Manuel Cifuentes Vargas

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Doctor en Derecho por la UNAM.

El fenómeno de la mutación partidista

Desde hace tiempo y en varias latitudes, existe una crisis de valores en torno al ejercicio de la política. Y México no es la excepción, sino por el contrario, se va asentando y creciendo con mayor fuerza, al grado que pareciera que ya va adquiriendo carta de naturalización. De ahí que no sea casualidad que la ciudadanía encasille a la clase política de cualquier partido, del color, ideología o corriente de pensamiento que sea, no solo en la base de la desconfianza, sino incluso hasta del menosprecio.

Todos: políticos y partidos políticos, de alguna u otra manera y en mayor o menor grado, hoy carecen de una mínima credibilidad. Nadie en su sano juicio que se precie de ser honesto consigo mismo, puede afirmar categóricamente que las trae todas consigo. La desconfianza arrastra a todos por igual y, por lo mismo, es el primer enemigo a vencer por parte de los políticos y de los partidos políticos. Lo anterior, hace que al político por lo general la gente lo identifique con la mentira, la trampa, el abuso, la manipulación, la corrupción, la prepotencia, la intimidación y la impunidad. Y todo esto, empobrece a los políticos, a la política, a los partidos políticos y, de paso, también le pega negativamente a la democracia.

En el político es notorio el afán de poder y dinero, y poco perceptible la convicción de servir con verdadera vocación, cuando que ésta es la auténtica y más elevada esencia del servicio público. Servir debería ser el sublime hálito del político y del gobernante.

La crisis que enfrenta nuestro país en este terreno, tiene su principal origen en la falta de ética, de conocimiento, de profesionalismo, en la ineficiencia e ineficacia y en la falta de honradez de los gobiernos electos. Pero también ha contribuido a la erosión de la política, a los cotidianos chapulineos de los políticos, que así como hoy están aquí, mañana amanecen allá, rebelándose como genuinos maestros saltarines que se regordean haciendo maravillas acrobáticas en los brincolines políticos. Todo indica que el fenómeno de la mutación partidista y la transfiguración ideológica de un día para otro, está en función de los intereses de poder.

Ilustracion de YoanaNovoa
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A diferencia de lo que con tanto ahínco se luchó, y que en ella se fincaba la esperanza de bienestar en todos los renglones de la vida política y social, la democracia hasta el momento, no ha servido para abatir nuestros problemas estructurales, porque lamentablemente la han prostituido al andar en boca de todos, sin que termine de cristalizar en la realidad. De ahí que a la nuestra, haya voces y plumas que la tilden como una “democracia fallida”. Y es muy claro que por eso venga la desilusión de la gente, y que la ciudadanía ande buscando diversas alternativas que verdaderamente sirvan a México.

El cambio democrático en 1997 y 2018 en la Ciudad de México; en 1989 y 2019 en Baja California, y en el 2000, 2012 y 2018 en la Presidencia de la República, por citar sólo algunos ejemplos más emblemáticos, son muestra clara de que los representantes populares y sus fuerzas políticas, no han estado a la altura de las necesidades y aspiraciones ciudadanas. La gente tenía la esperanza y esperaba más.

Pareciera que la declaración de principios, el programa de acción, los estatutos, la plataforma político-electoral y, en esencia, la ideología partidista, han pasado de ser principios y valores que identifican las convicciones y cohesiones de las personas y de sus grupos políticos, a ser simples invocaciones y requisitos formales para lograr los registros legales, a fin de ir a las elecciones y acceder al poder.

Y después, cuando ya se logró la posición, o en otros casos, cuando ya no tienen mayores expectativas los políticos, dejan al partido político que los creó, que los impulsó y que los encumbró, viéndolo solo como a un vehículo al que se subió y usó para lograr sus propósitos personales, para después bajarse, abandonarlo y desecharlo, como si se tratara de una simple carcacha inservible. ¿Ese es el “agradecimiento y lealtad” que muchos le tienen a los institutos políticos de los que se sirven?

Por eso decimos que pareciera que esa metamorfosis partidista y esa transformación ideológica que sufren algunos políticos, está más bien en función de los intereses de poder. Y como el poder, por su propia naturaleza, es muy tentador, por lo general se dejan arrullar con su canto celestial edulcorante, cayendo finalmente en sus redes y en su lecho.

No pasa desapercibido, que existen políticos que ni ideología partidista los distingue, y lo mismo se asocian con la izquierda, que con el centro o con la derecha, pero las más de las veces con quien está en ese momento en el poder. Parece que la única causa justificada palpable que se identifica en sus decisiones, es estar presentes en el convite y disfrutar del reparto del poder, sin importar el tamaño de la rebanada o porción que les toque; lo que importa, es estar en el banquete del poder.

