Cinque Terre

Juan Carlos Servín Morales

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¡Fuera máscaras! O con melón o con sandía

Belicoso ante sus opositores, como en repetidas ocasiones lo es, el presidente López Obrador ha establecido con claridad el tono de la próxima contienda electoral, la intermedia de 2021: o se está con él o se está en contra suya. ¡Oh, santos falsos dilemas, Batman! “Se está con la transformación (la que abandera) o se está en contra”, declaró el pasado sábado 6 de junio. “Que cada quien se ubique en el lugar que corresponde, no es tiempo de simulaciones”, añadió. En eso tiene razón, no es tiempo de simulaciones. A propósito de tan sutil invitación, es de celebrar que varias de las mentes demócrata-liberales más prolíficas de nuestro país hayan dado acuse de recibo expresando “sin pelos en la lengua” su postura de cara a los sufragios del próximo año.

Qué bien que Héctor Aguilar Camín, Enrique Krauze, Roger Bartra, Soledad Loaeza, Macario Schettino, Enrique Serna, Guillermo Sheridan, Ángeles Mastretta, José Woldenberg, Gabriel Zaid y otra veintena de intelectuales hayan hecho público su manifiesto “Contra la deriva autoritaria y por la defensa de la democracia”. Son tiempos que ameritan sí, la crítica fundamentada hacia el actual régimen; pero sobre todo, dejarse de tibiezas y apostar a la construcción política amplia, plural, diversa e intergeneracional con miras a la pronta instalación de puentes comunicativos que faciliten una alianza entre quienes no comulgamos con el “cuatroteísmo” ni estuvimos del todo conformes con el agotado status previo, entre quienes deseamos ver un próspero México “postneoliberal” más no predemocrático.

Pero… ¿el llamado de los abajofirmantes arriba citados logra cautivar más allá de las élites políticas, sociales, económicas e intelectuales?, ¿seduce a los numerosos sectores cansados de tantas decepciones sexenales que pensaron votar por el “menor de los males”?, ¿“conecta” con las nuevas generaciones?, ¿es un “call to action” efectivo?, ¿no era oportuno aprovechar la ocasión para también descartar el regreso al sendero de una transición -política y económica- que si bien trajo consigo valiosísimos avances, por sus limitaciones propició la exitosa germinación de la ruta populista? O, quizás el propósito de la inserción era menos ambicioso. Quizás sólo se trataba de hacer un planteamiento inicial a los actores políticos relevantes. Quizás fue un primer paso del que se desplegará una estrategia de mayores alcances. “Quizás, quizás, quizás”, dirían Los Panchos.

Para quien esto escribe no fue excepcional escuchar voces de colegas, amigos y aliados, algunos de ellos muy versados, que pese a coincidir “de cabo a rabo” con los planteamientos del multicitado documento, a botepronto y a quemarropa, molestos y cansados, “saturados”, soltaban con dureza reclamos como: “son los mismos de siempre”, “pareciera que defienden privilegios” o “y eso para qué va a servir” (es lo que este escribano escuchó, sería un despropósito falaz afirmar que ese es el sentir predominante). Si bien algunos de estos juicios pecan de sumarios y pudieran ser producto de justificados arranques viscerales, inquieta que estas audiencias medianamente informadas aún se mantengan escépticas ante los primeros esbozos de una propuesta aliancista de oposición. Hay razones para ello. Olvidarlo es cerrar los ojos a parte del problema. Comprendámoslo.

Ante el pronunciamiento de los intelectuales, el presidente hizo un “bendito coraje” -perdón, perdón, contestó “raudo y veloz” con un texto denominado “Bendito coraje”, un biliar homenaje a la tergiversación de conceptos que pareciera haber sido redactado por el mismísimo Ministerio de la Verdad (Miniver) “orwelliano”. Ahí, en su respuesta, el primer mandatario persiste -está montado en su estrategia político-electoral pues- en identificar a sus adversarios como enemigos, en delimitar los términos del debate, en hacer de la elección una especie de referéndum entre él (el bien) y los otros (el mismísimo mal “fifí”, “neoliberal”, “neoporfirista”), y en polarizar. La receta de sus grandes éxitos. No parece importarle que con ello el país pierda. Él está en lo suyo.

En lo que fue un tercer acto de este episodio de la política nacional, otro grupo del ámbito académico, periodístico e intelectual -entre quienes se encuentran Tere Vale, Alejandra Escobar, Sergio Negrete, Lázaro Ríos, Julián Andrade, Marco Levario Turcott, Nicolás Alvarado, Luis Antonio García, Carlos Matienzo y Audelino Macario- respondió al Presidente: “Usted es el que quiere regresar al antiguo régimen”, para luego denunciar su discurso “goebbeliano” y decirle que “cayeron las máscaras, usted se confirmó como enemigo de la democracia”. Sus argumentaciones, sumadas a las del primer desplegado, acabaron de colocar los puntos sobre las íes. La razón ganó la discusión.

Hubo un cuarto acto, materializado por la epístola (con el logo del partido en el poder) de un grupo de porristas oficiosos y oficialistas. Un infructuoso intento por no dejar solo al presidente. Hasta ahí. Mientras tanto, como diría un renombrado columnista, las oposiciones demócratas avanzan una casilla y, si la necesidad, la comprensión del sentir social y la urgente altura de miras propician una alianza entre sus hoy dispersas expresiones, estarían cerca de subir algunos peldaños hacia el 2021. Convertirse en una alternativa amplia, plural, diversa e intergeneracional, con una hoja de ruta que convenza, es uno de los primeros retos. Hay mucho por hacer.

No caigamos en los falsos dilemas del discurso oficial. Tampoco caigamos en la ingenuidad de adoptar una postura pusilánime. Estar de un lado es estar a favor de la restauración autoritaria (¿o a caso ese lado brilla por su apertura, tolerancia y respeto?). Estar del otro es resistir, construir y persistir. No para regresar al México anterior a 2018, el de Díaz Ordaz o el de Peña Nieto, sino para transitar hacia una forma de gobierno, un régimen y un sistema político de corte auténticamente liberal, con plena democracia y con un efectivo Estado de Derecho, en donde la democracia este provista de alma social. Se vale y vale apostarle a ello. De lo contrario acabaría de triunfar el “iliberalismo” con sus “perlas”: autoritarismo, populismo, demagogia… qué le cuento si ya lo ha vivido. México merece un genuino viraje, no más engaños de ningún polo ideológico-político. “Estamos como estamos porque somos como somos” pero si cambiamos lo que hacemos, cambiaremos al país. De todos depende.

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