Cinque Terre

José Antonio Crespo

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Investigador del CIDE

El Marro y el avispero

Desde luego que debe celebrarse la captura del Marro por diversas razones; refleja que el actual gobierno sí puede tener la capacidad de capturar a un líder criminal sumamente nocivo, así sea estrictamente regional. El operativo contrasta con el desastre que fue la captura de Ovidio Guzmán, su improvisación, las contradicciones comunicativas y las mentiras involucradas. Por otro lado, se refleja que sí hay la posibilidad de trabajar armónicamente entre autoridades federales y estatales, algo raro en nuestro país, y que más bien genera desencuentros y acusaciones mutuas. Y desde luego, es bienvenido el mero hecho de que se apliquen las sanciones que prevé la ley a quienes incurren en delitos graves como es el caso, es algo a celebrar.

Sin embargo, hay en estos casos también cosas que lamentar, pues a lo largo de los años -desde la estrategia aplicada por Calderón e incluso antes- se ha podido comprobar que la aplicación de las sanciones legales a jefes delincuenciales no genera el efecto disuasorio que se busca. Más que la venganza, es la inhibición al crimen la esencia de las normas punitivas. Pero en esta actividad, la enorme rentabilidad del crimen organizado no logra convencer a los participantes a prescindir de esta actividad. Ni el castigo penal ni eventualmente el ser asesinado por los pares es suficientemente disuasivo para quienes se reclutan en cárteles y pandillas.

Y tampoco ha sido eficaz en la reducción de la violencia; de ahí que la captura o incluso muerte de distintos capos no se traduce en una disminución de esa narcoviolencia. Lejos de ello, en algunos casos incluso genera –al menos por algún tiempo– más violencia. La ausencia de los líderes puede generar fragmentación de los cárteles que suele incrementar la violencia. O bien el vacío y debilidad temporal que genera la captura del líder provoca que los cárteles rivales busquen el momento para desplazar o derrotar al que se halla en situación frágil. También se ha traducido en la multiplicación de bandas y pandillas, lo que provoca nuevas actividades delincuenciales y más desorden. En otras palabras, la política de capturar líderes y capos ha resultado hasta ahora, en términos generales, inútil en el mejor de los casos, cuando no contraproducente; un auténtico círculo vicioso difícil de romper.

Justo eso era parte de lo que durante años criticó el hoy presidente López Obrador; equiparaba esa estrategia a “patear el avispero a lo tonto” porque lejos de apaciguar al país, incrementaba la violencia y el descontrol. Y por eso sostenía que la fuerza no era la mejor opción, y proponía mejor cambiar a otra paz. Desde luego que el llamado al comportamiento moral tampoco resuelve el problema, sino que consiste en algo seguramente más complejo que simplemente capturar y encarcelar a los capos.

Habría que desentrañar también los vínculos de los cárteles con funcionarios públicos en distintos niveles, así como con mandos policiacos e incluso militares, en algunos casos. Y de ahí también que explícitamente AMLO haya señalado que dejaría de lado dicha política. El hecho de que no haya sido así puede significar un nuevo cambio de señales, a partir de haberse convencido de que no hay otra opción. Con lo cual, de manera implícita estaría dándole la razón a Calderón y a Peña en la forma en que enfrentaron esta amenaza. O bien que, bien a bien, no tiene una estrategia alternativa que tenga visos de arrojar mejores resultados que las de sus antecesores.

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