Cinque Terre

Arouet

El “sexting” y el final de una carrera

No tiene caso precisar aquella ocasión en que la conoció. Pudo haber sido en el deportivo al que él asistía todas las mañanas antes del trabajo o pudo ser algún amigo quien la presentó, con él eso es lo de menos. Lo importante ahora es que Antonio ha vivido lo que nunca en sus 57 años de vida al lado de esta mujer prudente y serena –lo que le ajusta bien por su labor pública, es parlamentario conservador, y porque tiene una familia.

Antonio es un hombre culto, un servidor público, que ha cincelado su imagen con la pulcritud al vestir y al hablar pero sobre todo al calcular que sus palabras sean siempre las correctas y apunten a la empatía de sus destinatarios, el gobierno y sus colegas del partido, claro, pero acaso sobre todo la gente que le escucha sobre las políticas públicas que encabeza, sobre todo en el ámbito de la salud y, últimamente, en particular el consumo adictivo de drogas. Por ello desde que fue estudiante de derecho hasta la fecha su carrera ha sido meteórica.

Todos los días Antonio desayuna con la familia y encabeza el deber ser entre los actos de los demás y los suyos, junto con su esposa Lynne reza y marca las obligaciones del día; luego da una revisada rápida a las redes sociales y, mientras toma café, se comunica en el móvil con su amante. Ella es comprensiva ante todo, y quiere que Antonio lo tenga claro, pero eso no significa, también le enfatiza, que no desee verle en todo momento, estar desnuda con él y volver a besarlo como la mañana anterior en que ambos dejaron sus ocupaciones para ir a un hotel de paso lejos de las miradas indiscretas; sí, le escribe en WhatsApp, tomar tu cuello, arañar la espalda, abrir mis piernas y recibirla toda.

Antonio se siente fuerte mientras lee, su edad no es inconveniente para esta mujer anhelante unos 35 años que coloca su verga en la boca o lo disfruta como nunca nadie, que lo mira con los ojos desorbitados y las mejillas inflamadas mientras contonea el culo y agita las nalgas de vez en vez para que él sepa bien donde será su destino final, pero que lo espera el tiempo que él decida. Ella le envía una foto donde sus labios casi se funden en el rostro iluminado de Antonio y él le pide que se vean lo más pronto posible y eso significa el tiempo que hagan rumbo al hotel donde ayer estuvieron. Ella se muestra traviesa y le pide que le envíe algún mensaje de voz para notar su excitación, también que le muestre el pecho y, además, claro, el sexo enhiesto. Antonio lo hace; siente los nervios y el brío de la adolescencia. Va al baño y ríe con ella en mensajes de texto (“Estamos locos, jajaja”; “necesito tenerlo en la garganta, jajaja”). Se quita la camisa y muestra el pecho, le envía la foto y hace lo mismo al bajar el cierre de la bragueta (“Pero qué cosa más rica mi amor”; “Es toda tuya, cariño”; “Quiero verla más pero también tu cara, quiero ver como me deseas, anda amor”).

Antonio le envió quince o veinte imágenes, quién sabe, perdió la cuenta. Se masturbó como ella quiso, motivado con tan solo leerle porque su interlocutora le prometió que en otra ocasión le enviaría las suyas, a condición de que Antonio también le grabara un video diciendo palabras sucias y, sobre todo, mientras eyaculaba.

Pasaron tres o cuatro días sin mayor comunicación y él lo entendía, sabe que la prudencia de ella es parte de la magia y que, además, sus labores como parlamentario lo hacen estar de reunión en reunión y hasta que en la noche poco antes de cenar con su esposa, le envió un mensaje. No obtuvo respuesta pero eso fue lo de menos porque, pensando en ella, pasó un par de horas memorables con su esposa: la besó hasta casi morderla, pasó su lengua con avidez entre los pezones mientras tallaba la espalda con sus manos y frotaba la verga en el clítoris hasta que ella no pudo más y lo exigió todo y así fue como lo obtuvo, franco, fuerte y frenético.

Al otros día en la mañana, como todos los días, Antonio bajo a la mesa sin revisar el teléfono para estar en plenitud con la familia y esta vez con la mirada cómplice de su esposa. Lo haría poco antes de ir al trabajo. Lo hizo. Había cerca de 40 mensajes y ninguno de ella. Entre los mensajes había uno sin remitente o, bueno, como se sabe, sólo con el número telefónico de quien lo envía: “Cariño, sólo para decirte que nuestra sesión de fotografía estuvo fenomenal y que, seguramente, la prensa y tus seguidores podrían ver lo salvaje que eres para coger. Pero no te preocupes, cielo, no lo sabrán si tu depositas en mi cuenta 8 millones de dólares, darling, cariño, no cometas otra estupidez y sé un buen niño”.

No tiene caso precisar en los sentimientos que agolpados en Antonio ni detallar en cómo llegó a la conclusión de no acceder al chantaje; tampoco de cuando habló con su esposa y luego la familia entera. Estaba devastado (la única certeza que tenía, se dijo bromeando en medio de la tragedia, es que todavía se le paraba el pito, y eso no era menor). De pronto limpió sus gafas y redactó su renuncia a varios cargos que entonces ocupaba –entre otros ya no sería portavoz del partido conservador–; advirtió que la decisión se debía a que era blanco de una extorsión financiera por enviar fotografías a una mujer que parecía ser “receptiva para ello”.

Este relato es una ficción. Me inspiré en Tony Clement, ahora exministro del gabinete canadiense, quien ayer renunció a varios puestos parlamentarios después de reconocer, así lo dice The New York Times, que envío fotografías y un video sexualmente explícitos a una mujer. Clement se encuentra muy apenado con su familia y espera que las autoridades den pronto con quien lo quiso extorsionar.

Su carrera ha terminado.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password