Cinque Terre

Javier Solórzano

El mundo tuitero

Las redes son desde hace tiempo la nueva ágora de la sociedad. Son omnipresentes, se expanden y son mecanismos de comunicación e información que para bien y para mal nos han acercado.

Los medios de comunicación han entendido su relevancia, tan es así que las tienen como un referente para sus procesos informativos. Sin embargo, a través de las redes sí han ido encontrando una serie de limitaciones que en muchas ocasiones han llevado a que los medios, paradójicamente, recuperen cierta credibilidad.

Hemos pasado del valor informativo de las redes a su cuestionamiento, de tal forma que para darle valor y credibilidad a lo que se dice en ellas el referente están siendo los medios.

Por las redes pasa desde hace tiempo absolutamente todo. El anonimato las convierte en procesos de comunicación cargados de trampas. Se hace un uso de ellas indiscriminado y, debido al anonimato bajo el cual existen, se puede decir en ellas todo tipo de cosas y barbaridades sin saber quién las emite.

Como es sabido, a través de las redes se crean grupos pagados que pueden lanzar diatribas e insultos sin que nadie les pueda poner algún tipo de freno, a pesar de que se ha intentado tener un cierto control, fundamentalmente con el uso del lenguaje. Lo que se ha hecho desde Twitter es alertar a los usuarios sobre contenidos y lenguaje que pudieran considerarse agresivos y que eventualmente pudieran molestar u ofender a los usuarios.

Las reglas se han ido actualizando, pero está claro que en muchas ocasiones no hay manera de poder frenar el flujo informativo, por más que pueda ser falso o sin acreditación alguna. Todos hemos sido testigos de cómo en los tuits se plantean una serie de afirmaciones brutales por parte de personas que sin exagerar pueden desaparecer de un día a otro.

Los seguidores también son un enigma. Existen personas que llegan a tener millones de ellos sin que sepamos con claridad si existen o no existen. Detrás puede existir una maquinaria que echa a andar un proceso para sumar seguidores.

Algunos personajes a los que se les llama “famosos” presumen la gran cantidad de personas que los siguen, lo cual no necesariamente es una tarjeta de presentación debido, sobre todo, a que han ido apareciendo fundados cuestionamientos sobre cierto tipo de usuarios.

Tener seguidores se ha convertido en una tarjeta de presentación sin que quede claro de dónde procede ese cúmulo de presumibles personas que van conformando un currículum en el mundo del Twitter.

Es por ello que es importante tener claridad respecto a lo que se dice a través de las redes. Los ánimos de crispación han tenido en ellas espacios que nos ha confrontado aún más sin saber en muchas ocasiones si realmente quienes escriben lo que escriben es cierto, si es válido o es una provocación a través de alguien externo que utiliza las redes para hacerse valer, agredir, desacreditar e incluso poner en evidencia a alguien.

No tiene mucho sentido responder o meterse en el toma y daca cuando no se tiene claridad de quién está tuiteando. No tiene sentido porque en el fondo se termina en medio de una sobrevaloración, al tiempo que se le concede una importancia a un tuitero que no se sabe ni quién es y si existe.

Habría que considerar si vale la pena atender tuits con un uso de lenguaje grosero y oprobioso, de no ser que se quiera utilizar para generar un efecto en la sociedad.

Todos sabemos cómo se mueve el mundo de los tuiteros. Están los que existen, los llamados bots, los que escriben por otros, los que duran un día y los que por su cantidad  de seguidores no vale la pena ni siquiera voltear a verlos.

RESQUICIOS

La desaparición-secuestro de los 43 normalistas es una historia que nos duele y que ha mostrado una de nuestras peores caras. Se han conjuntado intereses, perversiones y un proceso legal particularmente desaseado que no ha permitido que se haga justicia, la cual no sólo le urge a los padres y madres de los estudiantes le urge también al país.


Este artículo fue publicado en La Razón el 27 de septiembre de 2021. Agradecemos a Javier Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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