Cinque Terre

José Buendía Hegewisch

El Papa y el humor social

La visita del papa Francisco concluyó sin que se lograra cambiar el humor social de un país plagado de víctimas de la violencia, y sin que hubiese una respuesta de la autoridad a sus señalamientos. Ese clima de opinión se reflejó en movilizaciones y afluencias por debajo de la expectativa. ¿Cómo explicarlo? La posibilidad razonable de que algo sucediera se habría sobredimensionado, el espectáculo inhibiría el fervor en la calle, las grillas internas que reclamó a la curia mexicana o el mensaje que no satisfizo a tiros ni a troyanos.


Su visita no fue para el gobierno ni la clase política, aunque trataron de jalar su presencia para ayudar a reparar la desconfianza. Tampoco animó, como otras veces, a una sociedad cada vez más secularizada, que demanda a las autoridades políticas y religiosas mayores sanciones para detener la crisis de derechos humanos en el país. En su último día, en Ciudad Juárez, el Papa fue enfático para denunciar una crisis humanitaria debida a la migración.


La agenda nacional se paralizó desde que Francisco advirtió que hablaría claro sobre los problemas del país. La autoridad de su papado se ha fortalecido al decidir entrar a los problemas y aterrizar en los asuntos que realmente le preocupan a la gente. Es la voz de un reformador de la Iglesia que ha vuelto al rol pastoral para evitar la caída del catolicismo que, en México, ha sufrido una pérdida de adeptos, desde las visitas de Juan Pablo II, quien es recordado por el ardor y el entusiasmo popular que despertó.


Pero ¿qué consiguió Francisco de su viaje a México? ¿Cuál fue su mensaje? Tanto los que le dedicó a la jerarquía de la Iglesia como los que dirigió a los problemas de la vida política fueron muy claros. Llamó a los obispos a ponerse las “sandalias del pescador”, en un claro reclamo a su distancia con la gente o su descalificación por su cercanía con los “modernos faraones”. También la censura a políticas que abonan en flagelos como la inseguridad, la violencia y la corrupción. ¿A quién incomodó? La generalidad del mensaje permitió que las audiencias aludidas guardaran un silencio que, como explica Elisabeth Noelle-Neumann, es una amenaza por el miedo al aislamiento, a la mala fama, a la impopularidad. La curia preferió hacerse la occisa y la clase política tomarse selfies con el Papa para no sentirse fuera del consenso.


La intención de aparecer cerca de una autoridad con prestigio y credibilidad, a pesar del Estado laico, más que los discursos, resultó un gesto más revelador. El Pontífice subrayó la distancia del poder religioso y político respecto al ánimo de la población. El regaño de Francisco a un fiel en Morelia, trending topic de la visita, pareció expresar el jaloneo que la clase política quiso hacer de la autoridad religiosa y su rechazo a ser instrumentalizado.


Ahora bien, la generalidad del discurso permitió que la autoridad se refugiara de las críticas y no satisfizo las expresiones de solidaridad con los desaparecidos y la falta del mensaje contundente sobre la crisis de derechos humanos que prometió. Y si bien es cierto que hubo reconocimiento por la reivindicación de los derechos indígenas y el perdón a la exclusión como condición para la reconciliación, también se le reclamó que no llamara una mea culpa por los escándalos de pederastia en el interior de la Iglesia.


Si algunos pensaron que la visita papal les serviría al gobierno, se equivocó, tanto como quienes creyeron que podría ser una sanción pública contra las autoridades. El Papa no es mago ni puede resolver los problemas de un país, como declaró su vocero. No obstante, su visita tampoco ayudó a exorcizar los demonios que quiere vencer este Papa, quien, sin duda, es el más reformador y moderno del siglo XXI.



Este artículo fue publicado en Excélsior el 18 de Febrero de 2016, agradecemos a José Buendía Hegewisch su autorización para publicarlo en nuestra página

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