Cinque Terre

Armando Reyes Vigueras

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Periodista

El espejo de las redes sociales

Cuál es espejo en el que se refleja nuestra sociedad, las redes sociales nos están mostrando algunas facetas de nosotros mismos, algunas de éstas valiosas en tanto que otras nos enseñan la oscuridad de nuestro interior.

Como en botica

Se han convertido en los instrumentos de comunicación favoritos de muchas personas, mediante los cuales comparten no sólo las actividades diarias, sino un conjunto de aficiones que buscan alcanzar a otros con las mismas preferencias.

En el tema de la opinión, muchos utilizan a las redes sociales para dar a conocer lo que piensan en ese abanico enorme que implica este ámbito.

Muchos aportan al debate público, a la vez que otros repiten consignas o se atreven a mostrar sus limitaciones o errores.

Las redes sociales, cual espejo de la sociedad, también han sacado tanto lo bueno como lo malo de nosotros mismos, poniéndolo en la arena pública para que otros lo conozcan, compartan o rechacen.

Estos espacios han detonado varios debates que nos muestran como una sociedad bastante compleja.

El racismo ha salido a relucir en distintos momentos, como fue el caso de la película “Roma” y las palabras dirigidas a una de sus actrices. En otros, algunos usuarios reciben calificativos que exhiben esa parte negativa de nosotros.

No es raro encontrar más etiquetas o calificativos que idea en muchos de los intercambios que se presentan en este espacio. Desde los prianistas a los primores, pasando por calificativos como mochos, comunistas, fascistas, lacayos del imperio, vende patrias, conservadores y otros que se suman a un supuesto diálogo que se da de manera cotidiana.

Incluso el deporte es alcanzado por esta tendencia y los seguidores de un equipo se esfuerzan en poner una etiqueta a los contrarios aunque ellos sean parte del ganador en el más reciente encuentro. Y qué decir del amplio debate por la política, desde los que apoyan al actual presidente en contra de quienes lo cuestionan, pasando por ese agresivo intercambio de calificativos que sustituye a las razones entre los llamados chairos y los fifís.

A una usuaria que se ha sumado al bando contrario a AMLO, le han llamado “escort”, como si eso invalidara sus críticas. Pero quienes defienden al actual mandatario, se les acusa de recibir una despensa por hacerlo. De ese nivel es el debate que vemos en redes.

En este campo leemos acusaciones hacia los socialistas de iPhone, la izquierda caviar, la derecha retrógrada, los entreguistas, pero ningún debate que se traduzca en un acuerdo para poner en marcha una solución a nuestros problemas.

Estos instrumentos –en teoría– de comunicación nos han mostrado esa curiosa tendencia de ciertas personas de utilizar la palabra asalariado como insulto, lo cual se suma a términos como indio, naco y otros, que para muchos son inocuos en tanto que otros los consideran causal de despido o exclusión social.

También aquí encontramos a personas que se indignan por el título de un artículo, sin leer el resto del texto o a quienes exigen libertad de expresión, pero piden callar a quien opina distinto o a quienes en el pasado condenaban a ciertas empresas o iniciativas –sí, como el Teletón– y hoy lo alaban y apoyan.

Hay quien se escuda en el anonimato que las redes permiten, incluso desde numerosas cuentas, para atacar a los del bando contrario, porque de lo que se trata es de tomar partido, no ser honesto y expresar lo que verdaderamente pensamos, sino de sumarnos a la corriente de moda.

Una última muestra es lo sucedido luego de un lamentable suicidio de una estudiante del ITAM. Las expresiones que acusan una indebida presión para los estudiantes, van aparejadas por algo que trata de ser un análisis de la que para muchos es una generación de papel.

Para algunos usuarios, esto refleja la existencia de una generación a la que no se le enseñó la cultura del esfuerzo, en tanto que otros piensan que hay instituciones educativas que deben revisar el trato a sus alumnos. Quizá ambas partes tengan razón, pero no deja de llamar la atención que este tipo de ideas se amontonan en tuits y posts sin que exista un esfuerzo de mediación o un reconocimiento a qué se trata de una discusión pública y no una guerra que alguien tiene que ganar.

Pero quizá eso es verdaderamente nuestra sociedad: un campo de batalla en el que más que conciudadanos somos enemigos a los que hay que destruir, de ahí la virulencia con que expresamos nuestros desacuerdo, ya sea por temas como la inseguridad, la política, el deporte o el arte.

No nos debe extrañar que las redes sociales transporten más emociones que razones y que la mayor parte de las interacciones sean para pelear.

Total, somos un país que no ha dejado el tercer mundo y que, pese a su riqueza, sigue esperando a un mesías que resuelva nuestros problemas porque nosotros estamos más ocupados en tomar partido en redes sociales –o el mostrar que comimos y a dónde fuimos– que en trabajar para alcanzar una meta en común.

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