Cinque Terre

Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

Estridencias y ocurrencias: el doble estándar en las redes sociales

Para León.

Mi alter ego me dio una recomendación de oro: hay que evitar la estridencia, despotricar. Vale más una ironía o una buena pregunta que un descalificativo. Como diario, tenía razón. Paradójicamente, ni él ni yo podríamos haber adivinado el rabid rant que iba a causar una pregunta en Twitter, este fin de semana.

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El sábado revisé Twitter y me encontré con un tuit de Javier Lozano sobre el pleito de Antonio Attolini con un agente de vialidad. El abogado poblano planteó el hecho como si hubiera pasado actualmente, lo cual es falso. Los que conocemos la vida y obra de Attolini sabemos que ese incidente tiene varios años de haber sucedido. Vi la situación, me pareció reprobable lo que hizo Javier y estaba a punto de cerrar la app para hacer otra cosa, cuando me plantee si había la posibilidad de realizar algo periodístico con el contexto que existía, como cuestionar si el hoy funcionario del IMSS se disculpó con el policía en algún momento.

Y ardió Troya.

Los que hacemos exploración submarina en Twitter sabemos que la fauna del océano profundo es desagradable… y esos monstruos acuáticos se manifestaron. A mi pregunta, que no tenía un solo adjetivo o insulto, le cayó de todo: desde insultos misóginos u homófobos hasta amenazas (colgadas de algún otro tema, pero dirigidas a mí y cuya causa es obvia). Los que nos dedicamos al Derecho o a los medios estamos acostumbrados a las amenazas y a la bravuconería (hubo una época en que tenía que interponer una denuncia cada tercer día en alguna fiscalía), por lo que no sorprende que alguien utilice las redes para darse la valentía que en su vida cotidiana brilla por su ausencia. Algunos de los personajes de Twitter viven en una versión distópica de una obra de Proust: más que ir en busca del tiempo perdido, en su tiempo malgastado buscan salir de la mediocridad, con bravatas.

No obstante lo folclórico del suceso, estimo que hay algunas cosas que vale la pena resaltar de este incidente:

1. Los políticos deben ser más responsables con el uso de sus redes. El tuit de Javier Lozano es imperdonable y linda con la frontera de las fake news. No plantear con precisión cuestiones de modo, tiempo y lugar abona a la falta de credibilidad que la clase política tiene en los medios —convencionales o no—. Tan se puede tomar un hecho pasado para una discusión vigente, que la pregunta razonable era si Attolini había enmendado su acto de prepotencia y falta de aplomo. Colgar milagritos de más a un personaje no abona a la crítica, sino que convierte al ofensor en víctima: Lozano se equivocó, igual que los que señalaron que John Ackerman tenía la obligación de sacar cédula de sus posgrados¹. Ponerle de más a la invectiva es una vulgaridad.

2. La 4T no sabe de racionalidad, si cuestiona algo, prepárese para la agresión. El itamita aseguró que se había disculpado en el pasado, pero no aportó evidencia alguna de su dicho. Es decir, cayó en la misma falta de señalamiento de modo, tiempo y lugar que su amigo Lozano. Recibí una doble dosis de rabia tuitera porque le inquirí si la disculpa la había dirigido a su ofendido, si lo había buscado para ello o fue I’m sorry a la distancia. La misma 4T que exige pistolas humeantes para cada crítica al régimen, se instituyó en fedataria de las afirmaciones de Attolini: hay que creerle y dejen el tema. Algo semejante puede decirse de su doble estándar para la revisión del pasado: los mismos que suelen excusar las fallas de López con reminiscencias al calderonato, ahora exigen prescripción de lo sucedido hace cinco años, porque el ofensor es uno de los suyos. Es bueno saber que sí hay perdón y olvido… al menos para los de casa.

3. La estridencia de la 4T es como los libros de texto de educación primaria: gratuita. Usted puede usar adjetivos y seguramente recibirá estridencia, pero también puede preguntar algo en el lenguaje más neutro posible y recibirá el mismo amor pejista por parte de las redes. No importa si se sube al barco del debate rudo y llama Goebbels de Cuarta a Epigmenio Ibarra, como lo hizo Ciro Gómez Leyva o si cuestiona algún tema sin el menor calificativo posible. La chivalry no es del interés de la 4T, quizá porque la consideran fifí, tal vez porque en su comunicación política no existen las sutilezas. El caso es que no importa el trato, los agentes de la 4T suelen actuar igual: la única forma de evitar la estridencia es absteniéndose de opinar.

