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Ariel Ruiz Mondragón

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Las glorias pasadas de ‘Proceso’. Entrevista con Moisés Castillo

Producto del golpe al diario Excélsior en 1976 surgió la revista Proceso, formada por un grupo de destacados periodistas encabezados por Julio Scherer García. Desde entonces esa publicación ha sido parte fundamental de la vida pública mexicana gracias a su contribución al ensanchamiento de las libertades de prensa y de expresión mediante un trabajo periodístico crítico y de denuncia, que había sido poco ejercido por otros medios.

Sobre la trayectoria de Proceso durante su primer cuarto de siglo de existencia, el año pasado Moisés Castillo publicó La biografía secreta de un semanario polémico (Producciones El Salario del Miedo, Universidad Autónoma de Nuevo León), un libro que es, según el propio autor, “una ruta que cuenta, simultáneamente, la historia reciente de México, pero con el enfoque del semanario. Proceso de la historia, Proceso en la historia”.

Acerca de ese libro conversamos con Castillo (Ciudad de México, 1979), quien estudió Periodismo en la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco. Ha colaborado en la agencia Detrás de la Noticia y en medios como Excélsior, Emeequis, Milenio Semanal, Animal Político y Siempre!, revista de la que es editor web. Obtuvo mención honorífica en el primer Gran Premio Nacional de Periodismo Gonzo.

¿Por qué un libro como el suyo? Entiendo que en un inicio fue su tesis de licenciatura, hecha en 2001. Resalta que, pese a la importancia de Proceso, no había un trabajo amplio dedicado a esa revista.

Es producto de un proceso muy largo y fue por un interés personal. En mi generación de la universidad veíamos a Proceso como la publicación, donde todos queríamos hacer nuestros pininos, publicar y acercarnos al mito llamado Julio Scherer y a sus plumas brillantes, como Vicente Leñero.

En enero de 1994, cuando yo iba en Bachilleres, vi la foto de Marcos en la portada y a me impactó muchísimo. ¿Qué le estaba pasando al país? Desde entonces reafirmé mi idea de ser periodista y quise hacer algo sobre Proceso.

En la universidad me di cuenta de que no había trabajos sobre la revista. En todas las escuelas de comunicación y periodismo había pequeños textos, pero muy sueltos y muy someros. ¿Por qué no le entramos? Y en verdad era un esfuerzo titánico: una revisión de mil 305 números de la publicación y entrevistas a más de 30 personajes importantes del periodismo, reporteros, caricaturistas y analistas políticos como Miguel Ángel Granados Chapa, Vicente Leñero, Naranjo y otros.

Ellos accedieron porque yo era estudiante…

Scherer no quiso…

No, además de que nunca lo entrevistaron, lo que permite ponerle esta parte misteriosa al personaje.

Lees los libros de Scherer, y ves que su forma de escribir no era tan notable, y también hay que ver eso. Son mitos eso de que todo lo hacía bien Scherer; yo leo sus libros y la verdad su forma de escribir era muy barroca, enredada. Se quería hacer el exquisito pero la verdad no le salía.

¿Cuáles fueron los principales problemas que tuvo para hacer esta investigación? Tiene una parte hemerográfica muy amplia y con muchos testimonios.

El tiempo y que el texto se leyera no como un trabajo académico, que fue el objetivo primordial de J. M. Servín, editor de Producciones El Salario del Miedo. Tuvimos que pulir mucho el texto, quitarle muchas cosas para que fuera muy legible, dinámico, y para contraponer la voz de los personajes que menciono.

Se trataba de hacer una visión crítica y documentada sobre el periodismo que hizo Proceso durante 25 años. La cuestión era contraponer las voces que ya no están en esa revista con las que aún siguen, como Armando Ponce, Salvador Corro, Rafael Rodríguez Castañeda, Ulises Castellanos, Francisco Ortiz Pinchetti, Gerardo Galarza, Froylán López Narváez y Carlos Marín.

Entonces tuve que esquivar un mandamiento de Proceso: la ropa sucia se lava en casa. Las cuestiones internas de la revista no debían ser difundidas, pero ¿por qué no? Primero, es un medio público que surgió de la sociedad, y además los periodistas tenemos nuestros egos y luchas de poder en las redacciones. En este sentido fue una batalla abierta entre Marín y Rodríguez Castañeda por quién iba a ocupar el lugar de Scherer.

