Cinque Terre

Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

Intelectualidad inorgánica y voceros reciclables

Por sus rebuznos los conoceréis.
Orencio Puig.

Al denominar a Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camín como “intelectuales orgánicos”, López Obrador demostró que no entiende las palabras que usa: si Krauze y Aguilar son, según sus palabras, contrarios a él, no pueden tener el carácter de orgánicos.

Gabriel Zaid, hace treinta años, publicó una de las mejores definiciones de intelectual: “es el escritor, artista o científico que opina en cosas de interés público con autoridad moral entre las elites”¹. La definición descarta, al menos, a las cuatro categorías comunes de defensores del obradorismo —y que también señala Zaid—: 1) los que opinan por cuenta de terceros; 2) los que opinan sujetos a una verdad oficial (política, administrativa, académica, religiosa); 3) los que son escuchados por su autoridad religiosa o su capacidad de imponerse (por vía armada, política, administrativa, económica); y 4) los que se ganan la atención de un público tan amplio que resulta ofensivo para las elites².

La noción de intelectual orgánico, elaborada por Gramsci, define al que pertenece a una clase —el grupo social dominante³—. Dado que el poder lo detenta López Obrador y su grupo, los críticos autónomos e independientes de su régimen no son intelectuales orgánicos, sino tradicionales, como también lo ha planteado —con ciertas diferencias— un brillante texto de Rafael Rojas en Letras Libres4. Por su parte, los defensores del gobierno —varios de ellos valedores de administraciones pasadas— no dejan de ser voceros reciclables.

El tono del presidente contra los intelectuales, que busca ser irónico, fracasa en su intento y se concreta como zafio e ignorante. Más que sarcástica, su mofa se aprecia como teñida de resentimiento, de rencor porque, hace catorce años, una parte importante de los intelectuales y académicos del país no respaldó su hipótesis del fraude electoral.

@EnriqueKrauzeMx

Los especialistas en acrobacias falaces —los maromeros— defenderán la terminología lopera, aduciendo que los “intelectuales conservadores” defienden al grupo social de la derecha. Nuevamente hay un error doble: en primer lugar, ese grupo manufacturado en el imaginario presidencial —la derecha adversaria—, si existiera, no sería dominante; y, en segundo término, la historia personal de Enrique Krauze demuestra su distancia con el poder, en toda época, que incluye los tiempos más oscuros del autoritarismo. Dejo dos estampas, que me constan, de esa distancia con el poder.

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Tenía aproximadamente diecinueve años, cuando Krauze dio una conferencia en la sala máxima de mi universidad. Sin importar la audiencia que tenía, expresó una crítica muy dura al corporatismo. Su análisis fue mal recibido: recibió respuestas del público airadas y furiosas, algún sujeto —del que cervantinamente prefiero no recordar su nombre— lo acusó de panista y aliado de Coparmex. Uno a uno, con temple de acero, respondió a cada exabrupto, dejando en ridículo a sus detractores de ocasión. Afortunadamente, mi casa de estudios sufrió una evolución hacia el pensamiento liberal precisamente a partir de ese año. El historiador, con la tranquilidad del que se sabe victorioso, salió del recinto y, en el camino, se dio el tiempo para explicarme alguno de sus comentarios. Era la época del viejo PRI, asesino, intolerante, de moral múltiple e ideologías casi soviéticas… y Krauze desafió a la herramienta básica de ese sistema, el corporatismo, frente a un grupo de personas que no apreciaban el liberalismo, ni las críticas al establishment.

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Hace apenas unos meses, luego de otra diatriba en la conferencia matutina presidencial y un rudo linchamiento en redes sociales, Enrique Krauze atendía una entrevista con Ciro Gómez Leyva. A pesar de la ordinariez y patanería del Ejecutivo federal, el escritor volvió a extender la palma para invitarlo a no dividir al país, pero también hizo algo que sólo los auténticos intelectuales pueden hacer: tirar a la basura los convencionalismos de los psitácidos del lugar común, de los loros que repiten consignas porque las leyeron en algún lado… y recordó que Carl Schmitt razonaba como el presidente López. En una sociedad de papagayos, el intelectual desechó el reductio ad hitlerum, por la misma razón que esa categoría existe: dado que no hay que comparar ligeramente al austriaco con cualquier dictador de pacotilla, sí se debe comparar con Hitler al que efectivamente se le parece. Con tono moderado, Krauze explicó que el caudillo tropical defendía los mismos extremos integristas que el ideólogo del nazismo. El verdadero intelectual no sólo no le tiene miedo al gobierno, tampoco le asustan aquellos que se creen intelectuales y convierten en sacras a meras directrices mutables.

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Pues bien, por ese valor civil y autonomía frente al poder del pasado, ante el régimen del presente y contra los repetidores de mantras, Enrique Krauze sólo puede catalogarse como un intelectual clásico.

De Héctor Aguilar Camín escribiremos en otra entrega.


1 Zaid, Gabriel. De los libros al poder. Penguin Random House Grupo Editorial México. El texto apareció originalmente en la revista Vuelta número 168, de noviembre de 1990.

2 Ídem.

Cfr. Gramsci, Antonio. La formación de los intelectuales. Grijalbo, México, 1967

4 Rojas, Rafael. “¿Qué es un intelectual orgánico?”, consultable en la dirección electrónica https://www.letraslibres.com/mexico/politica/que-es-un-intelectual-organico

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