Cinque Terre

Juan Villoro

Escritor, autor de "El Testigo". Ganador del Premio Herralde de Novela 2004 y del Premio Rey de España por su texto "La Alfombra Roja, el imperio del narcotráfico".

El Muro revisitado

Se han vendido tantos trozos del Muro de Berlín que con ellos se podría construir la Muralla China, único trabajo de albañilería que es posible ver desde la luna. Sobran pedazos que de manera real o imaginaria se atribuyen al monumento a la ignominia que circundó Berlín Occidental de 1961 a 1989.

La más famosa pared derruida se ha reinstalado en fragmentos en 140 sitios de interés, de las Naciones Unidas al Parlamento Europeo, pasando por el baño para caballeros del casino Main Street Station en Las Vegas, donde cuatro urinarios están empotrados en un remanente del Muro (aunque un vidrio impide que la micción llegue a la pared, se puede tener la ilusión de orinar al totalitarismo).

Entre 1949 y 1961 más de dos millones y medio de alemanes orientales huyeron a Alemania Occidental. La cifra gana relieve si se considera que la RDA tenía 17 millones de habitantes. El 13 de agosto de 1961 Berlín amaneció como una ciudad dividida. Hasta entonces era posible trabajar del lado occidental y vivir en el oriental. La repentina división fracturó numerosas familias e inventó nuevos delitos. Hacer señas que pudieran ser vistas “del otro lado” o “escapar del país” se convirtieron en crímenes y quedaron pocos motivos legítimos para viajar, como espiar en Occidente en nombre del socialismo o ganar una medalla olímpica.

En la histórica garita de Checkpoint Charlie el chasis de los coches era revisado con espejos que parecían venir de la posguerra. Las torretas de vigilancia y las ametralladoras automáticas eran más modernas. Para escapar, había que superar dos muros, separados por un campo minado. Los conejos tenían el peso ideal para pasar sobre las minas sin activarlas y se convirtieron en la principal fauna del lugar. Los guardias patrullaban la zona de dos en dos para vigilarse mutuamente en compañía de pastores alemanes. Seis mil perros fungían de custodios. Después de la caída del Muro, una campaña de adopción logró que unos 1,500 consiguieran nuevos hogares.

Toda transformación merece análisis. En el eufórico noviembre de 1989, el dramaturgo Heiner Müller se atrevió a alertar sobre las injusticias que podían cometerse en nombre de la reunificación. Müller vivía en la parte oriental de la ciudad, durante 12 años ninguna de sus piezas fue llevada a escena y su obra La construcción, escrita en 1965, que trata de un edificio que encierra a quienes lo edifican, sólo se estrenó en 1980. Su repudio al Muro era tan manifiesto como su repudio a la discriminatoria sociedad de consumo. Con Günter Grass, Peter Schneider y otros escritores condenó la reunificación entendida como una fusión comercial donde la empresa más grande determina el destino de la más pequeña. “¿Puede alguien comprender la tristeza que provoca la desaparición de un orden repudiable?”, preguntó el novelista Günter de Bruyn. El sistema autoritario dejaba un vacío que era arriesgado sustituir con la cuestionable banalización del mercado. Esta idea dio lugar a la famosa ostalgie (nostalgia por el Este) que alude menos a las inciertas virtudes del socialismo que a los abusos del capitalismo.

A principios de los ochenta, la OTAN comenzó a emplazar cohetes de mediano alcance que podían llegar a Moscú en menos de diez minutos y el Pacto de Varsovia respondió instalando los SS-20. La Guerra Fría se volvió más candente que nunca y Hollywood contribuyó al temor atómico con la película El día después.

De 1981 a 1984 viví en Berlín Oriental, capital de la paranoia que, según una frase de entonces, dependía del “equilibrio del espanto”.

En Año Nuevo, la ciudad dividida se unía en el cielo con el destello de los fuegos artificiales. El único territorio común parecía ser ese resplandor rojizo.

Los dos Berlines vivían en “síntoma de comparación”: lo que ocurría en un lado se cotejaba del otro. La versión oriental de una ópera encontraba una respuesta occidental. Esta vida en espejo estaba preparada para contemplar el fin del mundo por partida doble, pero no para lo que ocurrió el 9 de noviembre de 1989. El máximo emblema de la Guerra Fría cayó sin un disparo.

Salir del infierno no garantiza el paraíso; en todo caso, las sociedades mejoran sus defectos. Esto se advierte con el tiempo. Pero hace 30 años no hubo lugar para matices. La noche del 9, la convulsa historia alemana produjo el mayor de sus asombros: la libertad ganada en paz.


Este artículo fue publicado en Reforma el 8 de noviembre de 2019, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en nuestra página.

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