Pero cabe apuntar, que este fenómeno no se da exclusivamente en los partidos políticos, sino también ya ha permeado y contaminado a algunos que se asumen como emergentes e integrantes de la sociedad civil, quienes por lo general siguen dos rutas: ya sea que jueguen como candidatos independientes o que busquen el cobijo de un partido político, o bien, de una alianza partidista que los respalde y postule.

Sin embargo, se observa que una vez que logran sus objetivos políticos, hay quienes se anuncian nuevamente como independientes, desligándose y guardando distancia del o de los partidos que los llevaron al cargo. Unos para seguir su propio camino, y otros, para sumarse a otras fracciones parlamentarias y, por ende, adherirse a otros partidos políticos.

Pareciera que, desde su óptica, hacerlo les purifica y les da legitimidad, siendo que en el fondo, sobre todo al interior de los partidos, queda un sabor y reflejo de traición a los institutos políticos que los postularon y, a la vez, una deslealtad para los propios ciudadanos que los eligieron, pues éstos al momento de cruzar la boleta electoral en los comicios, sin lugar a dudas los identificaron y relacionaron con una determinada fuerza política que fue por la que votaron, y no por otra.

El voto ciudadano no los autoriza, ni los mandata para que se muden a otra fracción parlamentaria, a otro partido político o para que se declaren independientes, ya que la configuración y la diferenciación de los cargos en los órganos para los que se elige, se da y mandata desde la propia elección, al instante de emitir los sufragios los ciudadanos de manera diferenciada; en otras palabras, cuando se hace presente y se manifiesta expresamente la soberanía en las urnas electorales a través del voto, y no en otro contexto y momento.

Es en ese preciso acto e instante cuando el pueblo, como elemento fundamental constitutivo del Estado y como ente constitucional; esto es, como sujeto político-jurídico colectivo, materializa lo que ya ha pensado, y decide conformar el rostro partidista en conjunción con los independientes, que deben integrar y participar, a través de los órganos de representación popular, en el diseño de los nuevos gobiernos y en el del país que se desea tener. Repito, ahí, en ese momento, es donde la voluntad general determina el tamaño de los grupos políticos que lo deben representar y el modo en que deban participar, así como la forma y color del mosaico político-ideológico que deban tener los órganos de representación.

Ahora bien, en este marco, cuando se les pregunta a los candidatos electos o ya en funciones las razones por las que una vez obtenido el cargo cambian de fracción parlamentaria y, por ende, de partido político, para esconder sus verdaderas intenciones, a veces las respuestas rayan en lo inverosímil y en sitios comunes. Sirvan como ejemplo estas expresiones:

  • No renuncio a mis convicciones, sólo reoriento mis objetivos.
  • El país ahora me necesita desde esta otra trinchera.
  • Voy a apoyar al presidente en la implementación de su programa de gobierno, para bien de México.
  • No renuncio a los valores humanistas del partido, porque al fin, todos los partidos representan esos valores.
  • Solo me incorporo al ala progresista que ahora representa este otro grupo, partido o gobierno.
  • Busco una alternativa en donde mis propuestas sean mejor escuchadas y atendidas.
  • Regreso a la sociedad civil, a donde pertenezco y desde donde voy a seguir trabajando.

Esas migraciones a otros partidos, han permitido mantenerse vigente a un número importante de políticos, si bien es cierto que con buenos escalamientos personales, pero sin logros u objetivos que celebrar por parte de la sociedad. En ocasiones incluso, más bien con decepciones y hasta con arrepentimientos de la gente. Esto es, muchas veces sólo han servido para construir abultadas historias laborales vanas, así como para engrosar, enriquecer y pulir currículos; pero sin una real utilidad social.

¿O será que ya lo tenían pensado y previsto desde antes, y entonces solo utilizaron y sorprendieron al partido que los postuló, y mintieron a la gente que emitió su sufragio por ellos al llevar la etiqueta de un partido? Los partidos les financian total o parcialmente la campaña, y después simplemente se van, dejando al partido de que se trate descobijado o debilitado en las fracciones parlamentarias correspondientes, quedando disminuidas en su presencia, fuerza y sin una potente voz que se haga sentir, escuchar y que se tome en consideración y, por lo mismo, con bajos decibeles políticos en las cámaras legislativas.

A contrario sen su, existen algunas razones que desde la lente de quienes lo hacen, pretenden justificar esos cambios a otros partidos, argumentando que algunos institutos políticos o corrientes políticas que existen al interior de los mismos, exigen lealtad y disciplina por sobre todas las cosas; que se están desnaturalizando ideológicamente; que se están alejando de sus causas originarias o que ya no encuentran espacios inmediatos de oportunidades para ellos, mientras que en otros partidos se las ofrecen.

