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Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

Indiana Zaldívar y su última cruzada (de cables)

El presidente de la Corte está en la labor de limpiar su imagen, no se necesita gran inteligencia para percatarse de ello. Sin embargo, su meta se antoja imposible, ha hecho tanto daño que no hay disfraz que cubra sus fallas.

Su paso por el liderazgo del Máximo Tribunal del país es una oda al rollo, a la venta de humo, al efectismo. Mucho discurso de derechos humanos y pluralismo, pero las peores decisiones de la Corte siguen vigentes. Para justificar las barbaridades de la SCJN, Arturo Zaldívar ha hecho de la maroma un arte de tan elevada ejecución, que ni siquiera Pepe Merino logra emularlo.

Si va por la FGR o quiere otra cosa, es lo de menos. Zaldívar debe irse a su casa, a escribir sus memorias y a convivir con sus nietos. Después de su sumisión a López Obrador, su traición a la independencia judicial y el burdo intento de violar la Constitución para reelegirse en la presidencia de la Corte y el Consejo de la Judicatura Federal, el abogado de la Libre no tiene espacio en la vida pública del país. Hizo cosas que no le correspondían y no hizo las que le tocaba hacer, como arreglar la jurisprudencia del país y poner más controles al poder. No cumplió con la función para la que fue nombrado porque es la versión jurídica de los moneros del Chamuco o de Jenaro Villamil: fue crítico de la presidencia y el Ejecutivo hasta que su gallo llegó al puesto. A partir de ese momento, pasó de censor a palero.

Cada vez que leo que el gobierno puede repetir actos ilegales, porque a la Corte le tiembla la mano para poner en plena vigencia los principios de derechos humanos que están en la Constitución, como el non bis in ídem (nadie puede ser sometido a un procedimiento dos veces), o recuerdo cómo Zaldívar calló cuando el obradorismo impulsó la ampliación de los delitos con prisión preventiva oficiosa o cómo el ministro se ha hecho maje con el caso de Rosario Robles (o cómo hizo lo mismo con Alejandra Cuevas, hasta que la presión social lo obligó a actuar), me pregunto quién le puede creer que dedicará el resto de su último año en la presidencia de la SCJN en ser el Indiana Jones de Santiago de Querétaro. Lo siento, pero no le creo ni el bendito.

Por ello no me sorprendió su voto nefastísimo en el caso de la Ley de la Industria Eléctrica u otras decisiones del Pleno y de las Salas de la Corte que evidencian al tribunal como una ventanilla de refrendo de las decisiones de López Obrador y su camarilla. En materia fiscal, los ministros demuestran que no sirven a la sociedad, sino al ocupante de Palacio Nacional… y eso también es culpa de Zaldívar, porque ha normalizado las agresiones a quien no se pone de tapete de López: el ministro presidente guardó silencio ante un ataque gravísimo al Tribunal Supremo, como el que se operó desde la Unidad de Inteligencia Financiera para forzar la renuncia de Eduardo Medina Mora y dejarle una silla más al obradorismo. Su posición respecto a la presión y chantajes contra Luis María Aguilar Morales y Alberto Pérez Dayán es imperdonable y nadie se chupa el dedo creyendo que fue casualidad que Javier Laynez Potisek recibiera molestias y humillaciones infundadas, poco después de que el valiente juez rechazó las ocurrencias presidenciales para la consulta sobre los expresidentes.

Lo que no entiende Zaldívar es que hacerlo encargado de despacho de la FGR durante dos años, y luego nombrarlo formalmente en ese cargo, no lo exenta de que el siguiente presidente lo despida como primer acto de gobierno. Ni de que lo enjuicien en La Haya. Apostó fuerte por el peor gobierno de la historia y sacrificó la dignidad de la Corte en el proceso. Y perdió. No importa quien ocupe la silla del águila el próximo sexenio, su legado contra la democracia constitucional no se borrará de forma alguna. Que no se le olvide que Judas sigue teniendo el mismo prestigio que hace dos mil años.

No, no creo en la última cruzada de Indiana Zaldívar, su disfraz es muy malo, casi tanto como la charlotada que ha sido su presidencia de la Corte. A su película le queda al menos seis meses de duración y promete ser un churro hasta el último minuto: Juan Orol estaría orgulloso del trabajo de su hijo…

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