Cinque Terre

Jesús Ortega Martínez

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Coordinador Nacional de Nueva Izquierda del PRD.

El síndrome de Penélope

La propuesta de gobierno debiera ser el asunto que las y los electores consideraran más importante, pero no resulta así, debido a que prevalece, entre gran parte de la ciudadanía, la cultura política de la espera eternamente reiterada, repetida, del hombre bueno que nos salvará de todos los males, que terminará con todos nuestros infortunios.

Esta cultura política de esperar al individuo destinado, designado, como la única posibilidad para mejorar nuestra situación tiene orígenes diversos, algunos de los cuales podemos encontrar en la historia reciente de nuestro país, específicamente en el modelo político que don Daniel Cosío Villegas llamó “la monarquía sexenal”. Esto es: el poder político concentrado de manera absoluta —por seis años— en un individuo al que se le confiere omnipotencia, magia y divinidad.

Pero la eterna espera tiene, además, orígenes más antiguos, los cuales están enraizados en las tradiciones místico-religiosas que han acompañado, desde su mismo origen, a nuestra nación. Por ejemplo: la espera, como se sabe, es una de las virtudes teologales del cristianismo, junto con la fe y la caridad. Y nuestra eterna espera también se encuentra vinculada a las mitologías prehispánicas, como aquella que nos ha hecho esperar por siglos el regreso de Quetzalcóatl, el que se fue y que algún día regresará para nuestra dicha y felicidad.

La cultura política de la eterna espera la encarnan de manera consumada José Antonio Meade y Andrés Manuel López Obrador. Los dos buscando restablecer con plenitud el presidencialismo priista del poder concentrado en un solo individuo; el del control corporativo sobre los trabajadores, sobre las masas; el del control patriarcal que se opone a la plena libertad ciudadana. ¡Esperen esperanzados!, nos dicen.

-¡Háganme suyo! Les dice Meade a los dinosaurios de la CTM, a los caciques de la CNC, a los corruptos sindicatos empresariales siempre vinculados al oficialismo y siempre dependientes del gobierno.

-¡Háganme de ustedes! Le demanda Meade al priismo para que la Presidencia de la República continúe encarnando el régimen autoritario, anacrónico, obsoleto, corrupto y corruptor.

-¡Háganme presidente! Les dice López Obrador a los funcionarios gubernamentales del priismo, y les perdonaré sus delitos (sus pecados, en palabras de redentor).

-¡Apóyenme! Le dice AMLO a la mafia del poder, que yo les amnistiaré.

Y en el extremo de la ambición vulgar, ofrece —de llegar a la Presidencia— indulto a los grandes capos del negocio ilegal del trasiego de estupefacientes y armas; a los funcionarios gubernamentales operadores del narcotráfico; a los trust financieros que desde los grandes bancos nacionales y extranjeros blanquean millones y millones de dólares. Se niega, López Obrador, a considerar siquiera la regulación para el consumo de la mariguana con fines terapéuticos y lúdicos; y, por el contrario, se compromete a perdonar a los causantes de la violencia más atroz que ha vivido México en la historia contemporánea.

Con Meade y López Obrador persistirá el régimen político autoritario y, desde luego, se perpetuará, trágicamente, la eterna espera del país y de la gente por un verdadero cambio. El síndrome de Penélope seguiría rigiendo la vida del país.

Ante la posibilidad de seguir esperando, el Frente debe diferenciarse de López Obrador como de José Antonio Meade, y la principal diferencia no es de forma (no está en vivir en Los Pinos o en Palacio, no está en viajar en avión o en avioneta), sino en el cambio de régimen.

El cambio de régimen significa dejar atrás el presidencialismo autoritario, olvidarnos del gobernante omnipotente que actúa sin controles y contrapesos; dejar de utilizar la pobreza que padecen millones para controlarlos corporativamente; es terminar con los negocios privados al amparo de los cargos públicos; es la transparencia en la administración; es terminar con la impunidad; es avanzar contra el centralismo; es la existencia de un Congreso de genuina representación ciudadana; es un Poder Judicial con plena independencia para impartir justicia.

El Frente debe ofrecer hechos tangibles desde ahora; no la esperanza que, por vana, se convierta en nueva frustración.


Este artículo fue publicado en El Excélsior el 5 de diciembre de 2017, agradecemos a Jesús Ortega Martínez su autorización para publicarlo en nuestra página.

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