Cinque Terre

Nicolás Alvarado

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Periodista

El sonido y la furia

 A Mara y a Alfredo, con quienes disfruto (y padezco) coincidir, disentir, pensar

De muy joven –en la prepa, en la universidad, en mi primera y única militancia, que advino muy poco después– me gustaban las campañas políticas. Me gustaba ver las calles sembradas de gallardetes, unidos por un mecate para formar lo que entonces se llamaban pasacalles. Me gustaba ver los carteles pegados con engrudo. Me gustaba ver imágenes de actos poblados por personas con camisetas y banderines coloridos. Y lo decía. Y era objeto de las mofas de mis amigos. Y respondía “Es la fiesta de la democracia”.

Era yo cursi. E idiota. Pero, aún si ya no lo pienso, comprendo perfectamente qué motivaba esa ilusión.

En 1988 tenía 13 años: muy pocos para una participación política activa, los suficientes para recordar el primer proceso electoral que concitó entusiasmo ciudadano. Quienes me llevaban unos años creían que un triunfo de Cuauhtémoc Cárdenas podía transformar el país: por ello lo llevaron a esa victoria que el sistema le escatimó. Pero lo mismo pensaban los partidarios de Manuel Clouthier, los de Heberto Castillo –mientras duró su candidatura– y, sí, los de Carlos Salinas. Había ideas de mundo encontradas y gente que las compartía o combatía. Muchas de las sonrisas de esperanza y de los rictus de ira eran genuinos. La legalización de los partidos de izquierda, la apertura económica del delamadridismo, la experiencia de los sismos de 85, la escisión del PRI, todo conspiraba para que deviniéramos una sociedad de ciudadanos. Y ni siquiera el fraude que llevó a Salinas a la Presidencia ni el asesinato de Colosio pudieron quitarnos esa ilusión: el PRD fue creado; el PAN tuvo sus primeras gubernaturas; el EZLN se levantó; Zedillo ganó tan a la buena como se podía –y sigue pudiéndose: ahí el meollo del asunto– y propició la transición; el IFE ciudadano fue creado; Democracia Social perdió el registro –con ello terminó mi militancia– pero puso en el mapa el género, la diversidad y la agenda de las minorías; la izquierda hizo de la capital su bastión; Fox ganó el país; la alternancia se cumplió; devinimos una democracia liberal (de mala calidad, sí, pero al fin democracia liberal).

No escribiré aquí sobre el fracaso de ese modelo: muchos lo han hecho, y casi todos mejor que yo. Abordaré entonces lo que no cambió: las prácticas clientelares y corporativas, origen de mi actual desencanto con las campañas, con nuestra fallida, agónica democracia. Algo pasó en el camino –la corrrupción, los privilegios, la desigualdad, la tragedia educativa, todas las anteriores; dicho en tapatío, “sepa…”– que desinfló el aliento ciudadano. La noción del “aparato”, de la maquinaria electoral, se mantuvo, sin embargo, viva. El PRI heredó sus mañas al PRD y el PRD a Morena. Los demás las aprendieron. Las camisetas se visten y los banderines ondean: verde, blanco, rojo, azul, amarillo, guinda, naranja, morado, y así hasta la apoplejía en glorioso Technicolor y sobrecogedor CinemaScope. Las expresiones son pertinentes porque cada mitin es una superproducción a lo Cecil B. de Mille con montones de extras. Que, como en Hollywood, siguen coreografías, profieren parlamentos que no escribieron y no entienden, se ponen para la foto, para el montonshot, a cambio de una contraprestación.

Las prácticas electorales forman parte de las cosas que habrían debido verse transformadas por la pandemia, pero que no supimos repensar. Sordos los políticos, sordos los ciudadanos, mientras el sonido y la furia rugen atronadores. El 6 de junio se enfrentarán los poderosos aparatos. Un modelo será ligeramente refrendado o ligeramente rechazado. Unos pocos ciudadanos iremos a votar a conciencia.

Yo tengo decididos ya dos de mis votos y me siento orgulloso de ellos. No serán por colores, jingles o despliegues de fuerza electoral sino por trayectorias, causas e ideas de mundo. ¿Cuántos más pueden decir lo mismo? Más aún, ¿a cuántos les preocupa?

IG: @nicolasalvaradolector

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