Lo que también me importaba que quedara bien documentado es la voz de los reporteros, cómo hicieron sus grandes reportajes, como el de la colina del perro.

Así esto se convirtió en una historia de 25 años tanto de Proceso como de México desde la visión de la revista.

En el primer capítulo enlaza la última etapa de Scherer en Excélsior con la formación de Proceso, y señala la continuidad entre ambas. ¿Cuáles son las líneas de continuidad que encuentra entre el diario y la revista?

Veo dos asuntos fundamentales, porque no quiero pintar una historia de buenos y malos. Primero, tuvo mucho que ver el boicot publicitario de la iniciativa privada contra Excélsior y que Luis Echeverría le haya dicho a Scherer “no te preocupes: yo te voy a dar publicidad oficial”. El periodista creyó esto en buena lid, pero con un personaje tan perverso eso no era de a gratis. Entonces el diario empezó a criticar al gobierno e inició el distanciamiento entre Scherer y Echeverría, que terminó en el golpe contra Excélsior.

También hubo traiciones internas: Regino Díaz Redondo, quien era el amigazo de Scherer (una de sus hijas se llama Regina por aquél), quien cometió una traición de la cual se aprovechó el gobierno. Tras el golpe, Scherer se fue con su importante grupo de periodistas y plumas como las de Gastón García Cantú, Jorge Ibargüengoitia y Ricardo Garibay, entre muchas otras.

Scherer fue una mente brillante que aglutinó para sus publicaciones a ese tipo de personajes y grandes reporteros, a los que jaló para preparar Proceso, aunque él aún estuvo esperando que le devolvieran Excélsior, hasta que Alan Riding, corresponsal del Times, lo reveló y originó un escándalo. Debido a esto Scherer concluyó que tenían que armar su propia publicación.

La continuidad es cómo agrupó Scherer a aquellos personajes. Entre los reporteros estaban Carlos Marín y Francisco Ortiz Pinchetti; otros no se animaron, como Rafael Cardona, quien dijo “yo necesito feria; ¿cuánto me van a dar?”, “no, pues estamos empezando”, “pues yo soy jefe de información y no puedo ganar unos cuantos pesos”. Entonces unos se regresaron a Excélsior y otros siguieron a Scherer.

El segundo es la onda de don Julio de estar vinculado siempre con el poder presidencial: le fascinaba la relación directa con los presidentes. Scherer jugó con esta para mantener privilegios, pero también fue muy interesante porque también fue para ejercer y ensanchar la libertad de expresión. Lo que no se le puede negar a Proceso es que era la única publicación que se atrevía a tocar al Ejército, a la Virgen de Guadalupe y al Presidente de la República —lo contrario a lo que decía don José Pagés: pueden publicar lo que quieran, pero no me toquen a esos personajes.

Creo que Proceso también reivindicó el reportaje de largo aliento como el gran género periodístico olvidado en este país. Sus reporteros lo retomaron e hicieron textos clásicos del periodismo mexicano contemporáneo: por ejemplo, las casas de la colina del perro y el Partenón de Durazo. Lo que está de moda, como la Casa Blanca de Enrique Peña Nieto, Proceso lo hizo hace 35 años.

Moisés Castillo / etcétera

En México uno de los grandes problemas de la prensa es que la mayoría de los medios viven, en buena medida, de la publicidad gubernamental. Señala que en un principio el gobierno entró con publicidad en Proceso; luego hubo independencia, y con López Portillo ocurrió el “no pago para que me peguen”. Posteriormente vino una época de oro en 1994, cuando la revista llegó a tirar más de 350 mil ejemplares, pero en 1998 hubo una crisis económica interna. ¿Cómo ha sorteado Proceso sus problemas y vaivenes financieros, especialmente los relacionados con la publicidad?

Hay que recordar que antes de que saliera José López Portillo de la Presidencia, Proceso sufrió el primer boicot por parte del gobierno: el “no pago para que me peguen”. Naranjo cuenta que hizo una caricatura con unas flores que decían “Gracias, señor presidente”, aunque entre esas flores iban mentadas de madre.

