Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

Falsos rebeldes

Durante las vacaciones estuve estudiando a jóvenes obradoristas cercanos al conflicto en el CIDE. Escriben por aquí y por allá, algunos son académicos, otros funcionarios, otros editorialistas. No los nombro para no darles importancia personal, ni mucho menos legitimidad intelectual. Me interesan como epifenómeno del obradorismo, pues su autoengaño es revelador sobre nuestros tiempos.

Su posicionamiento respecto al conflicto es que la captura del CIDE mediante comisarios obradoristas, la anulación de su Consejo Académico, el secuestro de su Consejo Directivo, no constituyen una destrucción sino una salvación. Los profesores y académicos defenestrados no son los agraviados, sino antiguos opresores justamente removidos. Las viejas reglas, los estatutos, los protocolos institucionales son maquinaciones del antiguo orden. El CIDE se le arrebata a “intereses ocultos” para devolvérselo al Pueblo.

Estos jóvenes creen ser disidentes. Auténticamente se asumen opositores. En la ecuación del poder, piensan que están del lado del oprimido que lucha en contra de una élite subrepticia. Se han comprado el cuento de que son defensores del pueblo agraviado, ignorando por completo que en realidad son instrumentos del poder. No dudo que haya cínicos que se envuelven en esa bandera como estrategia discursiva, pero su juventud, aunada a su vehemencia subversiva, denota una pasión auténtica.

El pensador conservador Yuval Levin ha acuñado un término preciso para ellos: “falsos rebeldes”, engendrados por la ola demagógica global. Asisten al poder aparentando defender a los desfavorecidos. Trump, Orban y Bolsonaro son grandes agitadores de esos sentimientos. Todo consiste en imbuir un sentido de justicia teleológica e inspirar el arquetipo del David frente a Goliath, aun si la relación es la contraria. Ello “distorsiona la percepción sobre su verdadero poder”, dice Levin, “y corrompe el espacio social en el que debe ejercerse.”

Muchos de ellos sí fueron auténticos opositores antes del 2018, pero no se enteran de que no hay nada más alejado de ser opositor que servir al hombre más poderoso de la república y a su politburó en su juerga destructiva. ¿Qué simetría de poder real se puede trazar entre un pequeño centro de pensamiento asediado y un régimen ensañado con todos los instrumentos del Estado mexicano?

La gran prueba de esta confusión es que en las imprecisas analogías trazadas entre el asunto del CIDE y el 68, los jóvenes obradoristas se identifican como herederos de los estudiantes reprimidos, sin saber que buena parte de aquellos estudiantes hoy están en el poder transfigurados en la contraparte: Echeverría. Lo son por herencia, lo son por obra. Que alguien por favor les diga.

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