Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Gabriel García Márquez y la hormiga del hallazgo prodigioso

Fue en el invierno de 2012, recuerdo, en el restaurante del hotel Presidente, allá en Polanco de la ciudad de México. Purificación Carpinteyro y yo comíamos espárragos y trozos de atún que estaban al centro de la mesa junto con mi cerveza oscura y el vodka de ella, el ánimo en la plática nos guiaba a cualquier tema hasta que el único que abordamos fue el del escritor que teníamos a un costado. Purificación se levantó a saludar a la señora Mercedes y a dos comensales más en tanto que a Gabriel García Márquez le dio varias palmaditas en su mano derecha y le dijo que le daba mucho gusto verlo, él la miró como a una extraña.

Yo no me levanté, en esos momentos apuré mi cerveza y pedí otra. Recordaba unos diez u once años atrás cuando, en alguna fiesta a la que nos convocó José Carreño Carlón, Ruth Esparza y yo bebimos con García Márquez y tuvimos un encuentro memorable que narré ya hace algún tiempo, así es que sólo anoto dos necedades mías, las que sólo puede tener un borracho con siete u ocho estocadas de whisky en la garganta, orientaron la coherencia que aún me quedaba: la primera, claro, Florentino Ariza y Leona Cassiani como dos caras de una misma moneda, proclives a la concupiscencia y resignados a la ausencia del amor que no sea el ideal (desde luego que hablamos de los senos atónitos de Leona Cassiani que tanto le entusiasmaron a Julio Scherer, presente en aquella reunión) y, dos, Noticia de un secuestro como la estampa real y simultáneamente premonitoria de lo que ya ocurría en México en ese entonces. Nunca dejaré de agradecer la amabilidad del escritor para responder con viveza e ingenio los comentarios que escuchó ni olvidaré su mano firme y cálida cuando tuve que salir del lugar porque si no lo hacía en ese instante, al día siguiente tendría que escribir El relato de un náufrago, bromeé, en realidad abrumado por su sencillez.


FOTO: ARCHIVO /PEDRO VALTIERRA/CUARTOSCURO.COM

La remembranza concluyó cuando regresó Purificación y apuró un trago para luego caminar al encuentro de otra persona. Entonces miré de reojo a García Márquez, quien escudriñaba con gran curiosidad las grietas de la pared, de arriba a abajo, se detenía en algún punto y lo apuntaba con el dedo, mientras Mercedes y las otras dos personas comentaban no sé qué cosa. ¿Ustedes recuerdan los “prodigiosos miligramos”? No me refiero a Carlos Pellicer sino al cuento de Juan José Arreola. Tiene uno de los mejores comienzos que he leído:

“Una hormiga censurada por la sutileza de sus cargas y por sus frecuentes distracciones, encontró una mañana, al desviarse nuevamente del camino, un prodigioso miligramo.

“Sin detenerse a meditar en las consecuencias del hallazgo, cogió el miligramo y se lo puso en la espalda…”

Digo esto porque hubo un momento en el que pensé que el escritor ya era un personaje del realismo mágico, ajeno a nuestro mundo, quizá estaba atrapando sus recuerdos o agotado de buscarlos mejor inventándose algunos. ¿Estaría recordando el cuento de Arreola o tal vez buscaba a la hormiga del hallazgo que tiempo después brilló como un diamante inflamado de luz propia? Nunca lo supe. No quise saberlo.

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