Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

El México que espero

Llegó de nuevo septiembre, mi mes. He contado mil veces que nacer en el mes patrio hace que me cuente la historia de que el lugar que me vio nacer y yo estamos ligados por tierra y calendario. Claro que se trata de una fantasía pero la narrativa es así: la mente se amuebla de rituales, de sabores y colores que se dan cita en un espacio de tierra y tiempo.

Como a muchos, no me gusta lo que pasa en mi país; estoy muy consciente de que mucho de lo que no nos gusta se fue acumulando como el moho de una superficie que no se limpia. Hija de la crisis, he pasado la vida como tú y como Yuri: en espera de tiempos mejores. Me regalo de cumpleaños, para cerrar este mes con el México que quiero y espero, sin nostalgias, sin folklore ni fantasía (que al fin todos los pueblos las tienen, y al de casa siempre le resultan lo mejor), tan sólo la descripción del lugar donde me gustaría vivir y que quisiera heredar a mis hijas. No canto “México lindo y querido” porque, cuando me entierren, francamente me dará lo mismo la tierra que me cubra: no tengo esas aficiones draculezcas. Busco describir las condiciones de habitabilidad que necesita un ser humano que pretenda la muy bonita misión de tener las posibilidades de perseguir la felicidad, esa que no es de cuento ni de discurso barato. Se trata de las condiciones dignas que los derechos humanos, la filosofía y hasta la economía suponen necesarias.

La necesidad de fundar nuestra felicidad individual en la ciudad (polis) nos ha obligado a construir metafóricos puentes, albergues, murallas, torres, eficientes desagües, toda una arquitectura vital, una ética y un sistema de leyes al que llamamos derecho, puesto que emanan de aquello que cada individuo tiene por privilegio (derecho natural). Es por ello por lo que reclamo que mi país sea cada vez más derecho; es decir, que se cumplan las leyes, que se acabe como fundamento primero aquello que hemos dado en llamar impunidad, una capa invisible que muchas veces se ampara con fuero y, en otras, con compadrazgos mal entendidos, que constituyen privilegios individuales que erosionan el amparo común.

La Organización Mundial de la Salud ha creado una serie de criterios para la ciudad sana, para la que establece que debe tener un ambiente limpio y seguro, satisfacer las necesidades básicas de todos sus habitantes, quienes deben participar en su gobierno local. También ha de proveer  acceso fácil a los servicios de salud. Por eso debemos exigir combustibles limpios y un eficaz sistema de transporte, deudas pendientes.

Por su parte, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo ha delineado prioridades como parte de su estrategia urbana: en primera instancia sugiere incrementar el número de viviendas para personas de bajos recursos, así como la  previsión de los servicios urbanos básicos como educación, servicios de salud primarios, agua limpia y servicios de saneamiento, mejorar el acceso de las mujeres a los servicios básicos y al gobierno. Todo ello supondría que en mi país existe la infraestructura dura y blanda para proveer de ello; sin embargo, sabemos que se prevé una caída del producto interno bruto de 7 por ciento para 2021, y la población en pobreza será de 60.2 millones de personas, con un incremento del porcentaje de desvalía de 14.2 por ciento más, como indicó para La Jornada Genaro Aguilar, investigador de la Escuela de Economía del IPN. En el país que espero se vivirá en presente, pero se proyectaría para el futuro, y no se estaría obsesionado con un pasado que es consuelo de cobardes.

Las ciudades tienen salud, y quizás quien mejor lo exprese es el escritor Ítalo Calvino, quien dedicó un libro entero a lo que estos conglomerados le inspiraban. Imaginó la nostalgia como tono para contar sobre las ciudades invisibles que nunca fueron visitadas por Marco Polo, pero que el escritor italiano imagina como ilusiones del viajero: “Durante algún periodo se me ocurrían sólo ciudades tristes, y en otro ciudades alegres; hubo un tiempo en que comparaba la ciudad con el cielo estrellado, en otro momento, de la basura que se va extendiendo día a día fuera de las ciudades”.