Esa fue la primera gran crisis de Proceso porque tenía una agencia de información, CISA, y despidieron a quienes trabajaban en ella. Periodistas como Ortiz Pinchetti, Elías Chávez y José Reveles propusieron entonces bajarse todos el sueldo para que no despidieran a los compañeros, pero Froylán López Narváez dijo “a nosotros nos vale. Que se vayan”. Eran a los que llamaban “El decatlón”.

Recupera un testimonio de Reveles, quien dice que se querían deshacer de algunos de ellos.

Varios no eran bien vistos. Scherer, tras el golpe a Excélsior, no tenía buena relación con la gente de abajo y había siempre un distanciamiento, como se vio con lo de CISA.

El otro problema fue que, pese al gran auge económico de Proceso en 1994, cuando tiró 350 mil o 400 mil ejemplares por el zapatismo, el asesinato de Colosio, la elección presidencial, el error de diciembre, en 1996 llegó una carta de Scherer, Leñero y Enrique Maza en la que decían que ya tenían 20 años al frente, y recordaban que se habían comprometido a dejar la dirección para que las nuevas generaciones tomaran el mando.

Entonces hubo un vacío de tres años en los que hubo una disputa, por la que se descuidó la parte informativa: ya no había grandes reportajes, las mismas entrevistas de siempre, lo que se publicaba en la página web y en la versión impresa no coincidía y hubo muchas trabas entre ellos.

Esas disputas afectaron internamente el periodismo que Proceso había realizado durante muchos años, lo cual se reflejó en la publicidad. Fue cuando dijo Carlos Marín: “Yo levanté a Proceso: traje a Telmex, a Progol y a muchos otros. Llamé a plumas como Denisse Dresser, a Carlos Montemayor… No se fijaron en eso. ¿Los demás qué hicieron? El que edita ahora ese pasquín era un periodista de escritorio”.

Creo que eso influyó mucho también en el periodismo que hacía Proceso.

Considero que ahora hay un boom del periodismo de investigación, pero ¿cómo era cuándo surgió Proceso?

La revista tuvo la ventaja de tener un director importantísimo no sólo por su carisma e inteligencia, sino porque aglutinó las mejores plumas y reporteros de este país. ¿Quién no quisiera trabajar con Scherer? Llenaba de prestigio.

Por otro lado, sus periodistas ejercieron la libertad de expresión. Creo que esa fue la principal forma de combatir la cerrazón informativa por la que, como decía Leñero, las oficinas de comunicación social de cada dependencia gubernamental procura sólo darnos boletines como si los reporteros fuéramos idiotas.

Creo que Proceso cumplió su objetivo de ser un antiPRI ante un Congreso débil y mayoritariamente priista y un Poder Judicial que no era independiente. El contrapeso real en este país era la revista. Así que si aparecía el rostro de un funcionario en la portada de Proceso para él era el acabose. Creo que eso fue la revista.

A finales de los años noventa poco a poco le quitaron ese reflector a Proceso: surgieron medios independientes en prensa, radio y televisión. Entonces la información ya no era sólo de la revista: le ganaron las exclusivas y los grandes reportajes porque los medios empezaron a entender que hacer periodismo significaba pintar una línea con el gobierno.

Mientras tanto Proceso estaba en una disputa interna y huérfana sin Scherer y Leñero. Creo que eso también originó una parálisis al interior de la revista.

¿Cuál ha sido la situación laboral de los trabajadores de Proceso? Vuelvo a aspectos como el recorte de CISA; que, después, a mediados de los años ochenta eran los mejor pagados del medio, y en la crisis de 1998 eso pesó.

Elías Chávez dijo: “Nosotros tenemos una profesión que está al servicio de la sociedad, pero hay colegas que están muy mal pagados. Estamos haciendo un bien a la nación con esta información que trabajamos día a día”.

Creo que, laboralmente, en Proceso la redacción que antes se respiraba, cuando los jueves y los viernes todos estaban hasta la madrugada, ya es historia. Ahora la redacción está vacía: ya nadie va a las oficinas, y muchos están esperando jubilarse. Como que ya no hay la mística del cierre de la revista.

Realmente ahora no sé cómo esté la revista en cuestión económica, pero lo que sí sé es que ya se perdió aquella mística.