4. El problema no sólo está en los jugadores, el árbitro también falla. El presidente anunció que el representante de Twitter en México acudirá a la conferencia matutina “para explicar el uso de los bots” en la red de microblogging. Tengo pendiente escribir sobre los abusos que la administración de Twitter ha cometido —redactaría un libro completo sólo con los casos que me constan directamente—, pero puedo adelantar que Twitter trata muy bien a la 4T. En exceso. Con la falacia “del contexto”, Twitter se otorga manga ancha para decidir arbitrariamente, con resultados muy distintos ante asuntos iguales. Ese problema no es privativo de la red en México, es estructural del gobierno woke de la empresa, como lo demuestra que hayan censurado una cita de la Madre Teresa de Calcuta. Esta acción motivó que Ted Cruz propinara una paliza a un representante de Twitter, en una audiencia del subcomité para la Constitución de los Estados Unidos del Comité Judicial del Senado. La respuesta del agente de esa red social fue la falacia del contexto. Para cualquier abogado con experiencia judicial, resultaría claro que las decisiones de Twitter carecen de coherencia jurídica y razonabilidad: se parecen más a los caprichos de Enrique VIII que a una acto de aplicación exacta de la norma. La mayor complicación de la arbitrariedad tuitera es que pone en duda el modelo de autorregulación de los medios… y el peor enemigo de la libertad de expresión en Estados Unidos, Donald Trump, ya sacó ventaja de ello al proponer una enmienda a la Sección 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones, que retiraría los privilegios en materia de responsabilidades por sus contenidos con los que cuentan empresas como Twitter. Resulta claro que esa modificación beneficiaría a los aliados extremistas del actual ocupante de la Casa Blanca. Anna Wiener explica muy bien el asunto en este texto en The New Yorker. Si bien la propuesta de Trump no ha evolucionado como él pretende, la ineptitud de Twitter para dar soluciones justas ya puso a debate una regulación pública de la libertad de expresión en las redes sociales. Para hacer un parangón futbolero: es tan malo el árbitro, que ya quieren un VAR permanente.

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En suma, en este régimen pejista, las ocurrencias desde el poder y sus agentes no admiten cuestionamientos. La estridencia puede venir de la oposición, igual que la estupidez irresponsable, pero estas notas casi siempre estarán del otro lado, el del oficialismo. No existe racionalidad en las reacciones de los voceros oficiosos del gobierno: usualmente responderán con violencia, aunque del otro lado haya cortesía pura.

El doble estándar juarista del régimen —perdón, olvido y misericordia a los camaradas; venganza e iniquidad para los opositores— se suma a la doble moral de los que deberían garantizar trato igual en las redes sociales. Estas incompetencias y perversidades no son una solución efectiva para los detentadores del poder, ya que garantizar la libertad de expresarse es una demanda social a atender, no un capricho: es un torrente que no puede taparse con corchos.

El caso Dreyfus nos enseñó que la excesiva injusticia, perversidad y estupidez genera un efecto de reestructuración del sistema. No hablaríamos de intelectuales si Zola no hubiera escrito el “J’accuse…! “, como reacción indignada a la condena abusiva contra un capitán del ejército francés, por el mero hecho de ser judío. El sionismo es una respuesta al antisemitismo salvaje y estólido que campeaba en la Francia de finales del siglo XIX. Nuestra conciencia sobre la necesidad de controlar y revisar los juicios y hacer justicia material cobró mayor fuerza como consecuencia de los terribles abusos judiciales que padeció un militar inocente, por parte de un régimen que despreció las más elementales nociones de racionalidad y equidad.

Pues bien, Jack Dorsey es como el Coronel Émilien Maurel y hay miles de Dreyfus agredidos por su tribunal de pacotilla. El presidente de Estados Unidos ya puso un primer manazo sobre la mesa: si Twitter y Facebook no encuentran una solución adecuada, pueden irse despidiendo de la autorregulación que tanta flexibilidad les ha dado.

Y la solución adecuada para Dorsey y Zuckerberg es una que emule la recomendación de Julio César: lo justo en redes sociales, además de serlo, tiene que parecerlo. Actualmente no es así y su modelo está muy lejos de esa meta. El estridente mayor los tiene en la mira y se comportan como conejos frente al lobo: paralizados, a la espera de ser devorados. Qué pena.


1. Marco Levario ya puso los puntos sobre las íes respecto ese tuit de Francisco Martín Moreno aquí y aquí.

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