Cinque Terre

Walter Beller Taboada

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Grito del agónico: ¡¡Muera la inteligencia!!

El presidente hace y asegura cosas incomprensibles, y parece no querer darse cuenta del alcance de sus palabras. Muestra síntomas de falta de identidad. No le gusta ser mestizo en un país de mestizos; trae un pleito a todas luces infundado contra España y la Conquista. Exige –siempre bajo el matiz del “respetuosamente”– que el actual rey de España ofrezca disculpas a los mexicanos por el fenómeno terrible de la conquista. Guarda silencio sintomático, en cambio, respecto del mestizaje. Puede no tener bases reales su arenga, pero ¿qué busca con esos desplantes?

¿Reivindicar la Resistencia de los Pueblos originarios? ¿De cuáles? ¿De los tlaxcaltecas que lucharon contra los mexicas al lado de las fuerzas de Hernán Cortés?

Se lo han dicho una y mil veces, en todos los tonos: su abuelo materno era español, nacido en España. ¿Habrá tenido experiencias desagradables en su infancia respecto del padre de su madre? ¿En su casa materna aprendió a ser un español renegado? Imposible saberlo, pero es un hecho que él deniega de sus raíces.

Últimamente ha traído a la sala de ocurrencias mañaneras el tema de que no existen razas. ¿Quiere decir que no hay rasgos genéticos que nos diferencien unos de otros en el planeta? Todo es, según le ha susurrado al oído su consorte, cultura, solamente cultura. Como el soviético fanático Lysenko: no existe la genética. Esto puede llevar muy lejos, porque el estudio y combate al Coronavirus está cifrado en la decodificación de sus componentes genéticos. ¿Nos dirá al rato que solamente es cultura y perversidad de las farmacéuticas? ¿Será por eso que no procura las vacunas para los niños con cáncer?

Al presidente no le gusta la clase media, aun cuando él proviene de la clase media de Tabasco. Su familia no era proletaria. O, ¿cómo es que heredó en Tabasco –dice– un rancho de nombre tan fuerte?

Lo cierto es que a raíz de que perdió su partido la mitad de las alcaldías de la Ciudad de México, se volvió en un crítico moralista de la clase media, y se lanzó incluso en contra de los que viven en la Colonia Del Valle. Al respecto, sus frases parecen surgir de un profundo resentimiento contra este sector de la población. ¿Dónde vivía López Obrador en la capital de la República?

Primero en Copilco, en un condominio doble, muy cerca de Ciudad Universitaria. Sus vecinos en un buen porcentaje son docentes de esa casa de estudios. Aunque hay que recordar que para las elecciones de Jefe de Gobierno no tenía registrada esa residencia, y solo por la gracia del presidente Zedillo se hicieron de la vista gorda para que pudiera ser candidato a ocupar la jefatura de gobierno.

Por cierto, no se puede olvidar que, ante el crecimiento de la delincuencia en todos los rubros y en particular del secuestro, la clase media se manifestó en una extraordinaria manifestación por esos hechos cuando López Obrador era jefe de gobierno. Pero el hoy presidente se la tomó personal y habló de los “pirruris”, con lo cual quiso desestimar la expresión social de inconformidad. Él no era responsable y la clase media no tenía razones morales ni jurídicas.

Después de Copilco Universidad se fue a vivir a la casa de su consorte, en un barrio de clase media en Tlalpan. Justamente de ahí salió al Hospital Médica Sur cuando sufrió el infarto y su cardiólogo le pidió que fuera de inmediato a ese nosocomio de clase media alta. Salió con bien, pero nunca dijo nada sobre el apoyo del gobierno de Peña Nieto en ese trance.

El médico cubano-norteamericano que le atiende sus problemas de espalda tiene atención para los sectores de altos ingresos en Estados Unidos y en México.

En pocas palabras, el presidente ha vivido y convivido entre la clase media, un segmento de la población que le dio su voto en años anteriores y de manera masiva en el año 2018. Sin embargo, él quisiera olvidar esas vivencias. No podría presumir que vivió como campesino, ni como obrero. Sus ingresos, es de suponerse porque datos no hay, vienen de la vida política

(Tatiana Cloutier se comprometió públicamente a presentar durante la campaña la declaración de ingresos de López Obrador. No cumplió nunca.) Nadie cree que sus libros le han dado para vivir. Por cierto, el famoso Jetta donde se transportó antes de viajar en camionetas blindadas, es un auto prototípico de clase media.

