Cinque Terre

Juan Villoro

Escritor, autor de "El Testigo". Ganador del Premio Herralde de Novela 2004 y del Premio Rey de España por su texto "La Alfombra Roja, el imperio del narcotráfico".

Güeros

Hace unos días Wendy Garrido Granada reflexionó en La Crónica de Hoy sobre la condición geopolítica de las lenguas y la supremacía del inglés como idioma dominante. No hablarlo significa carecer de la lingua franca mundial. ¿Se trata de una situación elegida o impuesta? Cada vez hay menos alternativas para “evitar” el inglés como primera o segunda lengua. Garrido Granada describe a una mujer que se manifestó con este lema: “Racismo es aspirar a hablar inglés o francés antes que una lengua indígena”.

Las más de sesenta lenguas de los pueblos originarios de México son aprendidas por quienes pertenecen a ellos. En el sistema hegemónico de las lenguas, hablar nahua es una preparación para hablar español y hablar español, una preparación para hablar inglés.

Pero los idiomas encuentran formas de resistir, incluso en los Estados Unidos de Donald Trump. En mayo de 2015, tres empleados de la sucursal en San Francisco de Forever 21, emporio de camisetas y pantalones casuales, recibieron una orden perentoria por parte de la gerente de la tienda: a partir de ese momento, tenían prohibido hablar en español. La instrucción era extraña porque los trabajadores habían sido contratados como conserjes, tenían escaso contacto con los clientes y hablaban mal el inglés. Durante años habían trabajado ahí sin que les exigieran vigilar la tienda en un idioma específico.

Alarmados por la censura de su idioma, se dirigieron a La Raza Centro Legal, asociación que brinda asesoría jurídica gratuita. Ahí fueron atendidos por la abogada mexicana Alejandra Cuestas, quien identificó los motivos de la discriminación: la gerente prohibía el español porque sospechaba que los conserjes hablaban de ella y creía disponer de una evidencia para probar que la insultaban: le habían dicho “güera”.

Cuestas se dirigió a abogados especializados en discriminación. Todos le dijeron que, dado el clima político imperante, cualquier juez fallaría en contra de los trabajadores. Además, no había modo de que los inmigrantes pagaran los costos de un bufete jurídico privado.

Ya en otros litigios Cuestas había demostrado que su afición a la tauromaquia le permite capotear vendavales. Indignada por la falta de apoyo a los migrantes, tomó el toro por los cuernos. Estudió como si debiera volver presentar al exigente examen de la barra de abogados de California y decidió representarlos.

Sus grandes aliados fueron dos filólogos: Luis Fernando Lara, director del Diccionario del Español de México y miembro del Colegio Nacional, y Giorgio Perissinotto, profesor emérito de la Universidad de California en Santa Bárbara. El “arma del delito” era una palabra y debía ser definida. Lara y Perissinotto explicaron que “güero” significa “rubio” y que, si se usa como apodo, tiene una connotación afectuosa.

La etimología produce historias. No es casual que los hermanos Grimm fueran autores de un diccionario ni que Nietzsche comenzara sus reflexiones indagando la vida de las palabras. Los elocuentes dictámenes de Lara y Perissinotto convencieron al Departamento de Igualdad en el Empleo y la Vivienda de California (DFEH, por sus siglas en inglés). En marzo de 2017, dos años después de iniciado el proceso, el DFEH demandó, a nombre del estado de California, a Forever 21 por discriminación basada en el idioma. En agosto, facilitó un acuerdo a favor de los empleados. Cada uno recibió una compensación de treinta mil dólares, más una cifra confidencial como indemnización. Forever 21 tuvo que pagar los gastos legales y se obliga a colocar carteles en sus establecimientos contra la discriminación de cualquier idioma y a dar cursos de capacitación a sus gerentes en California para impedir que exijan que sólo se hable en inglés.

Esto sienta un precedente decisivo en el estado con mayor población en Estados Unidos, donde la geografía fue nombrada en un idioma que a veces se quiere proscribir.

El nombre de California proviene de una novela de caballerías de 1510, Las sergas de Esplandián, de Garci Rodríguez de Montalvo, obra inmensamente popular que mereció ser citada por Cervantes. Algún conquistador encontró un parecido entre las playas del Pacífico y la isla maravillosa que un novelista había llamado “California”.

Siglos después, en otra novela de caballerías, el idioma que bautizó esas tierras ha ganado una batalla.


Este artículo fue publicado en Reforma el 10 de agosto de 2018, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en nuestra página.

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