Ciertamente en algunos casos hay razones válidas, pero considero que casi siempre son simples pretextos para migrar, dando el brinco y pirueta para caer en otro partido y tomar otro rumbo. Obviamente toda esa argumentación y narrativa, solo es propia y expuesta por personas de esas mismas características; pero no es de extrañar sus comentarios y decisiones, pues no se puede esperar que “de una espina surja una flor”. Es tan público y notorio lo anterior, que si se le pregunta a los ciudadanos quiénes son éstos; pueden identificar con precisión a los “chapulines” de los partidos políticos.

Por eso, la dignificación de la política, del político y de los partidos políticos, requiere el trazado de hombres, mujeres e instituciones congruentes con sus convicciones; con sus valores; con su memoria y con sus principios.

Es cierto que estos institutos políticos, y en lo particular los políticos, tienen la obligación de revalorar sus convicciones, toda vez que nada es inamovible y mucho menos eterno, ya que deben adecuarlas a los cambios y necesidades sociales que van exigiendo los nuevos tiempos, pero también deben hacer lo necesario para asegurar que su participación y sus decisiones al interior de los partidos políticos y en el ejercicio del poder, sean congruentes con sus plataformas ideológicas y con sus planes de acción; que su vida interna se rija por férreos ejercicios democráticos y que existan condiciones para la renovación constante, a efecto de evitar la existencia de “feudos”, que al envejecer o por intereses particulares, entorpezcan su plenitud de servicio y el abanderamiento de las siempre loables causas de la sociedad.

Hoy se requiere con urgencia atender y reconstruir el deterioro social que se ha generado, para restaurar y cementar los tejidos sociales que se han tensado peligrosamente, porque hablando con franqueza, se observa que va en picada su fisuración, con el riesgo que revienten y provoquen una costosa fractura político-social. Lo anterior, con la buena voluntad y el ánimo político tendiente a crear una nueva sociedad fincada en un nuevo pacto social renovado. Pero para ello, también es necesario crear de manera paralela una nueva comunidad política; es decir, una nueva sociedad política que responda a la demanda que se exige y que sea compatible justamente con este nuevo cambio de la sociedad de nuestro tiempo.

Evidentemente, para tal fin consideramos que, entre otras cirugías que se deben realizar, es condicionar la permanencia de los representantes populares a la fuerza política que les dio origen, a fin de evitar los desequilibrios en las cámaras, producidos por cabildeos y acuerdos sospechosos negociados, porque la ciudadanía vota por lo general por proyectos integrados y, salvo contadas excepciones, no tanto por personas en lo individual. Además, porque los grandes proyectos de nación se generan a través de consensos entre las fracciones parlamentarias, y no producto de negociaciones personales o de grupo para “piratearse” legisladores de otros partidos políticos, que casi siempre buscan intereses de corto plazo, en virtud de que lo que se necesita, es asegurar la gobernabilidad democrática y el desarrollo sin baches, y menos socavones, sino por lo contrario, ininterrumpido y progresivo.

La propia Constitución en su Artículo 70, reconoce la necesidad de la cohesión de las legislaturas y sus fuerzas ciudadanas e ideológicas, mismo numeral que a la letra reza:

“La ley (y entiéndase que sólo la ley) determinará las formas y procedimientos para la agrupación de los diputados, según su afiliación de partido, a efecto de garantizar la libre expresión de las corrientes ideológicas representadas en la Cámara de Diputados.”

Lo anterior, es reflejo de que en nuestra Ley Superior se reconoce la trascendencia de la función plural del Poder Legislativo, en cuya normativa que produce se delinea la fisonomía del país, con lo que se hace evidente la existencia de una soberanía democrática en un Estado de Derecho, sustentada en la diversidad y la pluralidad propia de su conformación social y de su pensamiento político.

Luego entonces, resulta no solo necesario, sino indispensable que la sociedad reflexione en torno a un posible cambio constitucional y legal, para establecer la condición de que permanecerán en el cargo de elección popular, sólo aquellas personas que pertenezcan al grupo político-ideológico que les dio origen, evitando de esta manera que quede al libre albedrio de los legisladores en funciones, cambiarse de fracción parlamentaria y de partido político, en expresiones comunes, a su gusto y en el momento que gusten, sin que exista un verdadero y justificado razonamiento.

Consideramos que en este caso en lo particular, como sucede en otros renglones, no se puede ni se debe traer a colación y argumentar la plena libertad política; es decir la libertad política absoluta como derecho humano, porque esta libertad política, como otras, también tiene límites. No es contar con una holgura total para hacer, en palabras populares, lo que nos plazca y en el momento que queramos.

