Cinque Terre

José Antonio Crespo

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Investigador del CIDE

Frenaaa vs. AMLO: creciente polarización política

En condiciones normales, tras la natural polarización de una elección (sobre todo presidencial), sobreviene cierta normalización, se reduce la tensión, hay reconciliación pese a las diferencias políticas. En esta ocasión ha ocurrido justo a la inversa. En lugar de amainarse, la animosidad política, la confrontación, el desencuentro, la descalificación mutua y la imposibilidad de debatir racional y civilizadamente se han intensificado. Desde luego, ambos polos (pro y anti) se culpan mutuamente, cayendo en un círculo tipo “el huevo y la gallina”. Pero claramente a cada agresión de una parte, se estimula en la otra una mayor, y así sucesivamente. ¿Qué podría detener este círculo vicioso, esta dinámica que no tiene límite visible? Lo normal es que el jefe de gobierno tiene mayor capacidad e influencia para modificar dicha tendencia si convoca al diálogo y la negociación, si reconoce la legitimidad de sus adversarios, críticos y disidentes, y responde a las críticas con argumentos más que con epítetos y descalificaciones. Es lo que distingue a un estadista. Pero si en lugar de un estadista llega un demagogo, intensificará la confrontación porque en su concepción política es lo que le puede dar más poder y asegurar la lealtad de sus fieles. 

Parte de la explicación responde a la división general que hay en cada movimiento, partido o actor político entre moderados y radicales. Los primeros están más dispuestos a dialogar e incluso negociar con los contrarios ya que reconocen su legitimidad y buscan puntos de acuerdo. Los radicales no quieren sacrificar nada de su proyecto, no reconocen en el adversario más que enemigos irreductibles a los que habría que anular (política y, a veces, físicamente) si eso está en su mano. Los extremistas de cada movimiento ven a sus moderados como timoratos, tibios y débiles, y si pueden hacerlos a un lado lo hacen. Y eso es posible cuando adquieren más fuerza en su respectivo campo. El fortalecimiento de los radicales de un bando estimula el reforzamiento del otro y, en esa medida, los moderados de cada polo pierden influencia (o bien se radicalizan también).

Los moderados, cuando son más fuertes, contienen el ímpetu de sus radicales y mantienen un clima de diálogo y, por tanto, mayor civilidad y estabilidad. Y a mayor debilidad de los moderados se incrementan las posibilidades del choque directo de los bandos, lo que suele traducirse en el debilitamiento o pérdida de las instituciones (protocolos de civilidad, arreglo pacífico de controversias, reglas de diálogo y convivencia), lo que da paso a un ambiente de mutua exclusión y odio creciente. Los adversarios se convierten en enemigos acérrimos.

Lo que ha sucedido en México tras varios años de predominio de los sectores moderados en todos los partidos (eso no los hace necesariamente más honestos o eficientes), es que se han ido fortaleciendo las alas radicales. Y eso se explica en buena parte porque un radical del lado de la (presunta) izquierda, Andrés Manuel López Obrador, llegó finalmente al poder. Desde allí embiste a sus adversarios y debilita a los moderados en su movimiento (como quienes han renunciado en su gobierno). Eso estimula a su vez el debilitamiento de los moderados del otro lado (hoy la oposición), y el consecuente fortalecimiento de los extremistas (como Frenaaa). Ni la civilidad ni la democracia distinguen a los radicales de uno y otro lado. Y a cada paso antidemocrático de un lado, el otro justificará incurrir en lo mismo. Los procesos de polarización no suelen desembocar en nada positivo. En eso estamos, y no se ve ninguna disposición de quien podría modificar esa dinámica a hacerlo. Muy al contrario: vierte a diario una dosis de veneno social.

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