Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Finales felices: Último itinerario

Desde niños esperamos de la narrativa oral, escrita, audiovisual (incluso del videojuego) por lo general un desenlace feliz, los expertos dicen que esto disminuye la ansiedad infantil al suponer que todo concluirá ventajosamente o en el caso del videojuego es la destreza del operario la que obrará el éxito. Negados pues a comprender que el final vital, hasta donde hemos llegado, es como la conclusión del cuento de Margaret Atwood: “El único final auténtico es…” que los protagonistas mueren.

Tal vez por ello en una sociedad que ha dejado de buscar felicidades ultraterrenas, la ansiedad por encontrar la vida feliz es una suerte de paradoja que más que placentera se torna en afanosa tarea. No queremos asumir que hechos para la muerte tenemos que pasar por el trago amargo de la vejez, la enfermedad y la muerte, pocos son aquellos que tienen la fortuna de morir sin advertirlo, y eso habría que preguntar a quien ya pasó por dicho trance.

Marte, Venus y Cupido – Tiziano

Así, una industria entera ha echado mano de los hallazgos importantes en torno a las personas felices elevando a dogma o programa una narrativa compleja que quizás sea intransferible, o acaso habrá que preguntar al masoquista.

En un solo ser como hemos dicho, habita un ser de pasado, otro del presente y el ansioso constructor de futuro. A eso habría que sumar la actual devoción por la juventud eterna que se ha tornado en un elemento imprescindible de eso que llamamos felicidad. Como dice Pascal Bruckner en su libro Instante eterno, dicha devoción comienza en la Primera Guerra Mundial y se consolida con los boomers del 68 que desconfían del viejo. Ser feliz, hoy, equivale a verse joven, al contrario de un tiempo en donde verse viejo era imperioso para ser tomado en serio para obtener un trabajo. Por tanto el filósofo francés nos habla de tres entidades corporales: el cuerpo heredado (para la psicología positiva la biología es responsable del 50% de nuestra felicidad, es decir, nuestro cerebro genera un coctel que es estimulante o depresivo, con miles de tonos intermedios), un cuerpo vivido (lo podemos corresponder con ese 10% que los psicólogos del bienestar equiparan con factores externos), y,, finalmente el cuerpo mantenido (puede ser equivalente al 40% que asignan a “..aquello que hacemos y que pensamos, es decir, a nuestras actividades intencionadas y a nuestras estrategias mentales para ser felices”). Es difícil establecer los porcentajes en el caso del cuerpo, pero también podríamos auditar los porcentajes que los chicos de Seligman nos ofrecen.

Los hallazgos de la psicología positiva condensa que las cualidades del hombre feliz son inteligencia emocional, autonomía, autoestima, optimismo y resiliencia. Considero que dichos atributos son innegables, sin embargo y como dijera Bertrand Russell en su tratado de la felicidad, el narcisismo heredado del cristianismo nos lleva a la hipervigilancia y bueno, como bien sabemos, el agua vigilada no hierve o, en otras palabras, hay que ser reflexivos y conscientes pero el exceso de Yo mata. Incluso el propio acrónimo de esta ciencia feliz nos advierte y señala un programa donde los otros son fundamentales (PERMA en inglés se desglosa en español como: emociones positivas, compromiso, relaciones, propósito y logro).

Los itinerarios para ser felices son variados, múltiples, personales, pero tienen como centro al deseo. El exceso de estos mata y su falta también, tal vez valga la pena recuperar la idea del estado de flujo que supone que un deseo irrealizable nos lleva a la frustración, un deseo muy simple al aburrimiento y un deseo a la medida de nuestro talento y posibilidades nos lleva a un estado de beatitud que deja de mira al reloj.

Podemos concluir este recorrido con el mito del deseoso excesivo Tántalo, que un día en su reino de Frigia (actual Turquía) deseó ser invitado a la mesa de los dioses. Su deseo fue cumplido y al sentirlos de cerca quiso sentirse uno de ellos así que comenzó a divulgar los secretos que escuchó en sobremesa entre los mortales. Ambicioso robó néctar y ambrosía del Olimpo, recordemos que estos jugos conferían inmortalidad. Arrogante, devolvió la invitación a los olímpicos buscando deslumbrarlos con los más exóticos platillos.

De una enorme escapaba un suculento aroma, la carne de su propio hijo. El castillo fue terrible, Zeus dejó a Tántalo en una laguna cubierto de agua hasta la barbilla, árboles frutales rodean al penitente, sin embargo, cada que intenta tomar un fruto, las ramas se alejan, cuando intentaba beber, el nivel del agua baja impidiéndole aplacar su sed. Por otro lado, está Midas que buscó que su toque mágico se volviera oro y descubrió con horror que esto era una condena cuando al abrazar a su propia hija la convirtió en una fulgurante estatua.

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