Joyeria de plata mexicana para cautivar
Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Envejecemos con las palabras

Envejeces con las palabras. Por eso te sabes fuera de tiempo y lugar cuando avisas al joven que irás a verlo en una carrerita porque debe salir hecho la mocha a una diligencia. A veces incluso te faltan palabras para decir lo que antes podías decir con elocuencia, por ejemplo: “Me gustan las mujeres de cabello rubio y pelo negro abajadeño; me entusiasman la abodoca”. En primer lugar porque, en la actualidad, buena parte de las mujeres ya no usan pelo en la región de abajo, vamos, la deforestación es cosa mundial y, en segundo lugar, porque la abodoca ahorita funciona con sólo ir a la droguería o la botica a exponer el problema del sexo que no siempre obedece a las órdenes para estar enhiesto. ¿Decir “Me gusta gatear”? Impensable, calla boca porque si pregonas deseos casquivanos y a ellas les llamas gatas defenestras el noble oficio de lavar trastes y acometer diversos otros menesteres. Y junto con toda esa calamidad que significa la pérdida de la memoria en la vejez, tampoco puedes decir algo así como: “Deme un fogonazo” porque en vez de recibir algún sorbo o tlachicotón puede cargarte pifas si tu interlocutor resulta obedientes y saca la matona.

No cabe duda, envejecemos con las palabras igual que nuestras ideas y también somos objeto de burla. Antes se decía “Murciégalo” y ahora no, pero si dices así tal palabra recibirás la carrilla de los demás, así como si ahora dijeras icono y no pudieras tilde a la i.

Ah, mis suripantas de antaño son las del perreo de hogaño. Ah, la Mocha, una locomotora que impactó a los del pueblo del Distrito Federal para decir que íbamos tan ráudos como ésta (y se llamó así porque no estaba completa). Tengan ustedes la bondad de comprenderme, y que a la puta no le diga así y tampoco trabajadora del sexo sino “Mujer de la vida galante”, motivo de mis más denodados sueños, hechizo de mis manos diestras, evocación ensoñadora de un encuentro que solo será posible mientras incentivo a mi mano y pronuncio su nombre.

Antes todo esto podría escribirlo en algún telegrama o discar el teléfono y decirlo a mis amigos. Sí, lo más socorrida era un “Telefonema” pero ahora no (“Que si es con Maluma no…”, perdonen tengo esa pieza músical en mi cabeza desde en la mañana). Ahora no, les decía, pues con un post aquí en Facebook puedo hallar mi desahogó, narrar mis cuitas y expresar otra vez que a los viejos nos faltan las palabras, y ya nos quedan tan pocas, como la vida que nos queda. Les agradezco muy encarecidamente por leerme, ahora me dispongo a ir al buen cine (a ver si no me carrancean en la calle, ya ven cómo está la inseguridad) para después tomar el buen café y dormir, quizá entre mis sueños las palabras mías tengan el fulgor de cuando fui chamaco. Bueno, ahí los vidrios.

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