Julio Scherer y sus compañeros a su salida de Excélsior en 1976 / Foto: Juan Miranda

La democratización del país: en su 25 aniversario, en 2001, la revista sacó un editorial en el que decía que estábamos en un proceso de transición en el que “cambiamos del sometimiento al poder político al sometimiento al poder económico”. ¿En qué contribuyó Proceso al cambio democratizador? Porque, como se dice en el libro, se ensanchó la libertad de expresión.

Proceso fue importantísimo cuando sucedieron muchas cosas: por ejemplo, las crónicas que hizo Ortiz Pinchetti de las elecciones de Chihuahua, San Luis Potosí, el fraude de 1988. Contribuyó a que el país diera pasos hacia la alternancia democrática desde su trinchera, que es informar. Esos grandes trabajos son espectaculares: nadie como él describió el panismo.

Contribuyó al darle voz a otros políticos: en 1988 la coberturas que hicieron con el Frente Cardenista, con Porfirio Muñoz Ledo, Rosario Ibarra, Manuel J. Clouthier, Cuauhtémoc Cárdenas, quienes no tenían voz. Este último decía: “A nosotros nos censuraban, la prensa estaba cooptada y no nos daban espacios. El único era Proceso”.

Creo que aportó un periodismo aguerrido, de ejercicio de la libertad de expresión, de darle voz a los que no la tenían, de abrirse a la pluralidad —en la parte editorial tenía articulistas como el panista Juan José Hinojosa, por ejemplo.

Pero después de 2000, cuando entró Fox, creo que Proceso no entendió, no supo leer que había otra realidad: el Congreso ya no era del PRI, ya había muchos estados de la República que eran gobernados por otros partidos, medios de comunicación que informaban de muchos otros asuntos.

No supieron hacer esa lectura, y en la parte final de la época de Scherer ya no supieron qué temas tratar, ser el termómetro de la sociedad (me decía Armando Ponce: “Veíamos las máscaras de Salinas, y pues había que hacer un reportaje de ello porque es lo que se veía en las esquinas de la ciudad”). No supieron entenderlo, y la sociedad esperaba mucho de ellos.

Se cuenta que Scherer estaba muy molesto con la victoria de Vicente Fox, que incluso rompió su credencial del IFE mientras decía “¡esto no sirve para nada!”.

Entonces Proceso se perdió, adoptó un tono muy amarillista, hasta policiaco: durante la guerra contra el narco ¿era Alarma! o Proceso? Estuvieron en la onda de tener portadas rojas para querer vender.

Considero que por las propias disputas internas cuando se fue el gran maestro y padre, los demás se sintieron huérfanos y no supieron resolverlo. Al final, aunque no estuviera Scherer en la dirección, él era el que mandaba; yo creo que Rodríguez Castañeda nunca tuvo la visión y la brillantez que se necesitaban para darle una vuelta de tuerca a la revista.

Como bien dice Raymundo Riva Palacio, Proceso es lo mismo con el mismo formato: reportaje, análisis, caricatura y, al final, cultura. No hay secciones ni una forma de hacer dinámica la revista; tiene un estilo muy homogéneo y no uno de cada periodista, por lo que parece que un superhombre está escribiendo todo. Creo que eso también frenó a Proceso, así como no darle cabida a otras generaciones. Si te das cuenta, los que están al frente son los mismos de siempre y no hay una renovación de cuadros.

Es un periodismo que ya es anacrónico para estos tiempos de las redes sociales, cuando tienes que estar presentando otro tipo de información y de forma atractiva. No hay que inventar el hilo negro: la información puede ser la misma, pero cómo la presentas, cómo la haces atractiva para los jóvenes, es la diferencia. ¿Crees que eso se lo ha preguntado Rodríguez Castañeda? Creo que eso es fundamental para Proceso, aunque todo mundo está sufriendo por ello.

Uno de los miembros de Proceso dice que a Scherer le interesaba mucho que le mentaran la madre desde los más altos niveles del gobierno. ¿Cómo fue la relación del director de la revista con los presidentes López Portillo, De la Madrid, Salinas, Zedillo y, en un principio, Fox?

