Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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En la lápida de Donald Trump

Trump es un nihilista. Los narcisos extremos como Donald sólo creen en ellos mismos, y nada más. No creen en la sociedad, no creen en las instituciones, no creen en las ideologías, no creen en la racionalidad, no creen en la gente. Solo YO. Por eso Trump vive en el desapego a la verdad y el simplismo conceptual. Ha edificado un espacio de solipsismo que le dificulta mucho aceptar una visión de las cosas y de los hechos diferente de la propia. Ha dedicado su existencia a la noble tarea de forjar un ego portentoso aderezado con ausencia total de empatía hacia el prójimo. Eterno adolescente, por sobre todas las cosas odia perder. “Loser” es el epíteto más vergonzante de su, a todas luces, limitado vocabulario.

Como buen nihilista, Trump es un gran despreciador. Desprecia a sus adversarios y a la gente que no lo admira, pero también a su propio partido, a los políticos profesionales, a los medios de comunicación y al mundo entero. Desprecia a sus propios seguidores, sus divinos “deplorables”, como los calificó torpemente Hillary Clinton la campaña presidencial pasada. Trump saludó con una sonrisa sardónica a sus simpatizantes en un mitin celebrado al día siguiente del gaffe de Hillary preguntándoles “¿Cómo están hoy mis queridos deplorables?”. Y los desprecia porque definen exactamente lo que él siempre ha abominado. Desde la perspectiva de este monstruo depredador y materialista los “pobres diablos” blancos miembros de la clase trabajadora que lo llevaron a conquistar la Casa Blanca son paradigmas de losers, rednecks, white trash, individuos que no serían aceptados en ninguno de los clubes Trump ni para barrer el piso.

Conoce a sus electores y por eso se dirige a ellos como si de retrasados mentales se tratase. Abandonó desde un principio cualquier indicio de corrección política y a lomo de su ego insolente y desbocado utiliza un discurso simplón, tosco y chabacano, dedicado a apelar un nacionalismo vulgar y los sentimientos racistas más soterrados de los blancos, y con ello ha hecho evidente la más patética realidad de la política contemporánea: actualmente no es necesario mostrar mayor competencia y sensatez ante el rival para obtener una ventaja en las urnas.

Contemplamos en el mundo la llegada de una nueva era de la sinrazón. Tanta irracionalidad provoca perplejidad. La política de lo irracional ha encontrado en Donald Trump a su avatar más emblemático. Dice la neurociencia que lo irracional es algo tan necesario al ser humano para centrarse y orientarse en el mundo como pueda serlo la misma conciencia racional. Las emociones más elementales detentan una potestad sobre la razón la mayor parte de las veces. Por eso conviene, como opina Manuel García Pelayo, “recoger y analizar las manifestaciones irracionales como una parte válida del quehacer político y no descartarlas como una simple desviación del paradigma racional-legal”.

Tras cuatro desastrosos años, al presidente-bufón la actual campaña electoral se le presenta cuesta arriba a causa de su mal manejo del coronavirus, la crisis económica y los disturbios raciales, pero pese a ello no abandona su itinerario del absurdo. Ante un puñado de seguidores (en un mitin en Mankato, Minnesota), aseguró haber tenido una conversación con Dios sobre su trayectoria como presidente. “Construimos la mayor economía en la historia del mundo, hice un gran trabajo, Dios, soy el único que podría hacerlo”, le dijo Donald al Señor, pero a éste no le gusto el alarde y contestó “Eso no deberías decirlo, Don, ahora te condeno a volver a hacerlo”. Y días después, en Ohio, describió a Joe Biden como un enemigo de Dios. “Está siguiendo la agenda de la izquierda radical, te quiere quitar tus armas y tu religión. Odia a la Biblia. Odia a Dios. ¡Está en contra de Dios! ¡Está en contra de las armas! ¡Está en contra de la energía, de nuestro tipo de energía!”.

Pero más pavoroso que su insólita complicidad con el Señor es su intención de socavar la legitimidad de la elección, por si la pierde. Diseña un desastre total para los comicios, con largas filas en las urnas, ejército en las calles, miedo al coronavirus e incontables pretextos para entorpecer el voto por correo. Tampoco debe descartarse la posibilidad de artimañas de último momento como una declaratoria el “estado de emergencia”, prohibir reuniones de más de diez personas a causa de un eventual rebrote de la pandemia o el inicio de investigación criminal contra Biden o su hijo por parte del fiscal general Barr, absoluto vasallo el presidente.

Con tal de no aparecer como perdedor, este nihilista está dispuesto a terminar su presidencia provocando un caos sin precedentes, un Götterdämmerung para aniquilar de una vez por todas el prestigio internacional de Estados Unidos y su sistema democrático.  En el fondo, Trump amaría una apocalíptica escena de “si no me amas, ¡muere!”

“Muéstrenme a alguien sin ego y yo te mostraré a un perdedor”, es el adagio favorito de Donald, el que mejor sintetiza su forma de pensar y de vivir. ¿Será este el epitafio que exhiba su lápida? Porque el vértigo de la euforia narcisista acaba por ser autodestructivo.

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