Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Fernando Savater

Este artículo se publicó originalmente el 18 de noviembre de 2015.


Hay recuerdos que laceran las ganas de vivir, y eso le ocurre a Fernando Savater luego de la muerte de su esposa, Sara Torres. Por eso en el habitáculo de su propia tristeza, hace unos días, anunció que dejará de escribir: “Mi vida es comer, dormir y llorar”, comentó durante una entrevista con El País.


Desasido de toda motivación, Fernando Savater sitúa la tristeza de su entorno: padece en los recovecos de su vida la ausencia de su compañera y echa de menos lo mismo el café de la vida cotidiana o las cenas con ella y los amigos, que la hechura de los libros a su lado, Aquí viven leones, dice el filósofo de 68 años de edad, será su último libro si es que acaso no escribe algo sobre su relación con Sara. Al escribir esto comprendo la ironía: esos recuerdos que laceran sus ganas de vivir son los que lo mantienen vivo.


Hace cerca de cuarenta años, el 23 de octubre de 1977 para ser preciso, Fernando Savater conversó con E.M. Cioran, el texto se publicó en El País con el título “Escribir para despertar” y durante la platíca Ciran machacó en que él escribía para salvarse, vale decir, para soportar la vida (y escribió en francés, por cierto, ya que desertó de su lengua). Alrededor de cuatro décadas después, Savater no quiere despertar sino dormir, comer y llorar, comprende que su formación le provee de más argumentos para razonar las cosas, “pero la razón no detiene el dolor: la aflicción es más fuerte que el dolor”.


Durante esa charla, Cioran le comentó a Savater que la melancolía es la sensación de no ser parte de este mundo y ahora miro al filósofo con la melancolía tatuada en el semblante, y me conmueve: durante muchos años lo he admirado, más que como filósofo o escritor, como un hombre que ha vivido acompañado de libros (incluso en la reciente entrevista que concedió a El País, dijo que, en todo caso, lo único que le apetece es leer).



Por lo regular, prefiero la exposición estructurada del pensamiento complejo, digamos que la base expositiva de una idea o un sentimiento que conduce e implica a la abstracción. La obra de Savater no pretendió ser eso, consciente de sus limitaciones y potenciando sus virtudes, él mismo ha dicho que se apartó de la contemplación para disfrutar el arte de pensar y divulgar ese pensamiento. Por eso Savater ha sido para mí como el compañero más aventajado de la escuela.


He leído poco más de la mitad de los aproximadamente cien libros que ha escrito Fernando Savater y no le guardo más que gratitud; conozco buena parte de los cuestionamientos que le hacen, pero las entiendo como parte de su exposición pública y la falibilidad humana que a fuerza de reiterarse devienen insustanciales, como dijera Julio Cortázar, son alimento para el olvido.


“La biografía es la novela que sabemos escribir los que no sabemos escribir novelas”, señala Savater en sus Apóstatas razonables con una claridad contundente para explicar buena parte de las motivaciones que integran su obra.


Como lector de Savater he seguido gustoso la aventura de pensar y, acaso sobre todo, de la fantasía: haber leído en la infancia a Julio Verne o a Mark Twain pudieron ser circunstancias efímeras pero no lo fueron debido al aliento cómplice de Fernando Savater en sus reseñas y su embarcación literaria que navega también en los maravillosos mares del cine y el cómic (este último material desechable para los pedantones de una expertis de la que, en realidad, carecen). Gracias a él, ya de viejo me sentí otra vez Sherlock Holmes.


Coincido con buena parte de las inclinaciones filosóficas y políticas de Fernando Savater (no así con su gusto por los caballos o su defensa de la fiesta taurina), en especial con su aliento en favor de Nietzche, Cioran y, sobre todo para mí, Voltaire, sobre este, por cierto, creo que son indispensables El jardín de las delicias y Voltaire contra los fanáticos. Pero sobre todo: le agradezco mucho que mis primeras platicas con mis hijos sobre la ética, lo tuviéramos como referente.


A Fernando Savater no le llamó la atención Philp Roth y lo dijo: no le motiva leer a un escritor que teje relatos de viejos enfermos con deseos lúbricos y apunto de morir. Creo que Roth es más complejo que eso, pero incluso en sus propias obsesiones temáticas, en Elegia, Roth señala con meridiana contundencia: “La vejez no es una batalla, la vejez es una masacre”. Yo espero que para Savater la edad no le represente nada de eso, dentro de poco quisiera leer, en alguna otra entrevista, que ya no sobrevive y sufre sus recuerdos sobre la compañera de su vida sino que vive con gusto esa otra forma en la que pueden estar juntos. Ojalá que ese sea el guión del final de la novela de su vida.

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