Cinque Terre

Audelino Macario

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Analista político. Consultor, experto en comunicación no convencional.

Estatismo y populismo autoritario, la ruta de López Obrador

La sociedad mexicana acude en estos días de pandemia a la representación más genuina, sin máscaras, de las limitaciones, las obsesiones y el peligro que representa para el futuro del país, el hombrecito que gobierna en solitario desde Palacio Nacional.

Las respuestas que este personaje pequeño ofrece a las circunstancias extraordinarias que vivimos en México y en el mundo, son la confirmación de un presidente mesiánico, intolerante, un tirano decidido a ignorar la realidad y empeñado en seguir una ruta regresiva no sólo para la economía, sino para las libertades civiles.

En su ambición enfermiza por el poder nunca ha tenido escrúpulos. En abril de 2005, por ejemplo, se quejó que la prensa no le daba cobertura a su defensa ante el desafuero por difundir la muerte de Juan Pablo II. Quince años más tarde, utiliza un tuit del Papa Francisco para Por eso ha sido capaz de aprovechar la crisis sanitaria para acelerar el proceso de decisiones en busca de instaurar de manera definitiva como modelo de gobierno la autoproclamada “cuarta transformación”, que en materia económica es estatismo y en materia política, populismo autoritario.

FOTO: MOISÉS PABLO/CUARTOSCURO.COM

Lo dijo con todo cinismo: “Me cae como anillo al dedo”, porque eso sí tiene: se ha vuelto un experto en mentir (miente como respira, citando al clásico) como mintió diciendo que los homicidios habían bajado en el primer trimestre del año. Pero no puede, no sabe disimular.

Gracias a la pandemia, el presidente ahora tiene en su puño la economía del país. Tiene el control absoluto del congreso, del presupuesto, de los fideicomisos. Doblegó a los empresarios y los humilla, a la vez que los exhibe como ambiciosos, inmorales que en tiempos de dificultad, quieren que les perdonen el pago de impuestos.

Ni en sus mejores sueños de poder pudo imaginar que iba a poder disponer de los recursos que ahora tiene para su propósito de mantener y ampliar sus clientelas electorales.

Su programa “de rescate económico” es más del asistencialismo que conocemos y que sabemos, no salva a los pobres. Como todo programa de corte populista, únicamente se asegura que sigan dependiendo de su ayuda, al menos hasta la próxima elección.

El presidente cierra irresponsablemente los ojos ante proyecciones de una economía que no crecerá, sino se hará más pequeña en aproximadamente el 8%. Habrá menos recaudación, lo sabe, pero aún así se niega siquiera a aplazar el tren maya, la refinería y el aeropuerto. Primero muerto, dice.

Lo que ha hecho en quince meses no es acabar con el modelo económico que él llama neoliberalismo. Lo que ha hecho es adueñarse y poner al servicio de su proyecto estatista y populista, los recursos que dicho modelo global generó en México durante tres décadas, sin oponer una nueva vía para generar riqueza nacional. Las becas y subsidios no son empleos productivos, son limosnas.

A lo que apela el presidente es a que el Estado salve la economía siendo paternalista con algunos millones de pobres, no con todos sino con los suficientes para mantener una hegemonía electoral, aunque se hunda la planta productiva. Lo que sigue, es endurecer el puño estatal para garantizar que su proyecto cuente con recursos.

Por eso el SAT en plena crisis sanitaria ha pedido no olvidar el pago de impuestos y por eso, anunció que va a intensificar la enajenación de bienes de la delincuencia común y de la delincuencia de cuello blanco, a través de subastas o rifas organizadas por el Instituto para Devolver al Pueblo lo Robado.

Lo que sigue, no nos equivoquemos, es la justicia revolucionaria, con tribunales populares sesionando en las plazas públicas. Lo que sigue es premiar a quienes colaboren con el proyecto y castigar a quienes se atrevan a desafiarlos. Lo que sigue son los Comités de Defensa de la Transformación, el símil del CDR cubano.

Lo que sigue, y no podemos perderlo de vista, es que todo el aparato estatal y sus aliados se concentrará en las próximas semanas en la tarea de acelerar el desmantelamiento del INE y del sistema de partidos. Ya tiene un pie dentro del organismo y la pandemia se le presenta como la gran oportunidad de cerrar la pinza.

Tan lo sabe y lo va a hacer, que anunció que, así como tiene “Quién es quién en los precios de las gasolinas”, abrirá un segmento en su conferencia mañanera (la más grande fábrica de percepciones al servicio de la demagogia y el autoritarismo presidencial) para difundir qué partido apoya al pueblo durante la pandemia donando 50% de sus ingresos, y qué partido “se porta mal con los mexicanos”. Como si atender los efectos del coronavirus fuera responsabilidad de los partidos y no de su gobierno.

La sociedad y las instituciones tienen que dimensionar lo que está en riesgo si también le cedemos a este personaje que se empequeñece frente a los retos que impone la realidad, el control de nuestra democracia. No nos engañemos: perderíamos la posibilidad de castigar con nuestro voto la ineptitud, la corrupción y el autoritarismo, como lo hicimos en 2018. Y quién sabe por cuántos sexenios.

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