Es cierto lo de que su desinterés hacía enfurecer a Scherer. Hago un recuento de que fue Carlos Salinas el que salió en más portadas de Proceso. Se exhibían su calvicie para que se viera a un presidente en declive. Con eso Scherer contestaba a la indiferencia: “¿No me hacen caso, me quieren ningunear? Órale, respondo con estas portadas”.

Pero lo más importante es que al revista perdió su forma de investigar tan precisa, clara y documentada, como en los años ochenta, los de oro, aunque su auge económico fue a mediados de los noventa. Tenían voladas; les llegaban desmentidos, pero decían “somos Proceso y nos vale porque la información está correcta”.

La relación con las fuentes también es interesante: cómo se obtenía y publicaba la información, desde una grabadora de Carlos Puig en un restaurante hasta la copia ministerial de la declaración de Mario Aburto. ¿Hay algunas cuestionables?

Hacer pública la información pública es fundamental. Hay que tener en cuenta que era otro México, con elecciones organizadas por la Secretaría de Gobernación, donde no había institutos de transparencia, donde cada fuente tenía sus sobres. Y que se diera la información era muy complicado, y por eso había filtraciones, documentos y fotos que se daban “a los únicos que dicen la verdad” (prestigio que se ganó la revista). Proceso era el receptáculo de esta información vía funcionarios de gobierno que quizá estaban en desacuerdo con lo que se estaba haciendo.

Eso era muy meritorio en un país donde los medios de comunicación vivían una luna de miel con el gobierno. Proceso fue un contrapeso fundamental para este país.

Otro de los puntos reseñados en el libro son las disputas político-culturales que ha habido en el país, desde la salida de García Cantú de la revista por un texto de Fernando del Paso, hasta las disputas de Paz con Víctor Flores Olea por el Coloquio de Invierno, pasando por la polémica Paz-Monsiváis, entre otros puntos.

Le dio vida a la publicación cómo estas mentes, muy importantes y polémicas, se metieron a la revista y empezaron a discutir temas muy interesantes, a revelar asuntos turbios de la clase intelectual del país. Esto hizo muy viva a la revista porque la convirtió en un foro para expresar esta pluralidad, donde se podían ventilar este tipo de temas. Eso era muy entretenido porque esto no se discutía mucho.

Hubo una discusión pública necesaria, y Proceso cumplió con esa parte, la cual la hizo una revista fundamental y vital para este país. Pero ahora, en cultura ¿qué ha sacado Proceso? Los mismos análisis cuadrados, los mismos personajes de siempre… ¿No existen otros en este país? Se encasillaron con algunos personajes y ya. Esto hizo previsible a la revista, vieja en su discurso, en cómo presenta la información, en la forma de escribir.

La caricatura también fue una parte importante de esta historia: en su época dorada abría y cerraba con caricaturas, las de Naranjo y Fontanarrosa. ¿Qué nos dice al respecto?

Naranjo es fundamental: abrías la revista y lo primero que aparecía era su caricatura. La primera fue de un Superman que va en caída pero en su escudo tenía el peso; esto fue cuando ocurrió la primera devaluación con Echeverría. Scherer tuvo muchos problemas con los presidentes porque presentaba caricaturas fuertes y atrevidas de Naranjo. A él un día le dijeron que sería pasado a las páginas centrales de la revista porque las autoridades ya estaban reclamando mucho.

Todo mundo le decía a Naranjo que él era el editorialista de Proceso, por lo que fue muy importante para el prestigio de la revista.

Fontanarrosa decía que para él había sido una sorpresa que Proceso le diera chance y que fuera famoso en México. Pero Boogie el aceitoso es una parte fundamental no sólo de la caricatura en México, sino en Latinoamérica. Gracias a esa tira Fontanarrosa tuvo un gran reflector. No era caricatura política sino algo policiaco que resultó muy exitoso.

Los demás caricaturistas: Rius se formó en la revista Siempre! y en otras publicaciones, y ya venía desde muy atrás, al igual que Quezada, que venía de Excélsior.

Ahora, como dice Hugo García Michel, los caricaturistas están cooptados por el nuevo gobierno, con su discurso de siempre, ya desgastado. Magú es el que se ha mantenido a distancia con caricaturas críticas, como siempre las ha hecho.

