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Historietas, buenos contra malos y otros cuentos

En el horizonte más lejano de mis recuerdos encuentro que, desde siempre, me han gustado las historietas: al principio nada más como fiesta multicolor cuando las letras me eran ajenas y luego para situarme en otras dimensiones y formar parte de aventuras fantásticas; también han sido refugio de la situación adversa, fuga a otras realidades o simple recordatorio de que nunca, nada, es para tanto.

Allá a lo lejos miro otra vez los llamados “cuentos”, vienen a mi memoria los de la cultura de masas estadounidense, los monitos de Disney: Mickey Mouse y Donald, entre decenas, y que fueron aspiración de vida de mis compañeros de aquel entonces. Pronto, sin embargo, dejé atrás a Disney y en los albores de los seis o siete años de edad andaba entre Snoopy y sus amigos, poco después Mafalda, aun sin comprenderla del todo (y menos que no le gustara la sopa), hasta instalarme definitivamente, primero en Fantomas y Kalimán más tarde en Memín Pingüín, Águila Solitaria, Tamakún y Arrabalera, una niña sola, vagabunda se decía en aquel tiempo y pobre que vivía las inclemencias de quienes nacieron con el destino marcado para siempre, entre hambre y caridad; culebrones de historietas claro, la eterna división de buenos contra malos y simultáneamente una pizca de aquel México de los años sesenta

Archie representó contextos puestos a los míos y a mis aspiraciones, aunque la soberbia se Carlos me parecía lo mejor entre los personajes; Torombolo fue para mí como el chico bobo que hace de Hakuna Matata una forma de ser; Verónica impostada y Betty, la jovencita buena de las telenovelas. Capulina y Hermelinda linda siempre me parecieron insulsas, y ya para ello, rozando los diez u once años, mejor optaba por el Libro Semanal o El libro Vaquero; ser el pistolero malo y feo que enamora a la chica más guapa o seduce a Rarotonga o peca junto a Oyuky me ha parecido justicia histórica frente al libreto políticamente correcto.

Leer Los Agachados y La Familia Burrón fue una de mis predilecciones de la adolescencia (a la que me siguieron acompañando Memín, Kalimán y Novelas Ejemplares, donde leí por vez primera Los tres mosqueteros). Creo que Gabriel Vargas logró reflejar en Borola al mexicano chismoso y echador, tan preocupado por las apariencias y, simultáneamente, tan decidido a pasarla bien pese a la adversidad de la vida y los políticos corruptos. Regino es el hombre prudente, el sotaco esposo de Borola, peluquero de profesión de mediana cultura y padre de los jóvenes Regino y Machuca, además de Foforito (hijo de Susano Cantarranas y novio de Bella Bellota) y un perro, así se les llamó en mis tiempos, perros, no hijos, de nombre Wilson.

Junto con Yolanda Vargas Dulché en Memín, Gabriel Vargas y Rius reflejaron e influyeron en el lenguaje, al menos en las principales ciudades del país. “Ay chispiajos”, “boinas pa’ los calvos”, “Se mojaron los de apipizca” o “La de sopear”, “Ruperto” (para señalar a un ladrón) o “la matona” son algunos de los términos que estuvieron en boga y que ahora pueden parecer extraños.

Desde luego, en esos iniciales resquicios de la memoria me veo jugando con Tribilín (mucho antes de saber que en mi barrio así se le decía al tribunal y comprendiendo que ridículos los hacemos todos), me veo discriminando a Periquita por su parecido con Mafalda, sufriendo con Felipito por su falta de fuerzas para decirle a una niña bien bonita que era bien bonita; jugaba al fútbol con la revista de las Chivas aunque le voy al América porque era mucho más entretenida que otras, con excepción de Borjita que le hacía buena competencia. También luché junto con Kalimán para vencer a Karma (lo logramos apenas) y uno de los primeros corazones rotos fue atestiguar el amor frustrado entre él y la Bruja Blanca.

En la juventud retrocedí el tiempo en revistas que no correspondieron a mi época sino muchos años atrás, la revista Ja, ja, ja!, por ejemplo, o el Pepín (donde, si la memoria no me falla, comenzaron los Burrón –necesito que los expertos me corrijan–). Volví a visitar Chanoc con más denuedo, comprendí mejor a Mafalda y Los Agachados. Pero en definitiva me anclé en los superhéroes de Marvel y DC, hasta la fecha (por lo regular prefiero los personajes de DC y, entre estos a Batman y Harley Quinn) y di mi primer vistazo a la mujer de la que me enamoraría para siempre: Vampirella (pronto escribiré sobre ella), como a las historietas europeas, en especial la producción francobelga –donde se halla el origen de las historietas hace casi doscientos años–, desde Tin Tin (Hergé es el creador de la línea clara) hasta Los Pitufos dentro de un muy largo etcétera sobre lo que ya he escrito en otra ocasión.

Ahora de viejo, como cuando era niño, me animan los colores, el desarrollo prodigioso del realismo en los dibujos actuales tanto los de América como los del viejo continente y Japón. Procuro estar al tanto de las novedades tanto en las características de los personajes como en las técnicas del dibujo. En definitiva, y a diferencia de algunos expertos que todavía se resisten a reconocer el extraordinario papel de las historietas, estoy convencido de que se trata de un medio de comunicación que, incluso deviene en arte, si a este lo entendemos como la actividad humana que, mediante la creatividad y la sensibilidad, comunica algo, la fantasía para enfrentar la guerra (el contexto en el que cobraron gran notoriedad los cuentos de superhéroes en Estados Unidos donde, claro está, la nación norteamericana se situaba como el paladín de la seguridad de la Tierra), la diversidad en el mundo (Tin Tin) o las representaciones que nos hacíamos de él en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado (Mafalda o Barbarella), además, desde luego, del contexto mexicano de los años antedichos.

Desde luego que no justifico mis gustos al señalar que las historietas son medio de comunicación y también arte. Las disfruto aunque no lo fueran, siempre conformarán una invitación a la aventura, a la literatura sin monitos o sin representación también, porque es un vehículo de comunicación nada más, a veces políticos, a veces anodino y simplón, y otras tantas fascinante, como la vida misma.

Ahora mismo recurro a la memoria y con ello a las historietas como esa fuente de remanso que siempre han sido, antes situaciones que sofocan, donde incluso impera la estupidez que festeja los riesgos de un país autoritario.

 

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