Cinque Terre

Ricardo Becerra Laguna

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Economista. Fue subsecretario de Desarrollo Económico de la Ciudad de México. Comisionado para la Reconstrucción de la Ciudad luego de los sismos de 2017. Presidente del Instituto para la Transición Democrática.

En el espejo chileno

Ha sido espectacular. Las manifestaciones escenificadas en América Latina (en Chile -muy especialmente-), han dado vuelo a la imaginación sociológica y política pues nunca, desde el regreso de las democracias, habíamos presenciado una ola tan importante, tan masiva y tan convulsa en el cono sur.

Muchos lo celebran ya como un momento constitutivo “del pueblo”, como la tumultuosa llegada de eso que se ha dado en llamar “democracia participativa”, aunque no está claro cómo la reivindicación de una sociedad que había contenido su malestar por demasiado tiempo, puede transformar ese magma en una creación histórica así de virtuosa. Como lo señaló el ex presidente chileno Ricardo Lagos “estas cosas se sabe cómo empiezan, pero nunca como terminan” y una estación del metro santiagueño incendiada y destruida vino a darle la razón. Por mi arte, las explicaciones más incisivas que yo he leído son estas, y coinciden de modo inquietante en una misma lección que llega hasta México. Veamos.

El entresiglo XX y XXI comenzó por la izquierda en el cono sur, las bases socialdemócratas que había dejado Cardoso en Brasil no fueron destruidas, sino que fueron aprovechadas por Lula Da Silva y Brasil, con su enorme peso, puso el ejemplo al resto de la región propiciando uno de los momentos de redistribución del ingreso más importante en más de medio siglo. Uruguay hizo lo propio con gran éxito, Paraguay, Bolivia, Colombia y de un modo desordenado e insostenible Argentina y Venezuela (no todos los ensayos redistributivos son iguales).

Pablo Vera / AFP

La clave de ese momento fue el ciclo al alza de las materias primas exportables que proveyó de grandes recursos a los Estados latinoamericanos; reformas tributarias más o menos tímidas; de modo muy importante, políticas consistentes a favor del salario mínimo, y grandes programas sociales de provisión líquida y/o bienes públicos (educación, salud, etcétera). La gente tuvo acceso a empleo, salario y bienes como nunca antes, en generaciones.

Según datos del Banco Mundial salieron de la pobreza unos 40 millones de latinoamericanos hasta que llegó la crisis financiera de 2008. Todo se trastocó y la sensación de mejora muy real, comenzó a evaporarse en el aire.

Las respuestas ante esa nueva incertidumbre y ante la erosión de las condiciones de vida recién ganadas, fueron lentas y titubeantes. Las élites económicas –como siempre- no estuvieron dispuestas a poner su parte y lo que vino entonces fue una suerte de estrujamiento a la clase media, no a los ricos y mucho menos a los más ricos. Los partidos de izquierda no supieron leer esta situación y los nuevos liderazgos, incluyendo los de la nueva oleada populista aplicaron fórmulas propicias para un nuevo tipo de lucha de clases: entre la clase media y los más pobres. Y ese es precisamente el rencor que se respira en las manifestaciones de Santiago, de Buenos Aires y de La Paz. La frustración, no de quienes son pobres y reciben ayuda, sino de quienes vuelven a ser pobres.

Algo así es lo que está cocinando la política económica de México. Ante la falta de reforma fiscal que toque de veras a las fortunas más importantes, ha instrumentado programas a los más necesitados, quitando parte de lo que tenían a millones de burócratas, maestros, universitarios, médicos, trabajadores de oficina y ese archipiélago general que llamamos clase media, con lo cual se guisa el caldo de cultivo de la explosión actual en América Latina.

Deberíamos al menos tomar nota, mirarnos en el espejo chileno y del resto de América Latina.

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