Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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El imperio del Sol menguante

Shintaro Ishihara, escritor, ex alcalde de Tokio y polémico político ultranacionalista japonés, escribió a finales de los ochenta un controvertido libro llamado The Japan That Can Say No: Why Japan Will Be First Among Equals (El Japón que puede decir No: Porque Japón Es Primero entre Iguales), donde urgía al País del Sol Naciente abandonar su postura de sumisión frente a Estados Unidos y asumir las responsabilidades mundiales que correspondían a una gran superpotencia, incluidas las militares. Hablaba del inminente advenimiento de una Pax Nipónica que sustituiría a la Pax Americana. El mundo se dividiría en tres grandes zonas de influencia: la japonesa, la americana y la germana. Los motivos que impulsaban tan optimistas conclusiones eran el imparable auge de la economía (que a la sazón había sobrepasado a todo el mundo menos a Estados Unidos), su aparentemente indiscutible primacía en el mundo financiero y su liderazgo en el desarrollo de tecnologías de punta.

Pero pronto se diluyó el espejismo nipón a causa de un disfuncional sistema político plagado de corrupción, lucha entre clanes políticos, proceso de toma de decisiones centralizado y excesivo aparato burocrático, y con la aparición de una endémica crisis económica. Si en los años 80 la economía japonesa crecía al 4 por ciento anual, mucho más rápido que el 3 por ciento de los Estados Unidos, en los años 90 el crecimiento promedio de Japón fue menos de la mitad del 3.4 por ciento de Estados Unidos y la situación en la siguientes décadas no mejoró en absoluto, con una bolsa de valores demasiado volátil, la caída brusca del precio de la tierra, la disminución del consumo y de las inversiones, quiebras de bancos y empresas, bajos salarios, la continuada apreciación del yen con respecto al dólar (que trae como consecuencia una disminución de las exportaciones japonesas), la deuda pública más grande del mundo (representa el 150 por ciento de su Producto Interno Bruto), estancamiento industrial y el traslado de numerosas fábricas a otras naciones.

Hay tres explicaciones para el pobre desempeño económico de Japón. Una es que el país todavía sufre por el colapso de la burbuja financiera ocurrido a fines de la década del 80. La acentuada declinación de los mercados accionario e inmobiliario a finales de ese período dejó muchas bancarrotas y un sistema bancario feble, agobiado por malos préstamos. El gobierno japonés fue ineficaz en arreglar este desorden y retrasó por casi una década la recapitalización de los bancos. En segundo lugar, la estructura económica se volvió rígida porque los intereses creados (sobre todo en los sectores de construcción y servicios) obstaculizaron la aplicación de reformas urgentes. Y esto abre paso a la tercera explicación: la parálisis política de un sistema al parecer irreformable. Los japoneses afirman que su país es una potencia económica del primer mundo con un sistema político del tercer mundo donde la recurrencia de los escándalos de corrupción, la penetrante injerencia de los intereses empresariales y financieros y el antidemocrático predominio del aparato burocrático sobre los órganos de representación ciudadana han permitido a una gris clase política llevar a la deriva este gran país.

En 2012 llegó Shinzo Abe al poder. Adaptó una serie de medidas conocidas como las “Abenomics” que revirtieron el aumento descontrolado de la deuda pública, redujeron el déficit fiscal y abrieron nuevos mercados a las empresas japonesas. Abe también se ocupó en tratar recuperar la soberanía de Japón en materia de defensa y seguridad nacional, así sentó las bases de un Japón más asertivo, pero fracasó en la tarea de incrementar la tasa de crecimiento del PIB, el cual en 2019 era considerablemente más bajo que en 2012. Su gestión le valió una alta popularidad. Ganó tres elecciones generales consecutivas. Sin embargo, una enfermedad crónica le obligó a dimitir a sus 65 años en agosto de 2020. Su sucesor, Yoshihide Suga, fue incompetente en la gestión de la pandemia y se hizo sumamente impopular. En septiembre decidió dimitir, a menos de dos meses de las elecciones generales celebradas el pasado 31 de octubre. Después del mandato de Abe (el más duradero en la historia moderna de Japón) el corto mandato de Suga y la rivalidad entre facciones en las primarias restauraron la inestabilidad política que vivió Japón de 1993 a 2012. En esos veinte años hubo trece primeros ministros, y todos excepto uno duraron menos de tres años en el cargo debido a escándalos de corrupción y a las divisiones dentro del Partido Liberal Democrático (PLD), el dominante en Japón desde los años cincuenta. La dimisión de Suga dio lugar a unas enconadas elecciones primarias donde se impuso otro irrelevante personaje, Fumio Kishida. Su triunfo evidenció las diferencias en el seno del PLD el cual, sin embargo, se impuso con facilidad en las urnas frente a una oposición débil, dividida y carente de sintonía con el electorado. Ganó el desprestigiado PLD porque logró presentarse como el único partido capaz de sacar a Japón de la crisis del coronavirus, defender sus intereses ante China y Corea del Norte y garantizar una relación estrecha con Estados Unidos y socios regionales como India y Australia, pero las elecciones tuvieron una tasa de participación electoral muy baja (menos del 55 por ciento) en especial entre los más jóvenes, evidenciando la elevada desconfianza ciudadana hacia los partidos políticos (67 por ciento, según alguna encuesta).

No todo es negro para Japón, nación sin duda admirable, pero en el futuro tendrá que profundizar los cambios que le permitan a su política ser más eficaz y transparente y a su economía mantenerse como una de las más productivas y competitivas del orbe. Y aunque es cierto que nunca se debe descartar del todo a Japón, el sueño de Ishihara de ver a su país convertirse en una gran superpotencia mundial compitiendo por el dominio mundial ha pasado a ser sólo una anécdota.

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