Pero yo destacó principalmente a Naranjo y a Fontanarrosa.

Julio Scherer, Vicente Leñero, Carlos Marín, Jorge Barrera Graff, Enrique Maza, Froylán López Narváez y otros fundadores de Proceso. 1979.

Al respecto ¿cuáles fueron los riesgos que asumió Proceso al hacer su trabajo? Por ejemplo, cuando Scherer cambió de lugar el cartón de Naranjo.

Guillermo Correa me contó que, cuando fue lo de las casas de los políticos, el Partenón y la colina del perro, los reporteros se sentían vigilados y temían por su vida. El gobierno incautó tirajes de Proceso, pero lo sorprendente era que la gente le sacaba copias y las repartía.

Scherer era vigilado porque era el director de la revista más importante de este país, lo cual era algo natural en el viejo régimen priista.

Pero me parece que ellos no se fijaron tanto en su integridad física o en la de su familia. Me transmitieron la onda de reportear sin concesiones y con todos los riesgos que implica; por ejemplo, Carlos Marín en el halconazo y la Brigada Blanca, y lo de Ignacio Ramírez cuando entró como albañil al Partenón de Durazo. Imagínate: esos eran grandes reporteros cuando el gobierno era represor (imagínate a Durazo, que era un gran capo en ese entonces).

El valor de aquellos reporteros de Proceso era que no les importaban los riesgos y querían ser los chingones para no fallarle a Scherer y que este les diera una gran palmada. Creo que, más que riesgos, lo que querían era cumplirle a don Julio y que se sintiera orgulloso de ellos.

De los primeros 25 años de Proceso, ¿cuáles le parecen los números o coberturas más emblemáticos?

El 306, el número de las casas. En 1982 Scherer le recordó a Correa un reportaje que tenía en mente desde hacía ocho meses y que había que sacarlo ya porque había que darle su despedida a López Portillo. Y en ese número aparecieron tres reportajes: la colina del perro, de Guillermo Correa; el Partenón, de Ignacio Ramírez, y la casa de Carlos Hank González, que creo fue de Ortiz Pinchetti.

También estuvo la cobertura del terremoto de 1985, cuando hubo dos meses seguidos con portadas dedicadas a ese suceso. Entonces hubo un trabajo muy importante de Carlos Monsiváis (aunque a mí no me gustan sus crónicas).

Asimismo en 1994, el número con la portada de Marcos encapuchado fue importantísimo por el título: “El mito de la paz social”. Eso fue impresionante.

Hubo otra, al final del periodo de Salinas, cuando sacaron la portada con el presidente y el título “El declive”.

Algo contradictorio fue la portada donde salió Scherer con Marcos en una entrevista para Televisa. Esto fue algo que desprestigió a Proceso.

Sobre esto último en el libro se relata la protesta de Elías Chávez porque iban a hacer programas con Televisa. ¿Qué ocurrió entonces? Proceso había sostenido una guerra contra esta empresa.

La revista se desprestigió; los propios reporteros se preguntaban sobre esa alianza: “Nosotros nacimos siendo antitelevisos”.

Scherer señalaba a Jacobo Zabludovsky y decía “eso es lo que no quiero ser”.

Les dijeron que ya eran otros tiempos, que el país y Televisa ya habían cambiado.

Creo que a Scherer lo cautivó mucho estar en esa vitrina, de ser más famoso, que todo mundo lo viera a él, ser el foco de atención. Para él eso era muy importante en esta era de la televisión (no existían aún las redes sociales), y era un paso para darle impulso a Proceso, darle otro foro, y qué mejor que una entrevista con el guerrillero.

Todo el mundo estaba sorprendido: ¿cómo Scherer con Televisa en el Canal de las Estrellas? Para muchos grandes periodistas, como Elías Chávez, fue muy decepcionante. Él presentó su renuncia porque consideraba que eso no podía ser.

Los mismos reporteros, que son el alma de toda publicación, se frustraron porque sabían lo que era Proceso y lo que significó construirlo. Vieron a Scherer en Televisa y dijeron: “Esta batalla ya la perdimos”.

Y al final la alianza no se logró.

En los 25 años que analizaste, ¿cuáles fueron los tres grandes reporteros de Proceso?

