Cinque Terre

Armando Reyes Vigueras

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Periodista

La estrategia del radical

En solidaridad con Marco Levario Turcott, ante las amenazas recibidas

Una pregunta que debemos formular es qué hacer con un radical en el poder. Desde luego que pocos se lo han planteado en México y en otras latitudes los resultados son desalentadores, pero es necesario –en el actual escenario político que vivimos– que revisemos esta idea ante la posibilidad de que el actual gobierno federal tenga un choque de trenes, con todo lo que esto implica, en el marco de las elecciones federales de 2021.

Ruta de colisión

Partimos de la siguiente premisa: el presidente López Obrador se ha radicalizado y, en consecuencia, el ala que apoya esta tendencia dentro de su gobierno ha ganado posiciones en contra de los moderados o de quienes buscan otras vías para la conducción política del país.

Si bien el mandatario parte de un supuesto que pocos negarían como válido –transformar al país para acabar con la corrupción y la pobreza–, la manera en que se administra la medicina para erradicar ambos males está siendo tan agresiva como alguna quimioterapia para tratar el cáncer.

El problema es que se trata de un gobierno que renunció a su promesa de reconciliación y que ve todo a través de un cristal ideológico, lo que explica –junto a sus experiencias del pasado– su retórica en contra de los empresarios, de la prensa crítica y de otros sectores sociales.

Además, hay que considerar que hay un grupo de personajes incrustados en el gobierno, que alientan esta visión y alimentan los resentimientos del principal vocero gubernamental.

Es por eso que la crisis económica se interpreta como algo ajeno al país y como consecuencia del odiado neoliberalismo, la de salud como el anillo al dedo para profundizar el proyecto y las críticas de la prensa por los errores cometidos como  un intento de descarrilar el proyecto o un intento de golpe de Estado.

La radicalización, visto desde esta perspectiva, es entendible en un gobernante que ha buscado llegar –casi rayando en la obsesión– a la presidencia desde principios de siglo, que ha intentado en tres elecciones consecutivas ganar el puesto y que ha denunciado como nadie un fraude que ha sido casi imposible documentar fehacientemente.

Esto también complica el establecimiento de puentes con la oposición, que por su parte sigue en el extravío y sin liderazgos que hagan contrapeso.

Así que ante las evidencias de que el Covid-19 cobrará la vida de miles de mexicanos en las próximas semanas y que la crisis económica acabará con miles de empleos y agravará las condiciones de subsistencia de la población más pobre, la respuesta es incrementar las conferencias de prensa desde Palacio Nacional.

En esta consideración pesan dos elementos que consideran los estrategas de la presidencia como negativos. Por un lado, la manera en que la información negativa en contra del gobierno federal continúa apareciendo en medios y redes sociales y, en segundo lugar, que en redes sociales la batalla no está ganada y se trata de un campo en el que se ha tenido que recular en más de una ocasión.

Como no hay puentes con los medios de comunicación, pues quitar la publicidad oficial ahora juega en contra del gobierno lopezobradoristas, y como criticar al presidente ayuda a conservar o incrementar la audiencia, el único recurso que queda es incrementar la frecuencia de las conferencias de prensa, ante la imposibilidad momentánea de realizar giras por los estados del país.

Pero como todo recurso al que se explota en demasía, esto también puede resultar contraproducente y anular su efectividad como un método para influir en la agenda de medios o para mantener la cohesión del voto duro del lopezobradorismo.

La radicalización es una etapa más en la ruta política del presidente para no sólo conservar el poder, sino para evitar que su proyecto sea borrado en la siguiente administración.

Pero hay que ver que se trata de una apuesta muy alta que podría no resultar, habida cuenta que incluso dentro del gobierno federal hay quien no están de acuerdo con esta manera de conducir al país.

Pero la principal preocupación es ver que hará una oposición –sea política, empresarial, académica o social– con un político que ha sido consistente en su manera de actuar y pensamiento político y a quien aún no logran entender para poder establecer una estrategia que ayude alcanzar objetivos como obligarlo a sentarlo a dialogar o que acepte alguna propuesta sin descalificarla de antemano.

Así, la pregunta de qué hacer con un radical en el poder, es más importante en la actual coyuntura que vivimos en el país, en donde se puede culpar a López Obrador de destruir a un gobierno que si bien no funcionaba como se quería, si caminaba sin mayores sobresaltos y con cierta eficiencia, pero sin construir una administración que lo sustituyera y, como en el ejemplo del Seguro Popular-Insabi, pagando el costo los pobres que dijo serían los primeros.

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