Pero donde se fue a un universo paralelo es cuando arremete contra el conocimiento y el saber, ostentando él un título universitario. Al decir que quienes estudiaron en el extranjero fueron a otros países solo para aprender a robar, llegó al nivel de una descarada calumnia. El suyo es un discurso falaz porque hizo una generalización que no puede probar, pues eso significaría, entre otras cosas, que buena parte de su gabinete no estudió sino solo aprendió a robar. ¿Les sabe algo a Bartelett –que estudió en París–, o a Sánchez Cordero –quien estudió en España–, o a Claudia Sheibaum o a …?

El Heraldo de Tabasco

Y en su más reciente exabrupto contra la UNAM, ha acusado dos cosas falsas. La primera, que los profesores universitarios nos la hemos pasado “muy cómodos” dando clases a distancia. ¿Qué prueba ofreció de ello? ¡Ninguna! El segundo ataque vino al decir que la UNAM se ha vuelto “individualista”, “egoísta”. Cabe la pregunta: ¿puede una institución ser calificada de “egoísta”? Algo así como que las autoridades, los profesores, los alumnos, los miles y miles de egresados se han tornado egoístas y solamente ven por sus intereses.

El mercado de trabajo ha evolucionado. En una época, el Estado absorbió la demanda laboral de los egresados universitarios de las instituciones públicas. En la actualidad, el gobierno de López Obrador ofrece sueldos miserables y supone que debe privar una mística que, desde luego, no alcanza para sobrevivir. A lo mejor piensa en aquello de que «no solo de pan vive el hombre». Pero qué pasa si en los hogares de los universitarios no alcanza ni para el pan.

Porque el desempleo no es un hecho gratuito, ni fruto de la maldad humana. Hoy, es producto de una serie de políticas económica desde el gobierno que van contra las empresas, las cuales son las que dan empleo. Es decir, el presidente oculta que él mismo fomenta la desesperación de muchísimos que ostentan un título universitario pero que no les sirve para vivir de acuerdo a lo que estudiaron.

El presidente estudió –es un decir– en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Le llevó 14 años obtener su título. Los que tuvimos el privilegio de estudiar en la UNAM, tenemos presente la oportunidad que nos dio el Estado mexicano de contar con los mejores profesores, las mejores bibliotecas y los más avanzados centros de información. Aprendimos a convivir con la pluralidad de pensamientos. Aprendimos a respetar ideologías de todo tipo. La libertad de cátedra es un derecho que debe garantizar el Estado. Y en la Máxima Casa de Estudios se ejerce en sus funciones de investigación, enseñanza y difusión de la cultura. No se puede explicar la existencia y permanencia de las instituciones del Estado sin la UNAM y las otras instituciones de Educación Superior.

Pero nada de eso parece haber dejado huella alguna en el alma del presidente. Ni siquiera le lleva a ser prudente en sus expresiones contra la UNAM, sobre todo cuando millones de universitarios le dieron su voto porque creyeron que él podría encabezar un gobierno que favoreciera la cultura, el arte y todas las manifestaciones de un pensamiento libre y creativo.

¿Qué busca con todo ello? Solo fomentar odios y más resentimientos. Para ello ha denegado y renegado de todo aquello que lo llevó a ocupar el lugar que ostenta. Porque se expresa en español, lee periódicos en español, gozó de las posibilidades de ascenso social que existen en la clase media, ha hecho uso y abuso de las libertades democráticas que constuyó el país, y logró estudiar gracias a las instituciones públicas donde porque más que lo niegue ahora tuvo el chance de escuchar a grandes maestros. Tiene, pues, una serie de problemas de identidad.

Quizás Miguel de Unamuno no pronunció la histórica frase de «venceréis pero no convenceréis», ni el general fascista Millán Astray le respondió con el conocido «¡muera la inteligencia!» en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936. Como sea, la persecución a todo aquel que disienta de la 4T, que tenga críticas fundadas a las ilusiones del gobierno, que sea científico y no sea agachón, o toda persona que tenga aspiración por el saber y concurra a una universidad, está en peligro de recibir esa consigna: «muera la inteligencia».

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