Cinque Terre

Nicolás Alvarado

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Periodista

Esas fuereñas

Ronda las sobremesas clase medieras mexicanas ya desde mi infancia una aseveración asaz incontrovertible: que el Himno Nacional Mexicano “es considerado el segundo más bonito del mundo, después de La Marsellesa”.

El sujeto impersonal revela la verdad oculta: que nadie sabe ni sabrá a criterio de quién es esto, pues no tenemos noticia de quiénes y cuándo habrían tenido la ociosidad de efectuar un palmarés de los himnos nacionales. ¿Por qué la leyenda urbana otorga al nuestro el segundo lugar y no el primero? Aventuro una hipótesis: quien inauguró tal especie sabía ya del prestigio cultural del que gozaba el himno nacional francés –llevado al estrellato pop internacional por su uso en tanto emblema de desafiante reivindicación libertaria y democrática en la famosa secuencia de Casablanca– y de lo inverosímil que resultaría cualquier anécdota que pusiera el mexicano por encima de él; así asignó al nuestro un honroso segundo lugar que aporta verosimilitud a la mentira, y que, en esencia, lo reivindica como el más hermoso de los himnos nacionales, al haber trascendido La Marsellesa tal estatuto a partir de sus asociaciones culturales universales.

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Si la historia me viene a la mente es en tanto síntoma del chovinismo mexicano, viejo y doliente fenómeno cuyos avatares, tan múltiples como absurdos, van de la práctica de esos viajeros que recorren el mundo con latas de jalapeños (para ponerle “su chilito” al cassoulet, la ropa vieja o el nigiri) a la consigna “Como México no hay dos”, perogrullada identitaria si las hay. (Como México no hay dos… y como Namibia o Uzbekistán tampoco: se llama singularidad cultural.) Y si pienso en chovinismo es a causa del presidente de la República, quien abreva de sus coordenadas incluso en sus intentos de diplomacia internacional (verbigracia el reciente –y acaso denegatorio– “En México tuvimos un presidente […] que decía ‘Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos’. Ahora puedo decir que es maravilloso para México estar cerca de Dios y no tan lejos de los Estados Unidos.”, espetado al presidente Biden) y que lo utiliza ya sin pudor alguno cuando le es menester descalificar a sus adversarios percibidas (o, para ser más preciso, a sus adversarias percibidas).

Al manifestar su encono ante los reclamos de mujeres destacadas que lo exhortaran en redes sociales a “romper el pacto” (se sobreentiende que patriarcal) de cara a su defensa de la candidatura de Félix Salgado Macedonio, el presidente perseveró no sólo en su postura política sino en su sordera social, y defendió ésta última aduciendo que términos como “Romper el pacto” son  “expresiones importadas, o sea copias. ¿Qué tenemos nosotros que ver con eso?”.

Le concederé razón en un asunto: el feminismo no es producto cultural mexicano –sino fundamentalmente británico, aún si el término fue acuñado por un francés–, y la noción de pacto patriarcal tampoco –y otra vez sus orígenes intelectuales apuntan al Reino Unido, donde la feminista Carole Pateman habría de hacerlo uno de los conceptos fundamentales de su desarrollo sobre el “contrato sexual”, explorado en su libro del mismo título de 1988–. Añadiré también, sin embargo, que la democracia que preconiza el presidente (aun cuando la mine) es griega en su formulación primigenia, y europea en su avatar moderno; que la izquierda a la que se adscribe –al menos nominalmente– es francesa en su concepción, alemana en su formulación teórica y rusa en su instrumentación política; y que incluso el nacionalismo que parece decidido a encarnar tiene sus raíces en la Europa del siglo XIX, y avatares posteriores destacados –por terribles– en los experimentos alemán, italiano y serbio del siglo XX.

Preocupan el anti feminismo y el anti intelectualismo del presidente, y en buena hora. Debe preocupar también su xenofobia: grave si genuina, gravísima si artilugio propagandístico para pulsar los peores resortes emocionales de la sociedad mexicana.

 

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