Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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El semáforo alemán

Confieso que no esperaba ver al Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) volver a ganar una elección federal. Metido en una profunda crisis política y de identidad, bregando con el fin de las ideologías, encarando un período calamitoso para los partidos tradicionales y sus viejas burocracias, el SPD parecía un dinosaurio condenado a la extinción. Pero de manera inesperada los socialdemócratas salieron adelante y ahora están abocados a dirigir una coalición de gobierno en Alemania con Olaf Scholz como canciller. Increíble, porque hasta hace unos pocos meses estaban fatalmente estancados en las encuestas y condenados a una definitiva irrelevancia, rebasados por los Verdes como principal partido progresista alemán. ¿Cómo fue que el SPD llegó a esta inanición y cómo fue que se recuperó?

Apenas a principios de este siglo la socialdemocracia alemana, lo mismo que casi toda la europea, vivía un brillante momento de auge y renovación. Eran los tiempos de la “Tercera Vía” de Tony Blair y del Neue Mitte (Nuevo Centro) del a la sazón canciller alemán Gerhard Schröder, quien con su Agenda 2010 lanzó un ambicioso programa para rediseñar al obeso Estado de bienestar alemán y a las rígidas legislaciones laborales. Alemania recuperó con ello dinamismo económico, pero los socialdemócratas debieron pagar un elevado coste de popularidad y la pérdida de identidad del partido, el cual se fracturó entre los modernizadores del Neue Mitte y los socialistas conservadores adictos al anacronismo ideológico y discursivo. Schröder perdió el poder en 2005 ante Angela Merkel, con quien el SPD decidió pactar una Gran Coalición de gobierno. Dieciséis años después esa fórmula se repitió en tres ocasiones. En ella el SPD ha conseguido impulsar importantes medidas como el establecimiento de un salario mínimo o la aprobación del matrimonio homosexual, pero por fungir por tanto tiempo como socios minoritarios en las alianzas con los democristianos de Merkel su identidad se ha diluido aún más.

El SPD empezó a sufrir derrotas cada vez más humillantes. A principios de este año las encuestas lo ubicaban con un 15 por ciento de la preferencia electoral. Y mientras los socialdemócratas se debatían entre la vida y la muerte, los Verdes iban al auge dirigidos por el sector pragmático del partido, el cual, lejos del anticapitalismo, pacifismo y ecosocialismo fundacional, supo hacer de los Verdes una institución centrada en las demandas “posmaterialistas” y “posideológicas” del votante joven y urbano, como la ecología o la ética animalista. Sin embargo, para sorpresa del mundo, la socialdemocracia se impuso en la pasada elección. Ello se debe a que en Alemania reina una atmósfera de desánimo. La pandemia, las recientes inundaciones, el relativo retraso digital y la explosión del mercado inmobiliario, entre otros asuntos, evidenciaron las carencias del largo desempeño de Merkel al frente del gobierno. Y es que si bien es cierto que doña Angela es mujer con enormes cualidades de liderazgo, también lo es que se negó a emprender reformas de gran calado. Ahora tendrá que ser un socialdemócrata quien  impulse las transformaciones, tal y como en su día lo hizo Schröder tras el largo y, en buena medida, aletargado gobierno de Helmut Kohl.

AFP

Olaf Scholz, vicecanciller y ministro de Finanzas en la última gran coalición de Merkel, llegó al poder aupado, sobre todo, por su imagen de funcionario eficaz y solvente, por el desgaste democristiano tras tantos años en el poder y porque la candidata de los ecologistas no inspiraba confianza. Poco tuvo que ver la ideología.

Scholz negociará ahora la formación de una coalición conocida como “del semáforo”, en alusión a los colores que representan a cada uno de los partidos integrantes: rojo (socialdemócratas), amarillo (liberales) y verde (los ecologistas). Pero no será tan sencillo: verdes y liberales son disímiles en su visión sobre cuál deber ser el papel del Estado y hasta qué punto debe interferir en la vida individual de las personas. Los Verdes quieren un Estado muy activo y regulador, mientras que los liberales rechazan la intervención estatal excesiva. Esta divergencia se hace evidente en la forma en que ambas partes quieren abordar uno de los problemas más apremiantes de Alemania: la lucha contra el cambio climático. Los Verdes abogan por límites claros para las emisiones de CO2 y plazos perentorios e irrevocables para que las empresas empiecen a cumplirlos. Los liberales prefieren utilizar herramientas basadas en el mercado.

Sin embargo, también tienen puntos de convergencia: ambos partidos están de acuerdo en que urge la digitalización de la administración pública, ponen énfasis en la reforma de la educación pública y defienden la liberalización de la política de inmigración. También hay coincidencia sobre el papel que deben desempeñar los derechos humanos en la política exterior. Ambas partes ven a China y Rusia con ojo crítico, aunque es un tema delicado habida cuenta de la intensa relación económica y comercial de Alemania con dictaduras como las de esos países y Turquía. Y hay otro punto en común, no menor, entre verdes y liberales: sus seguidores son los jóvenes, por lo tanto representan al electorado del futuro, mientras que los votantes de los socialdemócratas y los democristianos son mayores y mucho más tradicionales en su forma de ver el mundo.

Donde el SPD podría marcar una importante diferencia sería en la gestión del Estado de bienestar. La pandemia demostró la urgencia de reformarlo integralmente. También puede revigorizar el liderazgo alemán en la Unión Europea y reforzar los perfiles sociales y ecologistas de la organización. Pero lo determinante será la fría acción administrativa. Scholz y Merkel no abundan en carisma, pero esa fue una razón de sus respectivos éxitos. A los alemanes no les gustan los histriones; alguna vez tuvieron uno y les fue muy mal. Por eso la estrategia socialdemócrata en las pasadas elecciones fue ofrecer continuidad y cambio a la vez. El candidato del SPD, como vicecanciller de Merkel, combina experiencia de gobierno y fiabilidad con la esperanza de un cambio moderado a través de acuerdos y pactos. Será la buena gestión, y no los vaivenes ideológicos, los que determinen su éxito o fracaso como gobernante.

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