El mejor reportero de Proceso fue Carlos Marín. Ahora puede ser odiado (yo no justificó nada de lo que escribe ni de lo que hace hoy) y muy cuestionable para muchos, pero para conseguir información es un reportero nato.

Yo creo que Francisco Ortiz Pinchetti también, pero es más de crónicas, como las que hizo de las elecciones de Chihuahua y San Luis Potosí, de las huelgas de hambre, por ejemplo. Por ellas fue tan natural que le dieran la campaña presidencial de Vicente Fox. Después él y su hijo denunciaron que la revista los censuró, lo que les costó salir de ella y luego de Notimex por publicitar su libro en la agencia. Ortiz Pinchetti tenía la gran influencia de Vicente Leñero, quien fue su gran maestro desde la revista Claudia.

Guillermo Correa era de los reporteros tercos que hacían un trabajo de obrero de la información. Estaba atento a todo. Ojalá que las nuevas generaciones se empapen de esa vitalidad, energía, porque del periodismo no vas a inventar nada.

Ellos son un claro ejemplo que te contagia para ser mejor; ya pasaron a la historia como algunos de los mejores reporteros de este país.

¿Los tres grandes articulistas?

Yo creo que, primero, José Emilio Pacheco con Inventario. Podías no leer otra cosa: con Inventario lo demás no importaba. Fue una gran ventana para conocer autores, traducciones… Fundamental.

Carlos Montemayor, en la parte de analizar a los pueblos indígenas y sus problemas, también fue muy importante y fundamental para este país.

Heberto Castillo: creo que todas sus colaboraciones fueron sobre el petróleo, sobre Pemex, del gasoducto que se buscaba construir hacia Estados Unidos. Están reunidas en el libro Pemex Sí, PeUSA No. Sabía que Pemex era importantísimo para el desarrollo de país, y fue muy importante en esa discusión. Y estamos hablando también de la pluralidad: ¿quién le iba a dar cabida a un personaje de izquierda en esos tiempos? Proceso.

Vamos con la familia Proceso: ¿qué pasó con ella?

Hubo una mística: desde que salieron de Excélsior todos los que formaron Proceso se sentían como una gran familia con un mandamiento: “La ropa sucia se lava en casa. Nada de ventilar asuntos fuera, aquí los arreglamos”.

Pero al final la relación también se desgastó; por ejemplo: Guillermo Correa ya no estuvo, Elías Chávez tampoco, Ignacio Ramírez murió…

La relación se desgastó también con los reporteros, y nunca hubo cuadros nuevos tanto en el periodismo como internamente. Y los periodistas también viven de estas luchas de poder, de los egos: vino la carta en la que Scherer se despidió, ¿y quién iba a ser el jefe? “Pues yo”, dijo Carlos Marín, “soy el mejor reportero. Soy el sucesor natural”. Allí empezaron las luchas por la dirección de Proceso.

La familia eran todos: los hijos desobedientes, los que eran aduladores de Scherer, etcétera. Ortiz Pinchetti trató de democratizar la vida interna de la revista; me confío cartas en las que los corresponsales extranjeros decían “don Julio, ya designe usted al director. Vemos los resultados en la revista: bajan las ventas, nos están ganando la información. Mientras usted no designe quién vamos a seguir perdiendo”.

Entonces se formó una asociación, con la que Ortiz Pinchetti quiso hacer un espacio de autocrítica, pero que al final no resultó porque no lo vio bien Scherer por lo que había pasado en Excélsior.

Considero que el error de Scherer (y lo dicen varios de los que entrevisté) fue que en la publicación no iba a resultar la democracia…

¿Qué pasó en 1998 con el liderazgo de Scherer? Tenía las autoridades legal y moral para resolver su sucesión. Dudó mucho: formó un sexteto de dirección, que luego fue un terceto, quiso hacer una elección con los reporteros y terminó por elegir a Rodríguez Castañeda en una reunión que era para otros asuntos administrativos y que abandonaron Marín y López Narváez.