Eso también podría considerarse como una violación a la intencionalidad del voto; al derecho humano del sufragante, cuyo voto lo emitió en una determinada dirección y orientación político-ideológica. En todo caso, ¿por qué el mandatario si va a tener derecho a cambiar de partido y de fracción parlamentaria en el ejercicio de sus funciones, cuando no se le mandató para eso?, mientras que el votante, que es el soberano y, por ende, el mandante, por ser ya un acto consumado la emisión del voto, ya no podrá cambiar el sentido del mismo, a pesar de que es el que manda.

Estimamos que cuando las personas en su calidad de legisladores consideren que sus ideas personales ya no son compatibles con la ideología del partido político a través del cual lograron acceder a uno de los eslabones del poder, lo correcto y ético políticamente, es que pidan licencia por todo el periodo o por el que les falte para concluir el cargo, y dejen que el suplente ocupe la posición por corresponderle al partido que les brindó la oportunidad de competir y de ganar el cargo. Ese sería un acto venerable de lealtad y decencia política, y no el deleznable brincoteo de partido en partido que hoy se ve.

El hecho de que “brinquen” de un partido a otro, representa una traición, incluso al grupo de ciudadanos que votó por ellos, puesto que eran parte de una plataforma política, así como de una ideología o corriente de pensamiento político específico. En caso contrario, consideramos que es mejor y más propio que se presenten ante los ciudadanos como candidatos independientes. Políticamente es más honesto para sí mismos y darían muestras palpables de respeto al voto ciudadano, al cual siempre se debieran ceñir y no darle la vuelta o hacer interpretaciones inapropiadas del valor, intención y alcance político-jurídico del sufragio. El desprecio a una y a otra y a otra ideología y partido, prostituye a la democracia; debilita a la pluralidad; propicia la fragilidad de los sanos equilibrios y contrapesos políticos y, al final del día, acaba con la propia democracia.

En estricto sentido, la elección de un ciudadano a través de un partido político, representa a su vez la elección del partido político que lo postuló y de una ideología o corriente de pensamiento claro y específico, toda vez que al momento de sufragar, se cruza la boleta y se deposita en la urna electoral por ambas figuras político-jurídicas: por la persona física en su calidad de candidato representando a un partido o coalición de éstos, y a la persona moral o colectiva que es el partido político, con registro y legalmente establecido, que está compitiendo con sus candidatos propuestos a los ciudadanos en la contienda electoral de que se trate.

No debemos olvidar que los documentos básicos de los partidos políticos: la declaración de principios; el programa de acción; los estatutos y, tratándose de los procesos electorales, la plataforma-político-electoral, son documentos que garantizan la legitimidad, congruencia y la legalidad, primero de la selección y de la postulación de candidatos y, después, de su elección, de su desempeño y actuación en las respectivas cámaras legisladoras, los cuales incluso son previamente validados y aprobados por el Instituto Nacional Electoral. Si no se van a respetar y a honrar estos documentos fundamentales de la existencia y vida de los partidos políticos, cabe hacernos la pregunta: ¿entonces para qué sirven?

Tenemos que abonar a la decencia política; a formar a políticos decentes y leales; a políticos caballeros que tengan como uno de sus principales atributos la eticidad política amalgamada sólidamente con el profesionalismo, la lealtad, el compromiso, la entrega, la sencillez y la capacidad para dirigir, para legislar, para gobernar, y porque no, hay que decirlo y reconocerlo, también para juzgar; porque creer que los juzgadores se cuecen aparte, y que son ajenos a la política; que no se relacionan con esta esfera y que no se involucran en ella, es un error.

Por supuesto que quienes juzgan juegan también a la política, en la posición que les corresponde en el campo de juego, y hacen política a su manera con su materia de trabajo. No pensarlo así, sería un infantilismo o simulación. Todos forman parte del aparato, engranaje y entramado de la sociedad política y del poder.

Sin la existencia de partidos políticos dignos, aceptados por la ciudadanía e integrados por ella misma mediante métodos democráticos, la misma vida democrática puede terminar. Y la historia de la humanidad refiere que después de democracias fallidas, se da pauta para el surgimiento de las dictaduras disfrazadas de hombres buenos, nobles, generosos y omnipotentes, frente a las instituciones. “El rey bueno”, que generalmente deviene en dictaduras o de fuertes autoritarismos, luego son combatidos mediante la gestación y nacimiento de movimientos sociales inconformes, muchas veces severamente reprimidos y con altos costos, para instaurar nuevamente la democracia. Si en serio queremos una democracia, preparemos a los ciudadanos, pues como bien dice un adagio popular: “Si quieres volar con las águilas, no nades con los patos.”

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