de los grandes escritores contemporáneos que ayudan no nada más para fijar las utopías irrealizables sino acaso sobre todo, a comprender por qué son precisamente irrealizables, y buena parte de ello se debe a la propia naturaleza humana. Como sea, “lo que no se puede hacer es ver pasar la vida inútilmente”, por ejemplo sin mirar nuestras sombras, en el terreno pantanoso de nuestros propios miedos en donde tal vez el maullido de un gato sea la mejor compañía posible entre la desesperanza.

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