Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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El espejismo socialdemócrata

¡Pobre Anne Hidalgo! La alcaldesa de París fue postulada a la presidencia de Francia por el Partido Socialista Francés (PSF) y apenas obtuvo el 1.75 por ciento de los votos. Infame resultado para un partido con tanta historia y tradición. Nadie oculta en las filas socialistas que su futuro es incierto y muchos sugieren refundar el partido, disolverlo o, de plano, construir un nuevo movimiento político. En junio se celebrarán las dos vueltas de las elecciones legislativas y la dirigencia del PSF ha optado por la ignominia de someterse al liderazgo del populista Jean-Luc Mélenchon. Será el último clavo en la tumba del partido de François Mitterrand. La Francia Insumisa es un movimiento antiglobalización, anticapitalista, anti Unión Europea. Mélenchon nunca ha ocultado su admiración por Castro y Chávez, y también es conocida su afinidad a Putin. Se define como “altermundista” y “soberanista euroescéptico”. El líder de La Francia Insumisa no oculta que para financiar sus onerosos planes de gobierno subirá considerablemente los impuestos. También es partidario de salir de la OTAN y de que París practique una política internacional “no alineada”.

Las humillación sufrida por Partido Socialista Francés obliga a la socialdemocracia europea a volver a poner los pies sobre la tierra. Las victorias recientes de los partidos adscritos a esta orientación política en Alemania, Noruega y Portugal nos hizo imaginar un vigoroso renacimiento socialdemócrata después de años de una larga travesía por el desierto. Pero la recuperación podría ser solo un espejismo. De hecho, actualmente en Europa los gobiernos de diez países están liderados por la centroizquierda, incluidos los de países tan importantes como Alemania o España, pero presentan diversos grados de inestabilidad. Salvo en Portugal, las victorias socialdemócratas fueron ajustadas y agridulces. En Escandinavia los socialdemócratas dependen de frágiles coaliciones. En Alemania, el canciller Scholz encabeza una inédita coalición tripartita. En España, Pedro Sánchez tuvo que formar Gobierno pactando con los populistas de Unidas Podemos. Esta alianza se ha visto plagada de contratiempos y fricciones. Por eso, pese a sus aparentes triunfos, la socialdemocracia sigue como desde hace ya un buen rato: solo sobrevive.

Esta crisis es resultado de la pérdida de identidad experimentada por la socialdemocracia cuando la agenda liberal se presentó como la única solución a las crisis económicas de final del siglo XX. Fue entonces cuando los partidos de centroizquierda se subieron al tren “neoliberal” para que sus países no perdieran competitividad internacional. Blair en el Reino Unido, Schroeder en Alemania, Jospin en Francia abandonaron las políticas redistributivas y estatistas habituales y al hacerlo perdieron su popularidad, pero recuperaron viabilidad como opciones de gobierno. Ello se debe a que aplicar políticas expansionistas se volvió completamente insostenible. Sin embargo, con el tiempo, al constatar que partidos de uno y otro lado del espectro aplican medidas económicas parecidas cuando están al frente de la admiración, los ciudadanos  empezaron ha sustituir el voto ideológico por el de identidad. Eligen al candidato que mejor expresa sus opiniones en temas sociales o culturales, de tal forma que la política se mueve en atención a los temas, preocupaciones y desavenencias del mundo globalizado, como el medioambiente o la migración. Fue el principio del auge de los populismos de izquierda y derecha. Entretanto, bien por falta de discurso o de consenso interno, los partidos socialdemócratas no han sabido construir una agenda social y cultural propia que atraiga a sus antiguas bases electorales, y esta falta de rumbo explica su fracaso.

Asimismo, la desaparición de dirigentes polémicos pero efectivos como Blair y Schroeder se aunó a las complicaciones socialdemócratas, quienes desde entonces carecen de una dirección estratégica mientras la distancia y desconexión entre sus partidos y sociedad va en aumento. No existen liderazgos lo suficientemente carismáticos y transversales en la socialdemocracia europea actual, la cual acumula reivindicaciones, pero no sabe ni cómo darles respuesta, ni cuáles deberían ser sus prioridades, y a medida que el perfil de su electorado se hacía más diverso, sus agendas y preferencias empiezan a divergir. La centroizquierda no ha sabido esbozar un futuro donde todos los ciudadanos se sientan integrados. Asimismo, los partidos socialdemócratas también están afectados por las divisiones generacionales. Los más viejos añoran las luchas tradicionales (identificadas con las añejas demandas industriales)  y los jóvenes priorizan los problemas del orden posmoderno. Ante este panorama, políticos lo suficientemente camaleónicos como Macron son quienes atraen al electorado de izquierda más moderada, mientras que las opciones populistas crecen en las filas de quienes prefieren considerar a la hora de emitir su sufragio los temas identitarios. También el hecho de que las posturas entre los diferentes partidos de izquierda sean aparentemente tan irreconciliables desmoviliza al electorado progresista.

La socialdemocracia solo reverdecerá si es capaz de generar un marco de debate propio y aprende a jugar en el campo de los populistas siendo más reactiva que proactiva. La coyuntura actual favorece a los socialdemócratas europeos. A raíz de la crisis económica causada por la pandemia, la Comisión Europea decidió inyectar fondos públicos a los presupuestos de sus países miembros  y emitir bonos de deuda. También optó por incentivar la intervención estatal para comprar equipos sanitarios, mantener a los trabajadores en nómina y financiar la transición ecológica, entre otros temas. Estos cambios pueden reconfigurar las tendencias económicas de la Unión Europea, pero el aplazamiento de las obligaciones de pago de los Estados no es indefinido y conforme avance la recuperación económica muy probablemente se reinstauraren medidas de contención, vuelva la austeridad y se reimpongan límites a los déficits públicos. Es entonces cuando la socialdemocracia deberá mantener la iniciativa con imaginación y voluntad política. Los próximos años nos dirán si sabrán presentarse como la alternativa que mejor redistribuye la riqueza y defiende la justicia social, sin la demagogia de los “altermundistas” y de los “soberanistas euroescépticos”. Hoy poseen un margen de maniobra, pero juegan la partida con gobiernos débiles y apoyos inestables.

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