Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Entre fichas, vasos y sifones

A finales del siglo XIX la gaseosa era servida mediante un dispositivo donde se mezclaba el concentrado o saborizante con el agua carbonatada y se precipitaba a la botella, vaso o tarro para ser consumida en farmacias y bares; otra manera de contener la bebida y servirla era el sifón que es, para muchos, el padre del envase de refresco (era frecuente rodearlos con una malla porque llegaban a tronar debido a la presión de la gaseosa). Pero ya en los albores del siglo XX la botella garantizó la conservación de las bebidas e implicó mayor higiene en el consumo además de alentar la distribución fuera de las fronteras tradicionales. Aunque para ello debió sortearse el dilema de la obturación o cómo sellar la bebida para que sus influjos milagrosos, su esencia medicinal o nada más su sabor, no se evaporara en los confines de la nada.

Para conservar el extracto de las bebidas no ayudaba mucho el corcho, empleado desde el siglo XVII (a diferencia de su decisiva función en las botellas de vino, no sólo porque elude la entrada de aire, bacterias y moho, sino para evitar que el oxígeno invada el caldo al mismo tiempo que su porosidad le permite respirar). Entonces, el dispositivo de alambre y corcho no era lo mejor pero tampoco había mejor sustituto, como no lo fue el invento de Hiram Codd del tapón Cood, en 1872, no al menos en Estados Unidos donde su empleo no fue tan extendido como en Inglaterra, el país natal del inventor, Asia, Australia y Europa. El tapón Cood era un goma insertada en el cuello de la botella con una canica en medio suspendida por la presión de la bebida carbonatada. Curiosamente, ese recurso lo emplearon algunas embotelladoras en México, como Yoli: el envase se agitaba hasta que la presión del gas botaba a la canica de su lugar y, por ello, varios conocedores aseguran, surgió el dicho “Se le botó la canica” en alusión a quien perdió el juicio.

Chácharas “Oruga”

Otra alternativa fue el tapón de metal Hutchinson, expandido sobre todo en Norteamérica y usado por Coca-Cola en su primera botella: consiste en una asa de metal que funciona como palanca que, al impulsarla hacía abajo, destapaba el pomo de las esencias; pero el sellado no era hermético y acarreaba problemas de higiene debido a la dificultad para limpiar la parte interior de la boca de la botella, hasta que en los 20 del siglo pasado se extendió el empleo del tapón corona –“Chapa”, en España y Sudamérica y “Corcholata” en México–; una pieza de metal inventada por William Painter en 1891 para obturar el borde de la boca de la botella mediante un plástico o un corcho (en la actualidad en desuso) fijado en el perímetro de la parte interna del tapón para evitar, además, la oxidación.

Chácharas “Oruga”

Los tapones corona también fueron recurso para afianzar la identidad de marca y vehículo de propaganda; lo primero con el objetivo de distinguirse entre la abundante oferta y lo segundo para moldearla como pieza de propaganda, ahora son pequeños pero significativos vestigios de un pasado donde comenzó a promoverse una imagen más allá de las propiedades del producto para potenciar su venta (el tema no es menor porque, como ya vimos, el “Desafío Pepsi” demostró que buena parte de los consumidores de Coca-Cola lo eran por la imagen, el sentido de pertenencia nacional, por ejemplo, y no por el sabor del refresco).

Las corcholatas han sido parte de la mercadotecnia, desde el anverso decorado con diseños atractivos y, no exagero, artísticos, hasta el envés mediante la impresión de iconos en boga, sobre todo a partir de los años 60 del siglo pasado como consta en los motivos navideños de Coca-Cola en esa década igual que las banderas del mundo o “La Guerra de las Galaxias” en los 70; en aquellos años tuvieron gran impacto en México las tapas con los personajes de “Amor es…” y de actores o cantantes famosos. Pepsi se distinguió, también entre los 60 y 70 por imprimir jugadores del mundial de futbol, personajes de Disney y Los Picapiedra e incluso predicciones astrológicas; su mayor éxito ocurrió cuando por varios sucesos que ya comenté superó en ventas a Coca-Cola durante los 80 ya que, a principio de los 90, sus corcholatas y varios productos más promovían la cinta Batman Returns de Tim Burton, estrenada en 1992.

En México, las botellas de El Naranjo -Chaparrita, Sangría Señorial y Trebol- promovían en las fichas el juego de la Lotería Mexicana en los años 70 y al mismo tiempo promovían en los consumidores el deseo de coleccionarlas para jugar. Pero entre varios otros ejemplos de uso de las tapas destaca Jarritos que, en 1975, desplegó en el borde “La solución somos todos”, el lema de campaña del candidato del PRI a la presidencia de la República, José López Portillo (sin que se supiera a cuánto ascendieron las ganancias económicas para la empresa por esa forma de propaganda).

Durante la segunda mitad del siglo pasado y la primera década del actual las corcholatas han sido todo eso y más. Acaso lo más relevante es haber sido tornillo de ese rompecabezas al que llamamos familia y, en particular, adminículo de pasatiempo o juego infantil. Fueron preludio de sabor con su sonido al destaparse, la codicia de coleccionistas de banderines, actores y cantantes, personajes de la televisión o caricatura y héroes deportivos u otros, salvadores del mundo aún frente a la indiferencia de los adultos.

Chácharas “Oruga”

Las fichas fueron pequeñas granadas en divertimentos de guerra, lanzadas por ballestas de madera, entrelazadas mediante ligas para atenazarlas y dispararlas rumbo a la humanidad del contrincante. Ayudaron como sustituto para transitar carreteras iluminadas con gises de colores y sus bordes adecuados a las baldosas más temerarias de la calle y a veces, las tapas corona cobraban vida como jugadores de futbol para protagonizar auténticas epopeyas narradas por los niños. Y fueron más: insumo en el jardín de niños y aún durante los primeros años de la escuela para desarrollar las destrezas infantiles, sorpresa latente en el envés de la corcholata para avisar la existencia de un premio o el aviso de tener paciencia porque éste pronto llegará. No conocí el refresco Pep fundado por la Casa Guajardo, pero sé que existió en los años 30 del siglo pasado (desde 1998 es de Jugos del Valle); tampoco conocí uno más añejo aún llamado Lys; la botella tenía la misma forma pechugona de la Coca-Cola de los 20. Pero sobre todo sé bien que esas corcholatas y otras del tipo con su propia historia son muy codiciadas por coleccionistas, en ese sentido nada ha cambiado con el valor que en la infancia tuvieron las tapas. Ah, casi lo olvido: y como las palabras son expresión de la vida misma, “Eres una ficha” aludió a quien andaba sin rumbo fijo.

Es la época de oro de las gaseosas, sobre todo en su conexión con la infancia como forma de vida, fueron compañeros de juego y fiestas, premio al buen comportamiento, linde para delimitar piruetas, motivo de reto (“Te apuesto un refrán”) o comentarios lúdicos (“Baja por los chescos”) y, tal vez sobre todo, testimonio de amistad al convidar un trago o varios, y luego limpiar la boca hasta el gollete con el brazo y acometer la misma empresa sin dejar de mencionar “La caja de los refrescos” para referirse a la odiada ficha de dominó de doble seis o el “Juego de la Botella” que, en verdad, era la vía más larga para besar a la niña o joven de nuestros sueños húmedos de entonces.


Adelanto del libro Entre sodas y refrescos, traguitos de recuerdos (2020), editorial é, de Marco Levario Turcott

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