Toda ciudad es escenario donde transcurren miles de historias de hombres y mujeres, es la materia prima de nuestros sueños y pesadillas, el paisaje en el que gestamos sentimientos, relaciones e ideas. Somos la ciudad: cada uno de nosotros es una célula que integra este vasto organismo. Pero no se puede responsabilizar al espacio: la ciudad es la suma de todos nosotros, un cuerpo en constante movimiento. Por ello, imagino un país donde el ciudadano tiene voz, donde se fortalece su opinión, con mandatarios receptivos que comprenden que su labor es la de escuchar más que hablar; ser plataforma de las necesidades de su gente y no el intérprete tergiversador que acomoda el bien general a sus sueños de ambición.

La preocupación por el área urbana que se extiende por el planeta nos conduce a ideas como sostenibilidad, conectividad y la implementación de tecnología para la eficiente comunicación de los ciudadanos. Esto ha desatado múltiples proyectos y conceptos que tienden a hibridarse, los que podríamos agrupar en un solo objetivo: “habitabilidad”, un concepto innovador que hace referencia a la competencia de las instituciones gubernamentales y la sociedad civil organizada para proveer una plaza que propicie una vida “feliz” o de “calidad” para todos sus habitantes, además de proteger y optimizar los recursos naturales. Con todo ello como objetivo han surgido diversas propuestas internacionales: “Green Cities”, “Child Friendly Cities”, “Smart Cities”, “Sustainable Cities” e incluso “Smart Green Cities”.

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Estas denominaciones se adscriben a un propósito complejo: conseguir que todos nuestras naciones sean sociedades óptimas que incluyan aspectos de habitabilidad, habilidad y sostenibilidad:

Si buscamos la esencia y combinamos las propuestas de todas estas iniciativas podemos establecer una agenda común:

1. Las ciudades deben ser verdes. Recuperación de vialidades  y regeneración urbana de espacios antes grises, por una armónica combinación de vías de comunicación que se funden con parques y espacios de convivencia. Esto repercute en la seguridad pues el ciudadano que usualmente se alejaba de la agresiva mancha urbana es convidado a volver a transitar por zonas verdes donde, además, se llevan a cabo actividades culturales y recreativas.

2. Las distancias y el transporte deben acortarse. Los barrios deben proveer a los ciudadanos de todas las posibilidades para no tener que desplazarse, mediante programas que procuren que los ciudadanos tengan escuelas y centros de trabajo cerca de su vivienda. De aquí se desprenden programas de transporte que usen la tecnología para aminorar la emisión de contaminantes, así como la eliminación del transporte individual. Gracias a la pandemia hemos descubierto el teletrabajo, una opción que, bien combinada con la necesidad humana de la sociabilización presencial, resuelve muchos problemas.

3. Edificios sostenibles e inteligentes, ahorradores de energía, diseños que se adapten a la nueva urbanidad verde. Del mismo modo y gracias a la pandemia, los edificios tenderán a ser más horizontales y con menor aforo, lo que considera a los empleados que laboren desde casa.

4. Conectividad. Se aprovechan  las oportunidades que ofrecen las tecnologías de la información y la comunicación para aumentar la prosperidad local y la competitividad, lo que implica un enfoque de desarrollo urbano integrado sobre la base de múltiples actores, multisectorial, y las perspectivas de varios niveles:

• Administración de la ciudad, para agilizar la gestión y entregar nuevos servicios de manera eficiente. Trámites a distancia expeditos y fáciles.

• Educación, para aumentar el acceso, mejorar la calidad y reducir los costos. En este rubro cabe ponderar la escuela a distancia junto con su viabilidad por edades, puesto que funciona muy bien para grados superiores, pero no para la escuela básica y primaria, lo que nos obliga a repensar espacios y condiciones.

• Salud, para aumentar la disponibilidad, proporcionar mayor rapidez en el diagnóstico preciso, ofrecer cuidados para la salud y de prevención.

• Seguridad pública, para utilizar información en tiempo real para anticipar y responder rápidamente a las emergencias y amenazas.

• Bienes raíces, para reducir los costos operativos, el uso más eficiente de energía, aumentar el valor y mejorar las tasas de ocupación.

• Transporte, para reducir la congestión del tráfico, fomentar del uso del transporte público, mejorando la experiencia del cliente con viajes más eficientes y seguros.

• Servicios públicos, para gestionar las interrupciones, los costos de control, de energía o agua y la  reducción de residuos.

