Cinque Terre

Ricardo Becerra Laguna

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Economista. Fue subsecretario de Desarrollo Económico de la Ciudad de México. Comisionado para la Reconstrucción de la Ciudad luego de los sismos de 2017. Presidente del Instituto para la Transición Democrática.

La estación del personalismo

La peor crisis climática de los últimos años, la que consume ahora mismo una extensa área del principal pulmón del planeta… puede esperar, naturalmente. Primero está la regia personalidad de Jair Bolsonaro quien exige una satisfacción, a la manera de disculpa pública de parte de Emmanuel Macron -a la sazón presidente de Francia- quien a su vez quiere enviar ayuda técnica, efectivos expertos en combatir incendios y 20 millones de euros para la misma causa. Pero no, señor, esto puede esperar, lo primero son las disculpas exigidas por su excelencia, el Presidente Bolsonaro. Lo otro, es lo de menos.

Suena hilarante, es rídiculo, suena a un mal chiste ¿verdad? Lo es. pero el Presidente de Brasil ha exigido eso: que Macron “se disculpe” antes de que Brasil admita la ayuda de Francia para el combate a la emergencia en la selva amazónica.

Esta ridícula actitud, insensata y fuera de lugar, estúpidamente ignorante de la emergencia climática es, sin embargo, todo un síntoma de nuestro tiempo: primero yo, antes el ego de nuestros personajes públicos y luego los graves problemas reales. Es una de las sombras que Timothy Snyder ha denunciado, una de las siete cabezas hacia el camino de la NO libertad: el personalismo en la política.

Del otro lado del mundo -en Ucrania, por ejemplo- se ha elegido a un famoso actor sin militancia política, sin experiencia, cuyo único lema de campaña fue “soy como tú” y toda su obra consiste en aparecer, decir y hacer todo lo que hace, a lo largo del día, en cada hora, la gente común (usted y yo). Y ese es su mérito: lo que lo convierte en una gran personalidad.

Uno de los incedios del municipio brasileño de Nova Santa Helena debora un granja, el 23 de agosto. LEO CORREA / AP

¿Quieren ver esto en el tercer mundo? Volteen la mirada a Nicaragua y encontrarán a un Daniel Ortega, quien ha engullido al otrora heroico Frente Sandinista de Liberación Nacional, para dirigir el país a su antojo, con su esposa a un lado y con vistas a heredar a algún miembro de su familia el mando de lo que alguna vez quiso ser una República.

La hidra avanza en Europa barriendo a los partidos clásicos en Francia e Italia. O instaurando extraños sistemas políticos de partidos casi únicos, en Hungría o Polonia, país que se está moldeando en el formato que exige su actual líder entronizado como ninguno desde la era comunista (pero sin partido organizado) por no mirar más al oriente, hacia la gran Turquía, cuyo experimento regresivo es ya un caso de estudio del autoritarismo del siglo 21.

¿Países chicos? Ahí está El Salvador y su presidente Nayb Bukele, expulsado del Farabundo Martí para la Liberación Nacional y a quien le bastó medio año para organizar un grupo a modo y ganar las elecciones a punta de tuitazos el año pasado. ¿Países grandes? Rusia, de Putin, gobernada por el partido de Putin.

Pero no vayamos más lejos: Estados Unidos y la estrambótica personalidad de Donald Trump, un personaje que desconoce toda ley y todo control hasta que la ley o el control se le coloca enfrente, pero cuyos daños al sistema político son sensibles y muy duraderos: el vaciamiento del Partido Republicano, el daño a las instituciones estatales de producción de información y el envilecimiento de la política exterior, precisamente del país que requiere la política exterior más sólida en el mundo. Su hija es representante en las reuniones mundiales de más alto nivel, su hijo embajador para los asuntos más delicados de las relaciones internacionales.

Y por supuesto México, país que camina todos los días en el rumbo y con el tono de una personalísima conferencia dictada por el señor Presidente, resumen de informaciones, actos, edictos, decisiones e instrucciones de toda laya, aún las más contradictorias.

Hagamos un recuento geográfico: Estados Unidos, México, Brasil; Italia, Inglaterra, Francia; Rusia, Polonia, Hungría, Turquía; El Salvador, Nicaragua; Filipinas o Indonesia. Donde quiera que veamos o vayamos, la política se convulsiona: los partidos ceden su lugar a las personalidades, las formalidades al voluntarismo del momento y las instituciones son desplazadas por las creaciones plebiscitarias, legitimadas por golpes de la opinión pública, cosechadas en la plaza (o en el ciberespacio).

Es el hiperpersonalismo. No es un nuevo régimen, sino una simple estación, un momento previo de un período histórico, bastante peor. Un periodo en el que las democracias parece, habrán de declinar (T. Snyder, El camino hacia la no libertad).

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