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Germán Martínez Martínez

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Escritor. Fue director artístico del DLA Film Festival de Londres y editor de Foreign Policy Edición Mexicana. Doctor en teoría política.

La forma más alta de conocimiento: el Leonardo de Bernal Granados

El escritor Gabriel Bernal Granados. Fotografía de Ramón Romero / El Universal.

El ensayista y poeta Gabriel Bernal Granados ha publicado Leonardo da Vinci. El regreso de los dioses paganos (Turner, 2021). El libro no es una introducción a la obra o a la figura de Leonardo, ni un estudio especializado, aunque sea el trabajo de un sabio. Afortunadamente este ensayo escapa de los discursos académicos vigentes, que suelen ver al arte como evidencia de algunas prácticas culturales, más que como fenómeno autónomo. En palabras del autor: “Mi propósito con este libro no es contribuir a la solución de los enigmas que plantea la iconografía de Leonardo tanto como llamar la atención sobre ciertos aspectos fundamentales y olvidados de su época”. La claridad de la prosa de Bernal Granados y su conocimiento de la biografía y el trabajo del artista construyen un panorama de su vida y una radiografía de varias pinturas, relacionándolas con misteriosos conocimientos que circulaban en su época.

Bernal Granados adopta como método describir obras de Leonardo a detalle, con el mérito de que aun sin verlas el lector puede seguir el hilo de la argumentación del escritor (de cualquier manera, el pequeño libro contiene buenas reproducciones pictóricas en sus primeras páginas). Se demora engarzando la descripción con interpretaciones, reflexiones y trazando vínculos con obras artísticas e ideas. Alguno de los muchos cuadros inacabados de Leonardo lo lleva a mencionar a Wittgenstein, alguna otra cuestión lo remite a Mesoamérica. Los capítulos son breves, amigables y no por ello menos eruditos: conocimiento navegable.

Cartón de Burlington House, obra de Leonardo da Vinci.

En una de múltiples aparentes desviaciones, Bernal Granados se detiene en unos versos de Milton (1608-1674) para equiparar su aproximación a la poesía con la que Leonardo (1452-1519) tuvo hacia la pintura: ver en lo mejor de sus artes las formas más altas de conocimiento. Pero el énfasis del autor está en los símbolos que el artista manejaba: “Los símbolos de la Antigüedad pagana en la realidad católica”. Esto plantea un problema común del arte, sea antiguo o contemporáneo: ¿el arte es más que un juego de adivinanzas a ser resueltas, su carácter distintivo tiene que ver con su significado? La respuesta de Bernal Granados está lejos del simplismo: aprovecha la analogía distanciándose de desciframientos automáticos, se ocupa en digresiones que saltan en el tiempo y trasgreden la geografía para buscar claves que, en su perspectiva, ayuden a entrar en las obras de Leonardo.

El autor escribe: “Leonardo nunca decía nada relacionado con el significado de sus cuadros”. ¿Cabe que eso fuera porque no los pensaba principalmente en términos de significado? Bernal Granados afirma, con toda razón, que Leonardo, a pesar de una bibliografía gigantesca a su alrededor, persiste como un “enigma” y no hay que perder de vista que “fue el razonador secreto de una serie de misterios encarnados en sus cuadros y sus escasos murales”. Quienes tenemos una concepción basada en las formas y en vivir el arte como fuente de experiencias fundamentales, podemos no tener como primer interés el estudio de símbolos y significados, pero sería un anacronismo imponer a Leonardo nuestra visión postromántica. En contraste, el libro de Bernal Granados evidencia que “el mundo comprendido en su pintura adquiere una significación distinta” cuando se la observa desde conocimientos antiguos.

El nuevo libro sobre el polímata renacentista.

En ocasiones, Bernal Granados toma riesgos que es tradición aceptar en los ensayos, como la falta de prueba. Así lo hace al insinuar un proceso místico en el desarrollo de la obra de Leonardo. También asume la difusión —hoy diríamos internacional— de ciertas obras filosóficas y la comprensión aparentemente unívoca de ideas, a despecho de que en cualquier momento las interpretaciones de un mismo libro son divergentes. Haberse embarcado en esta tarea histórica, nada sencilla, habría contribuido a conocer cuál era “el significado de lo oculto” más allá de su presencia en el tiempo de Leonardo, pues probablemente ni para él ni su entorno, la brujería o las formas en que se experimentaban las sobrevivencias de lo pagano tenían la connotación que han adquirido para un lector del siglo XXI. El autor mismo menciona que es necesario el estudio serio de cuál era la relación de Leonardo con su entorno intelectual influenciado por el neoplatonismo.

Por otra parte, hay puntos en que la exposición de Bernal Granados sí advierte la historicidad de su materia, como al explicar que “todavía en el Renacimiento, referir el nombre de un artista era referirse a los trabajos de un taller”, vinculando esto a la noción de artista en aquel tiempo. Por lo cual contrasta que, si bien era impensable una colaboración entre Braque y Picasso —que compartieron estudio por algunos años—, en cambio Ghirlandaio y Leonardo sí pudieron compartir lienzos. Arriesgándose, Bernal Granados no cesa de hacer planteamientos sugerentes incluso alrededor de la apariencia física de Leonardo, o como el de igualar su madurez con un estado melancólico que implicaría “el más alto nivel de su potencial creativo”.

La última cena, mural de Leonardo da Vinci, en el convento de Santa María de la Gracia en Milán. 

Bernal Granados, en una de sus frases afortunadas, caracteriza la empresa pictórica de Leonardo como una búsqueda de “la materialización de lo imposible”. Entre documentación minuciosa y especulación informada —siempre inteligente—, está también su reconocimiento sobre las muchas incógnitas alrededor de Leonardo. Una de ellas: aun contrastando bosquejos —hechos como notas en la vida cotidiana— con las pinturas resultantes, es imposible saber si el artista respetaba o veía con ironía a personajes que retrataba. Aunque a través del libro se ha empeñado en simbologías, en la “Coda” —una de las secciones más interesantes del ensayo— Bernal Granados desliza que un objetivo de Leonardo era “habitar el cuadro con la misma perplejidad con la que se vive un sueño”. Así muestra que incluso la obra de Leonardo —acaso la mayor potencia artística de la humanidad—se construyó en diálogo con las redes de la tradición y algunas perspectivas de su tiempo: el genio en su contexto esotérico.

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