Lo anterior, y para seguir las definiciones que hemos planteado, obedece a la condición de orbe; ahora, respecto a la ciudad y sus habitantes, se requiere de personas que actúen y adopten una forma sostenible y ética de convivir con el espacio. Educar y convertirnos en ciudadanos competentes se traduce en reconocernos como agentes y operarios del cambio, establecer las competencias necesarias para la vida en común y mirar al futuro con esperanza, decisión y con proyectos que sean puntos que vinculen nuestro presente con el mañana. En este sentido la atención a las emociones y a las enfermedades mentales es una prioridad no sólo de México sino del mundo.  Ningún esfuerzo sería trascendente si no reconocernos que todo cuanto hacemos se orienta en la búsqueda de vida digna  para la comunidad que integramos.

El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) lleva a cabo la evaluación comparativa de las competencias ciudadanas en América Latina. Dicha encuesta arrojó la necesidad de desarrollar competencias ciudadanas fundamentales desde las aulas:

● Capacidad para resolver conflictos de manera pacífica.

● Habilidades de comunicación como alternativa a la agresión.

● Capacidad de procesar ideas y escuchar a los demás con el fin de llegar a acuerdos.

● Preocupación por el otro, las personas, los seres vivos y el medio ambiente.

● Habilidades emocionales para la convivencia (control de la ira, empatía, asertividad).

● Participación  en la toma de decisiones  colectivas.

● Capacidad de proponer ideas para el mejoramiento colectivo.

● Habilidades de liderazgo.

● Capacidad de representar a los demás.

● Capacidad para defender los intereses de otros.

● Capacidad para hacer frente a la discriminación por medio de mecanismos democráticos.

Todas ellas son esenciales para mejorar el rendimiento en casi todas las esferas de la vida, en las que se incluye el desempeño académico, la permanencia en la escuela, el desempeño laboral y la reducción de conductas de riesgo. Esto hace que las competencias ciudadanas sean clave para mejorar la calidad de la educación y la promoción de la convivencia pacífica, una vida más armónica y, por ende, feliz. Es lamentable observar que desde la esfera institucional se contravienen todos estos objetivos.

En 2006, el BID se unió a los organismos de educación de Chile, Colombia, Guatemala, México, Paraguay y República Dominicana para crear el Sistema Regional de Evaluación y Desarrollo de Competencias Ciudadanas, que estableció el Plan de Acción para el Desarrollo de Competencias Ciudadanas desde la Escuela en América Latina. Fue un proyecto regional para responder a los principales retos identificados en 2010 para continuar el fortalecimiento de la educación ciudadana; fue propuesto en 2012 por Colombia, Costa Rica y México.

La prueba utiliza una muestra representativa de cada país y se midieron conocimientos, actitudes y habilidades  en tres áreas:

(a) Convivencia y  paz

(b) Participación democrática

(c) Pluralidad y diversidad

La ciudad y sus ciudadanos somos escenario y protagonistas, no los líderes encerrados en su ambición. Si pudiera resumir en una figura la solución que agrupa una ciudadanía sana sería, usurpando la trinidad religiosa, el cumplimiento con la santísima trilogía ciudadana: cumplimiento político, empresarial y civil. Todos somos grandes  implicados.

La utopía, como ha dicho José Antonio Marina, “más que una visión del futuro, constituye una interpretación del presente”. No importa que ese presente contenga virus y problemas, no existe presente sin obstáculos. Ser buen ciudadano es pensar en nuestras obligaciones cotidianas, ejercer y defender nuestros derechos.

Sé que todo esto se antoja ilusorio, pero en el mes de mi país y en el que por accidente me tocó nacer, el que se estremece de temblores, recupero el deseo de pensar en el lugar que merecemos, en la actitud que se requiere para construirlo y en la posibilidad de que un día será posible.

Referencias

Attali, J. (1999). Diccionario del siglo XXI. Paidós, Barcelona.

Bachelard, G. (1984). La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica, México.

Bradbury, R. (1994). Fueiserá. Emecé, Buenos Aires.

Calvino, I. (1999). Las ciudades invisibles. Siruela, Madrid.

Fernández Buey, F. (2007). Utopías. El Viejo Topo, Barcelona.

Marina, J. A. (2010). La lucha por la dignidad: historia de la felicidad política. Anagrama, Madrid.

https://vimeo.com/groups/islascanarias7stories

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