Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

El lacayo Escipión

Uno de los signos del obradorismo es el maltrato que el ungido a menudo propina a sus aliados: artistas, académicos, líderes sociales, intelectuales, feministas, colaboradores cercanos, operadores políticos. Gremios y sectores enteros vituperados cuando le dejan de servir o traicionan la causa (que es lo mismo). Es ingrato y pérfido con quienes se han rendido a sus pies.

Se ha ensañado lo mismo contra universidades cuyos alumnos y profesores simpatizaron mayoritariamente con él –como la UNAM–, contra las clases medias “aspiracionistas” que le creyeron, y contra grupos progresistas que pensaron que instauraría una república de arcoíris, que contra líderes de opinión que lo edulcoraron en su ascenso, y contra alfiles que se salieron del guion.

La Romería de san Isidro
FRANCISCO DE GOYA Y LUCIENTES. ©Museo Nacional del Prado

No es que cambie súbitamente. Allá de quien le haya creído, porque ha sido siempre uno de los políticos más transparentes. El error es de los ilusos. Algunos valientes se bajan del barco para salvar su prestigio y volverse críticos, como Carlos Urzúa. Pero los más callan ante el maltrato, como el feminismo obradorista o buena parte de su gabinete, que, como reportó Raymundo Riva Palacio hace unos meses, sufre asiduas humillaciones. Los más fieles lambiscones de los medios y redes sociales siguen campantes a medio sexenio. Y de todos los ultrajados no habrá pocos que lo apoyen hasta el fin y aun voten por su delfín.

Debemos releer el Calígula de Albert Camus, sobre el tirano nihilista romano, para entender un poco la psicología de los agachados. El tribuno militar Casio Quereas conjura contra el emperador por el gran sufrimiento que ha traído al mundo y busca reclutar antiguos adeptos decepcionados del César. Nadie mejor que el joven poeta Escipión, cuyo padre fue asesinado por el propio Calígula. El diálogo entre ellos retrata a la perfección el alma de los feligreses sobajados.

QUEREAS

   El tiempo apremia. Debemos mantenernos firmes en nuestra decisión.

ESCIPIÓN

   ¿Quién ha dicho que yo no me mantengo firme?

QUEREAS 

   Ayer no acudiste a la reunión.

ESCIPIÓN

   Es cierto, Quereas.

QUEREAS

   Escipión, tengo más años que tú y no va con mi carácter pedir ayuda. Pero lo cierto es que te necesito. Este [plan] requiere fiadores que inspiren respeto. En medio de tanta vanidad herida y de tan innobles temores, solo tú y yo actuamos movidos por motivos puros. Sé que, si nos abandonas, no nos traicionarás. Pero eso no importa. Lo que quiero es que sigas con nosotros.

ESCIPIÓN   

   Te comprendo. Pero te juro que no puedo.

QUEREAS

   ¿Quiere decir eso que estás con él?

ESCIPIÓN    

   No. Pero tampoco contra él.

QUEREAS

   ¡Ha matado a tu padre!

ESCIPIÓN

   Sí, y ahí empieza todo. Pero también acaba ahí.

QUEREAS

Niega todo lo que tú crees. Vilipendia todo lo que tú veneras.

ESCIPIÓN

 Es cierto, Quereas. Pero hay algo dentro de mí que se le parece. En nuestro corazón arde la misma llama.

QUEREAS

Hay momentos en que es preciso elegir. Yo he acallado en mí todo lo que pudiera parecérsele.

ESCIPIÓN

No puedo elegir porque, además de lo que sufro, sufro también por lo que él sufre. Mi desgracia es que lo comprendo todo.

QUEREAS

Luego eliges darle la razón.

ESCIPIÓN

   ¡Por favor, Quereas, para mí nadie, ya nadie, volverá a tener razón!

No se entienden estos tiempos sin advertir esa timidez de espíritu y esa inmolación. Sobra decir que el obradorismo está lleno de Escipiones. El mayor problema es que el pueblo también.

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