Quiso ser muy democrático y no le salió. Si desde el principio hubiera elegido a alguien yo creo que todo mundo hubiera acatado la decisión. Pero no lo hizo y fueron a esa reunión de la que varios se salieron; el principal, Carlos Marín, le reclamó que cómo podía designar a una persona en ella. Creo que la dirección de Marín pudo haber sido más libre e independiente, aunque se sabía que al final era la revista de Scherer. Pienso que con Rodríguez Castañeda era de más obediencia y se perdía la libertad de decidir temas, como lo demanda una dirección. Considero que Scherer agarró al personaje más dúctil para él.

Pero la lucha de egos entre periodistas fue muy fuerte; imagínate: estaban Carlos Puig, Froylán López Narváez, Gerardo Galarza, Francisco Ortiz Pinchetti… Era la selva. Y llenar los zapatos de Scherer, jamás. Este le apostó a la democracia, y perdió, no sólo hacia adentro de la revista sino también hacia afuera.

¿Cuál fue el último gran golpe de Proceso? Quizá la foto de Scherer con “El Mayo”. Muy discutible.

Recientemente, la foto de López Obrador…

Y un mal cabeceo.

¿Qué ocurrió tras ese rompimiento al interior de Proceso? Al principio menciona tres reacciones de entrevistados al respecto: un Carlos Marín iracundo, un Vicente Leñero consternado hasta las lágrimas, y un Rafael Rodríguez Castañeda lanzándole a usted una advertencia sobre la entrevista que le concedió y de la que se desdijo.

Imagínate, salieron muchas personas valiosas de esta familia: Marín, Ulises Castellanos (quien después regresó), varios corresponsales… Esas heridas ¿cómo se llenan? ¿Quién iba a hacer ese trabajo? Fue un golpe muy fuerte. Visto a la distancia, Proceso no se pudo recuperar.

Scherer y Leñero ya iban de salida: habían sido los hombres vitales, pero por asuntos como la edad ya no estaban en sintonía con la redacción. Pasó como en muchas redacciones: no había cuadros nuevos y la publicación fue envejeciendo y perdiendo importancia. Ahora ya estamos con otros medios: Animal Político, Reforma, El Universal… Antes nada más era Proceso, y ahora hay 15 más que hacen publicaciones mejores del mismo tema. Puede ser la misma información, pero mejor presentada.

En los 25 años que trata su libro creo que al final hay un balance muy positivo de Proceso. ¿Cuál es el mayor legado de la revista?

Revalorar el reportaje como algo fundamental para la sociedad. Es muy difícil que alguien presente un reportaje de largo aliento, pero Proceso le apostó y le salió muy bien.

Creo que eso es lo más importante porque ahora hay muchos reporteros que sienten serlo sin salir a la calle. La gran enseñanza de Proceso es que tenemos que retomar esa vieja escuela en el sentido de salir a la calle a reportear, y muchos ya no lo hacen: inventan notas, quieren hacerlas sin moverse del escritorio, sin salir a checar testimonios e información.

Más allá de la libertad de expresión, no se pueden entender los medios de comunicación sin Proceso, lo cual es una obviedad.

También es un legado, más en estos tiempos en que los periodistas no son reconocidos, mal pagados, ninguneados, despreciados por las redacciones y los grandes directivos de los medios de comunicación, fijarse en los reporteros. Esto lo tenemos que retomar todos ante la escasez de información, que, además, está mal presentada, mal escrita, porque a los directivos no les interesa para nada cómo viven y cómo trabajan sus reporteros.

Entonces pienso principalmente en esa forma de revalorar el reportaje como un instrumento fundamental para el periodismo y la cuestión de ser reportero de tiempo completo, porque muchas personas piensan que hacer un gran reportaje toma uno o dos días, y los periódicos y las revistas no apuestan a invertir en grandes temas.

Después de 2001, que es donde termina su libro, ¿qué ha pasado con Proceso?

Se convirtió, de una revista imprescindible para muchos y con gran prestigio, en una publicación que vive de sus glorias pasadas. Creo que se tiene que hacer un análisis de qué pasó con Proceso en tiempos de Fox, Calderón y Peña para ver qué ha cambiado.

Pero pasó de ser una revista imprescindible para todos, a ser una publicación aburrida… como La Jornada también, por ejemplo, que fue tapadera de Peña. Fueron publicaciones muy prestigiosas, en las que todo mundo quería escribir y admiraba como lector. ¿Ahora qué son? Ahora hay otras fuentes de información.

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