Cinque Terre

Luis de la Barreda Solórzano

El juicio de Miss México

Al abrirse las puertas del edificio, una avalancha humana se precipitó al patio. Muchos, empujados por esa marea, se vieron obligados a subir a los corredores. La planta baja era insuficiente para dar cabida a los asistentes. Alrededor de 6 mil personas querían presenciar el juicio; solamente lograron ingresar a la sala unas 100. Otros afortunados, con la complicidad de los ujieres, habían ocupado desde la madrugada el resto de las 400 butacas.

Ante el interés que despertó, el juicio fue transmitido por radio en vivo y en directo. Se colocaron transmisores en Humboldt y avenida Juárez para los transeúntes. Cientos de miles de mexicanos escucharon las audiencias. Los juicios de aquellos años se prestaban al más intenso dramatismo y a la dramatización más espectacular porque eran dilucidados ante un jurado popular cuyos integrantes, todos varones, no siempre escuchaban fría y serenamente planteamientos lógicos y razones jurídicas, sino que eran susceptibles a gesticulaciones, dotes oratorias, golpes sentimentales y la simpatía o la antipatía del fiscal, los testigos, el defensor y los acusados.

El enjuiciamiento de una mujer bellísima, conocida por todos, que había sido elegida el año anterior como Señorita México y ahora era acusada de haber dado muerte a su marido vaciándole la carga completa de la pistola, era un espectáculo que nadie quería perderse. María Teresa Landa, con apenas 18 años, había ganado el concurso de belleza organizado por Excélsior, en el que participaron 25 concursantes. Los votos de los lectores decidieron a las cinco finalistas —María Teresa obtuvo 9 mil 473 de los 50 mil emitidos, más que ninguna otra—, entre las cuales un jurado calificador eligió a la Señorita México.

Poco tiempo antes, en el velorio de su abuela, le había sido presentado el general Moisés Vidal, un hombre que le doblaba la edad. María Teresa nunca se había sentido atraída por sus compañeros de la Escuela Normal ni de la Escuela de Odontología. Muchacha culta y sensible, los chicos de su edad le parecían bobos. En cambio, Vidal la impresionó desde el primer momento. Al regresar de Galveston, Texas, donde participó en el concurso Miss Universo, se casó con él. La pareja disfrutó once meses de su matrimonio. Pero el 25 de agosto de 1929 ella leyó en un diario un titular que decía Miss México, a las puertas de la cárcel.

La nota informaba que un día antes una mujer había acudido ante un juez a demostrar que era la legítima esposa de Moisés Vidal, con quien había procreado dos hijas, y a acusar a su marido de adulterio y bigamia. María Teresa sintió que se asfixiaba; la cabeza le ardía y todo daba vueltas a su alrededor. Se dirigió a la salita donde su esposo leía, le reclamó, tomó la pistola que estaba en la mesa de centro, amagó con dispararse y, cuando Moisés intentó incorporarse del sofá, le apuntó y disparó. El gatillo era muy sensible. Disparó otra vez, y otra… hasta vaciar la carga.

Al entrar a la sala de jurados, un largo murmullo la siguió. Enlutada lucía más bella que nunca. El alegato final de su defensor José María Lozano, abogado de gran cultura conocido como el príncipe de la palabra, tocó el corazón de los oyentes. Al cabo de cinco horas de discurso preguntó: “¿Qué podía hacer Miss México al saber de su deshonor?” Todos quedaron cautivados. La acusada fue absuelta. El público estalló en una larga ovación.

Le llovieron ofertas para dedicarse al cine o al modelaje. Eligió la academia. Muchos años después fue mi maestra de historia universal en la Prepa Uno. Sus clases nos fascinaban. Desconocíamos su pasado. Su vehemencia narrativa se agigantaba cuando las protagonistas —Ana Bolena o María Antonieta, por ejemplo— eran mujeres de sino trágico.


Este artículo fue publicado en Excélsior el 28 de octubre de 2019, agradecemos a Luis de la Barreda Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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