Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

Glamour y política

Se cumplieron 57 años del asesinato de Kennedy y no pude evitar añorar un poco de ese glamour de Camelot y la Nueva Frontera, con la estampa de Jack en su velero y sus lentes oscuros de carey, junto a su fabulosa esposa Jackie Bouvier; sobre todo porque ese mismo día circularon en redes videos de nuestra escandalosa antítesis, la alcaldesa de Álvaro Obregón, Layda Sansores, extravagante obradorista de botox y sololoy, en su búsqueda por la gubernatura de Campeche, donde su clan familiar ha formado un cacicazgo mesoamericano. Y alguien tenía que decirlo, pero nos gobierna un régimen muy feo. No sólo en lo político y económico, sino sobre todo en lo estético. Mi disgusto viene desde que el PRD, con sus diputados de traje nescafé y corbatas amarillas canario, se apoderó de mi cosmópolis en 1997. Pero Morena ha logrado llevar todo eso a nivel nacional, desenterrando además lo más grotesco del charrismo guacamolero priista.

El argumento se puede quedar por ahora en lo estético. No digo que el glamour sea garantía de buena política o buen gobierno. Hay quien sí ha hecho esa apología, no exactamente con el glamour, pero sí con la “alta cultura”. Oswald Spengler, por ejemplo, escribió lo siguiente en Los años decisivos: “El lujo, ese moverse de forma natural entre los productos culturales que pertenecen espiritualmente a la personalidad, constituye la precondición que necesitan todas las épocas creadoras; y la riqueza que forma es, entre otras cosas, la condición previa para la educación de generaciones enteras de dirigentes, pues brinda un ambiente altamente culto sin el cual no hay vida económica sana ni un desarrollo de los talentos políticos.”

JFK And Jackie/The summer before the 1960 election. From “Victura,” AP Photo, August 7, 1960./photo courtesy James W. Graham

Lo de Spengler es discutible porque la historia nos ha enseñado que la cultura de los dirigentes no garantiza nada. Ejemplos sobran, desde las supuestas afinidades artísticas de los nazis, hasta nuestro propio López Portillo, uno de los presidentes más instruidos, pero también uno de los peores. Y lo mismo se puede sospechar del glamour, como se ha hecho con el propio Kennedy. No vayamos tan lejos, el peñanietismo también tenía esa pulsión –aunque con un poquito demasiado de Atlacomulco para considerarlo glamoroso– con los conocidos resultados. Quizá sí se le podrían conceder algunas cualidades al glamour: le presta a la política un cierto esplendor, un brío que inyecta a la colectividad de magnificencia, como a menudo enseña el flamante Emmanuel Macron. Pero nada más.

Sin embargo, habría que invertir la ecuación y ver si también perjudica lo contrario: una clase política fea y vulgar. Pierre Bourdieu consideraba el buen gusto un “marcador de clase” confeccionado por la burguesía. Y ese es el problema, que la falta de refinamiento vaya acompañada, como en el obradorismo, de una falsa oda al pueblo pobre, cuando ni la vulgaridad ni la falta de refinamiento deben asociarse a la pobreza. A menudo los ricos son los que peor gusto tienen –como Trump–, y viceversa: uno puede atestiguar la elegancia de los campesinos en las villas modestas del sur de Italia. Además, el kitsch obradorista no es ajeno a la riqueza, sus exponentes más logrados están sentados en verdaderas fortunas, como la propia Sansores; sus cirugías, sus atuendos, sus casas, son una representación de cualquier cosa… pero no de la pobreza. La austeridad obradorista es otra cosa: una escenificación de la carencia, un complejo de lo que el país, en su medianía, puede permitirse aspirar: el Presidente en Viva Aereobus, un aeropuerto que parece central camionera, legisladores que no merecen un comedor y deben llevar sus tuppers con pipián al Congreso, el Canal Once convertido en verdulería, las comitivas diplomáticas con raquíticos viáticos. Pero lo podemos dejar en lo estético, si prefieren.

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