Cinque Terre

Ricardo Becerra Laguna

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Economista. Fue subsecretario de Desarrollo Económico de la Ciudad de México. Comisionado para la Reconstrucción de la Ciudad luego de los sismos de 2017. Presidente del Instituto para la Transición Democrática.

El extraño caso del Excmo. apóstol de Jesucristo en Bellas Artes

Todo parece indicar que otra (si otra más) de las arenas conflictivas que se abrirán en el presente sexenio será la laicidad del Estado, o sea, los límites políticos de las iglesias en México.

El extraño evento realizado en Bellas Artes el miércoles pasado propició una batalla que anuncia una discusión mayor y mucho más seria, porque a fuerza de apoyos poco discretos, alcahuetería, incomprensión y confusión, las iglesias, confesiones y sectas (especialmente las evangélicas, pero no solamente ellas) están jugándonos una partida para 3 en el escenario político mexicano (como lo están haciendo en toda América Latina). Ante ello, al menos, vale la pena desempolvar buenas y viejas ideas para devolver lustro, a nuestros conceptos más básicos.

No existe “un” laicismo, sino una variedad que se consagra en las leyes de diversos Estados del mundo civilizado. España practica una laicidad más laxa que, digamos, la ejemplar Suecia. Pero desde el siglo antepasado, México instauró un laicismo duro, a pesar de las reformas permisivas del salinismo en los años noventa del XX. Tal dureza no es gratuita: Benito Juárez tuvo como bandera de guerra la “separación Iglesia del Estado” cosa que implicó nacionalizar la enorme riqueza acaparada por el catolicismo, instituir el matrimonio civil, el otorgamiento de la ciudadanía a cargo del Estado y no de la Iglesia y, algo muy importante, también para nuestra época: la católica, dejó de ser la única religión permitida. En otras palabras: el laicismo mexicano se convirtió en un dique, una barrera, entre las cosas del gobierno y las religiosas, que se trasladaron al ámbito privado.

No fue la única guerra civil religiosa. En los años veinte otra conflagración muy cruel tuvo lugar en contra del Estado postrevolucionario y en ella, a las barbaridades de los callistas, habría que sumar las atrocidades de los santos fieles que no dispararon hostias ni sermones, y por eso murieron un cuarto de millón de mexicanos ¡antes de los treinta! La barrera laica —que es posible reconocer en nuestra Constitución actual— puede parecerle a algunos demasiado ruda pero, insisto, tiene sus buenas razones.

Dada esa historia, los mexicanos no podemos fingir y otorgar un trato inocente a las iglesias, sino ubicarlas como lo que son: grandes corporaciones internacionales, organizaciones con vastos intereses terrenales que, como todo poder fáctico, deben quedar limitadas, y en nuestro laicismo, claramente acotadas al ámbito privado.

Así pues, nuestra Constitución no sólo impone diques legales, financieros o electorales a las confesiones, sino incluso, le impone límites físicos y materiales. Dice: “los actos religiosos quedan reservados a los templos”. No es el caso ¿verdad?

Pues bien, el alquiler de Bellas Artes tenía como propósito celebrar el cumpleaños del apóstol de Jesucristo, don ­Naasón Joaquín García mediante una lastimosa ejecución de un pedazo de la novena de Beethoven ¡por la Sinfónica de la Marina! (pretexto “artístico” para usufructuar el principal edificio cultural del país). Luego supimos que las autoridades culturales habían sido engañadas, sorprendidas, por los negociantes, senadores del Partido Verde, que con 180 mil pesos habían conseguido el usufructo del gran recinto nacional. Por eso, según su comunicado, “se reservan el derecho de actuar legalmente”. Ojalá.

Lo que importa señalar, finalmente, es que el laicismo en México no es “un criterio”, tampoco una “interpretación” a gusto de la autoridad o de los jueces, sino que es una auténtica barrera a pesar de la laxitud salinista (ojo, militantes de Morena). Si un ministro de culto quiere entrar a la política, que se despoje de sus ropajes y debe presentarse a la plaza como ciudadano; si quieren arengar políticamente, sin sotana; y si quiere festejarse, en cualquier parte que no sea usufructuando —con descuento— las instalaciones más emblemáticas del Estado laico.

El laicismo es uno de los principales legados de Juárez; uno de nuestros avances históricos más civilizatorios y una de las columnas de la vida democrática. Uno de los irreductibles que al menos yo, no sabría ni podría, renunciar.

(Había comprometido seguir con la discusión del Plan Nacional de Desarrollo, pero dados los —justificados— humores y los furores desatados por el caso aquí tratado, me obligó a cambiar de planes. Pero volveremos a “Pueblo, datos, plan).


Este artículo fue publicado en La Crónica de Hoy el 19 de mayo de 2019, agradecemos a Ricardo Becerra su autorización para publicarlo en nuestra página.

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