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Sergio Dávila Espinosa

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El señor Gatell

Hugo López-Gatell Ramírez, subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, tuvo la gran oportunidad de convertirse en un referente en Latinoamérica como el médico epidemiólogo y funcionario encargado de diseñar una estrategia para la contención del SARS-CoV-2 y, por ende, proteger a 126 millones de personas contra la Covid-19. Sin embargo, dejó ir esa oportunidad y la cambió, metafóricamente, por un plato de lentejas.

Hoy sabemos que México ocupa uno de los últimos sitios en la lista de Bloomberg de lugares para vivir durante la pandemia, y el cuarto lugar en el mundo en número de personas fallecidas por país con 266 mil 150 casos oficiales reportados. Muchas voces señalan al subsecretario como inepto o incompetente por encabezar una estrategia tan caótica como ineficaz. Mi percepción es que ese funcionario traicionó su juramento hipocrático, que como médico se basa en “no llevar otro propósito que el bien y la salud de los enfermos”, para convertirse en un político de la tercera alternancia, sin el menor empacho en mentir, robar y traicionar, con tal de mantenerse en el círculo cercano del presidente de la República. Por ello, desde hace tiempo me resisto a referirme a él como “doctor” y, en cambio, lo identifico como el señor Gatell, nombre más congruente hasta fonéticamente con su condición libremente elegida.

Por sus conocimientos como epidemiólogo y su capacidad de comunicación pudo seducir a millones de mexicanos, quienes nos sentíamos tranquilos y protegidos cuando acompañaba al presidente a las conferencias mañaneras para explicar, de manera clara y didáctica, desde las características del virus hasta cómo se transmite. “¡Achú! Así, con un simple estornudo, una persona puede propagar el Covid-19 a quienes se encuentren hasta a 10 metros de ella”, explicaba en marzo de 2020.

A López-Gatell le ocurrió como cuando, en la televisión mexicana de las décadas de los setenta y ochenta, a un actor de reparto que sobresalía en un programa de comedia lo premiaban con su propio programa de media hora. Así, la popularidad del otrora reconocido como médico en la conferencia de prensa del presidente creció de manera más acelerada que la primera curva de contagios de Covid-19, al grado de recibir la encomienda para conducir su propia sesión vespertina para deleite de sus seguidores y de quienes esperaban la diaria dosis de datos duros (los que nunca han sido confiables en la mañanera) para medir el comportamiento de la pandemia.

Pero una mañana, a los ojos de todos, el doctor colgó la bata cuando durante su conferencia el presidente dio por hecho que la Jornada Nacional de Sana Distancia tendría una duración de solo dos semanas, por lo que pedía la comprensión de la gente. Cuando quiso corroborarlo con López-Gatell, éste, de manera nerviosa y dubitativa, no acertó a contradecir al presidente, sino a contestar con ambigüedad que “sí, más o menos”. Ese día desperdició la oportunidad de ganar el respeto mundial al contestar al presidente que lamentablemente eso no sería así, que era poco probable y que dependía del grado de seriedad con el que la sociedad en su conjunto adoptara las medidas recomendadas. Desde ese momento, sus dichos cada vez fueron más contradictorios y erráticos en temas de salud, pues empezó a usar su astucia comunicativa para defender al presidente y justificar las decisiones que emanaban no de una estrategia diseñada por el Consejo de Salubridad General, sino de los caprichos matutinos del mandatario.

Cuartoscuro

Lo vimos contradecirse con hechos y con palabras, como cuando llegaba a la conferencia vespertina con cubrebocas, pero nunca lo portaba en las matutinas; como cuando se negó a pronunciarse de manera contundente sobre el uso del cubrebocas al grado de llegar a excesos cantinflescos: “El cubrebocas sirve para lo que sirve, y no sirve para lo que no sirve”.

También lo vimos traicionar su formación como investigador al cambiar a contentillo los indicadores que se utilizaban para informar y utilizar las gráficas para engañar con la estadística. Cuando todos veíamos una curva ascendente por el aumento de contagios, él mostraba otra que mostraba la velocidad del mismo fenómeno y celebraba que fuera negativa. No se animó a contradecir el estribillo terco del “ya domamos la epidemia” que López Obrador repite semanalmente desde entonces. Y todavía con sorpresa lo vimos transformarse en un tapete con su defensa a ultranza de las giras presidenciales: “La fuerza del presidente es moral, no es una fuerza de contagio”, dijo.

Ya presa del estrés que seguramente le provocaba la contradicción entre lo que sabía que debía hacer y las órdenes que recibía, trasladó su agresividad para atacar de manera grosera a los medios y periodistas que lo cuestionaban. Lo vimos utilizar su comparecencia ante los senadores para, con arrogancia perdonavidas, decirles que estaban sufriendo de una disonancia cognitiva.  O, cuando ya en franca dificultad para dominar su ira, recriminó a la periodista Peniley Ramírez “ya le destinamos cinco minutos adicionales de la señal de televisión”, transformándose en productor de ese medio como excusa para regresar a su esquina después del nocaut que le propinó la reportera al exhibirlo con sus propias declaraciones.

Como nuevo funcionario, también lo vimos saborear la impunidad al romper las mismas reglas que él proponía: de manera irresponsable y descarada, se dejó ver en un avión sin cubrebocas, y también mientras vacacionaba por playas y paseaba por parques, al más puro estilo de los políticos que usan sus fueros para estacionarse en lugares prohibidos o saltarse las filas que obligan hacer a otros.

Así fue como, día a día, la única curva que logró domar fue la de su propia popularidad, la del respeto no sólo de la comunidad científica sino de la sociedad, al grado de ser hoy el prototipo del político de la tercera alternancia: advenedizo, incongruente, mentiroso y arrogante.

Lástima, para él, que las lentejas tarde o temprano no sólo se enfrían sino también se acaban.

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