Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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“Genios” de la comunicación

“Genios de la comunicación”, “máquinas de ganar elecciones”; “saben convertir las debilidades en fortalezas”, “son muy buenos para llegarle a la gente”: estos elogios son moneda corriente en los análisis de algunos politólogos y “expertos” en opinión pública impresionados con la horda de demagogos, payasos, neófitos y ahora incluso “influencers” que han ganado elecciones en cada vez más países a lo largo de los cinco continentes.

“Genios”: perdón, pero cuando a mí me dicen esa palabra pienso en Einstein, Newton, Tesla o científicos e inventores por el estilo, no en ignorantes atroces como Chávez, Salvini, Trump, Bannon o nuestro López Obrador. No devaluemos la palabras: los demagogos podrán ser muy hábiles para manipular a las masas, pero están muy, pero muy lejos de ser “genios”. Para mentir, adular, reiterar ad nauseam lugares comunes y decir las cosas que todo el mundo quiere escuchar sin necesidad de usar el raciocinio no se precisa de gran inteligencia; basta con poseer pocos escrúpulos y ser lo suficientemente “listillo” como para saber qué decir para engañar a gente, la cual, por otro lado, está más que dispuesta a dejarse engañar, reforzar sus prejuicios y atizar sus rencores.

No se necesita ser un premio Nobel para hablar sandeces, proferir insultos y expresarse con el lenguaje de un niño del tercer año de primaria. Tenía mucha razón Thomas Mann cuando dijo aquello de “hay muchos tipos de estupidez, y ser ‘listillo’ es una de las peores”.

Por otro lado, nada hay nuevo bajo el sol. Manipular a las masas es justo lo que han hecho incluso los demagogos más estultos desde el principio de los tiempos. Eso sí, hoy vivimos una especie de apoteosis de estos personajes, quienes saben utilizar muy bien las nuevas herramientas comunicativas en una época de aguda decadencia de la política tradicional. Un pionero en todo esto fue Silvio Berlusoni, uno de los primeros campeones de la “antipolítica”. Más tarde llegaría la epidemia de bufones que han puesto en ridículo el ejercicio de los cargos de elección popular. La lista de estos deplorables outsiders es larga y crece constantemente: Hugo Chávez, Jimmy Morales, Beppe Grillo, Donald Trump, Boris Johnson, Jair Bolsonaro, Nigel Farage, Jair Bolsonaro, Rodrigo Duterte, Volodímir Zelenski y Mateo Salvini.

La principal cualidad de estos personajes es no ser, o al menos no parecer, un político tradicional. Todo empezó como una reacción de la “antipolítica”, y se fue reforzando con la creciente personalización de los procesos electorales, fenómeno agrandado por el incremento del poder de los medios masivos de comunicación. Las campañas comenzaron a centrar sus afanes en “vender” las cualidades de los candidatos como si se tratase de un producto comercial: importan los individuos y no las ideas ni los programas de gobierno. La personalización pretende convencer a los electores de que un líder, por sus supuestas cualidades intrínsecas y como por arte de magia, es en sí mismo la solución para todos los problemas.

Matteo Salvini

Ahora bien, como decíamos, demagogos ha habido siempre, pero ahora tenemos un nuevo estilo de demagogia, quizá más sutil, la cual se erige en torno a una aguda banalización de la cosa pública. Vivimos la apoteosis de los llamados influencers. Sujetos como Hugo Chávez o López Obrador son demagogos de un estilo más “clásico”: dicen al pueblo lo que este quiere oír, polarizan, explotan quimeras y mentiras para ocultar la realidad de las cosas y ganan elecciones al presentarse como “revolucionarios”. El nuevo estilo de demagogo influencer hace también todo esto, pero pone el acento en emplear un lenguaje de lo simbólico con el que son capaces de trivializar a la política. La clave de su éxito es saber presentarse como “personas normales”, “uno de nosotros”, “uno del pueblo”, y para ello su estrategia de comunicación se centra en el uso intensivo de las redes sociales.

El italiano Matteo Salvini, líder de la ultraderechista Lega, es el prototipo de este tipo de charlatanes. Como buen influencer, no se despega del internet, no da tregua en la labor de subir a sus redes contenidos de todo tipo: videos, fotos, textos, insultos, enlaces a otras noticias ¡y muchas, pero muchas tonterías! Él y su equipo están siempre listos para ser los primeros en opinar sobre cualquier asunto mediante mensajes cortos, al punto y dichos en un idioma elemental, incluso pedestre. Tienen éxito en generar una sensación de cercanía entre la gente y el líder porque aparentan propiciar un supuesto “diálogo” constante con electores, pero en realidad se trata de una narrativa personalista aderezada por el uso constante de la provocación para dominar la agenda política y mediática. Dicha provocación consiste en señalar culpables y chivos expiatorios, procurar la deslegitimación de las élites y de los enemigos tanto “internos” como “externos”, e incrementar la distancia y el hastío de “los normales” frente a las élites. Es decir, la vieja táctica de decirle a la gente lo que quiere oír reafirmando prejuicios y rencores, pero con un talante más frívolo, incluso pueril.

La aparición de potentes redes sociales con gran capacidad de penetración en las conciencias individuales ha contribuido de forma relevante a una “infantilización de la política”. ¡Nada de tratar de explicar fenómenos complejos que exigen un conocimiento riguroso! Basta la simpleza del discurso simbólico, porque siempre es más fácil manejar símbolos, explotar prejuicios y manipular emociones que explicar racionalmente la complejidad de las cosas. El triunfo de lo insustancial a través de la imagen y de los estereotipos supone la degradación definitiva del quehacer público, el cual tiende a convertirse en un espacio insustancial, todo ello de la mano de dirigentes insípidos en lo intelectual, cuyo único mérito es saber explotar su presencia pública. Una caterva de individuos insustanciales construidos únicamente en torno a apariencias, eso es lo que son los famosos “genios” de la comunicación.

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