Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

El zorro en el gallinero

¿Apoco creyeron que el régimen dejaría pasar el debate global sobre la regulación de las redes sociales sin desplegar sus afanes persecutorios? La propuesta del senador Monreal gira sobre dos pretextos: eliminar los “mensajes de odio” y evitar la propagación de “noticias falsas.” Ah, caray, ¿acaso quiere prohibir el obradorismo?

Según SPIN, de Luis Estrada, sólo el presidente –y sólo en sus homilías posfactuales mañaneras– ha mentido 44 mil veces en lo que va de su gobierno, más o menos el doble que Trump, pero en la mitad de tiempo. Desde el púlpito presidencial ha celebrado el fin de la pandemia unas 30 veces, como escribió Rubén Aguilar en esta misma revista. Y así en todo lo demás: el desabasto de combustibles y medicinas, las rifas-no rifas, la vacunación sin vacunas, la desmilitarización, el combate a la corrupción, el aterrizaje de aviones vacíos en una pista sin aeropuerto. Para afianzar el reino de la falsedad cuenta con una poderosa maquinaria de propaganda nutrida de comisarios y centinelas –desde funcionarios y legisladores, hasta mal llamados periodistas y académicos– encargados de amplificar las mentiras precisamente en las redes. La operación incluye el uso de esbirros y granjas de mercenarios digitales para golpear críticos, deslegitimarlos, y lincharlos con mensajes de odio sin ningún pudor. Se trata de una compleja faena de adulación monárquica e intimidación que han estudiado bien Marco Levario Turcott y Leo García también en esta revista.

Getty Images

Vale, uno concede: por un lado, nadie esperaría que la batalla entre un régimen tiránico y los defensores de la democracia fuera una tertulia de salón; por otro, la política es teatro, representación, como diría Vaklav Havel. ¿Qué político no finge ocasionalmente (jamás al grado de López)? Y todavía más, ¿qué mexicano no miente? Ahí está la célebre frase de Octavio Paz: “la simulación es una de nuestras formas de conducta habituales”.

Pero, entonces, ¿por qué el interés en regular? Mejor dicho: ¿por qué un régimen tan mentiroso e intransigente querría edictos que lo afectarían más que a nadie? ¿Es este un caso del zorro investigando el gallinero tan propio de los regímenes autoritarios, donde el corrupto acusa de corrupción, el mentiroso de mentir, el violento de violencia?

Por ahí va la cosa. Y la muleta de la iniciativa es perfecta: servirse de un órgano regulador aparentemente independiente (IFETEL) para determinar qué es una noticia falsa y qué es discurso de odio. Sí, el régimen que se ha dedicado a capturar con sus personeros a todos los órganos autónomos pretende otorgarle a uno de ellos la facultad de decidir qué es verdad y qué es mentira, qué es odio y qué no. Algo así como el ministerio de la verdad y las buenas palabras.

El obradorismo regulando mentiras y palabras es pues, sin rodeos ni disfraces, la institucionalización y legalización de la posverdad.

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