Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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El invierno de Boris

Desde el triunfo de la llamada “Revolución gloriosa de 1688”, la cual consolidó de forma definitiva su sistema parlamentario, el Reino Unido nunca fue proclive a caer en las garras de demagogos. Los dirigentes políticos de Albión han sido quizá pérfidos, pero poco propensos a padecer delirios megalómanos. Cualquier exceso en este sentido ha sido castigado en las urnas, como aquella necedad de Margaret Thatcher de imponer un poll tax a finales de los años ochenta. Quizá la razón de esto reside en el carácter inglés, curtido de una fina ironía, un legendario pragmatismo, una deliciosa excentricidad y una única sabia convicción: “La vida no es para tomarse demasiado en serio”.

Durante el siglo XX el Reino Unido se mantuvo al margen de los enfrentamientos ideológicos, los sueños utópicos y los fanatismos devastadores. Arthur Koestler definió al británico como un pueblo por naturaleza “sospechoso de toda causa, desdeñoso de todo sistema, aburrido por las ideologías, escéptico con las utopías”. Sin embargo, al parecer todo eso se acabó. La insensatez del brexit dio al traste con la leyenda del sentido común británico.

El electorado inglés se entregó, sin más, a las falacias, prosopopeyas y falta de escrúpulos de demagogos impresentables como Nigel Farage y de varios dirigentes del Partido Conservador famosos por su exceso de egocentrismo. El principal de ellos es el carismático exalcalde de Londres y actual primer ministro, Boris Johnson. No todo es deleznable en su carrera pública y en su personalidad: es un individuo intelectualmente brillante, escritor de mérito, polémico columnista, dueño de un magnífico sentido del humor, capaz de citar a Milton, a Shakespeare y a los trágicos griegos. Es extraña tanta solidez intelectual en los pedestres dirigentes populistas —sí, pienso, por ejemplo (entre otros), en el Peje. Pero Boris también es un megalómano excéntrico y bufonesco. Como uno de los principales exponentes del brexit realizó una campaña llena de mentiras y de nacionalismo chabacano.

Esta semana el Partido Conservador celebró su congreso en Manchester. Lo hizo con el país trastornado: consumidores y empresas empiezan a sentir los efectos negativos del brexit, el Servicio Nacional de Salud atraviesa una de sus peores crisis, los precios van al alza, las estaciones de gasolina quedaron inoperantes por varios días por culpa de la escasez de choferes para transportar el combustible y los estantes de los supermercados están casi vacíos. Sin embargo, casi dos años después de su contundente victoria en las elecciones generales y a pesar de su manifiesta ineficiencia y apayasada personalidad, Boris Johnson se sitúa cómodamente a la cabeza en todas las encuestas electorales.

Peter Nicholls/Europa Press

Lejos de cualquier autocrítica o talante reflexivo, el tono del primer ministro en Manchester fue triunfal: rechazó los llamados de la industria para abrir las puertas a más trabajadores extranjeros, aseguró estar listo para tomar “decisiones audaces” en la inminente labor de reconstruir la economía británica una vez superada la pandemia y se atrincheró aún más en su defensa del brexit al llamarlo “un gran momento de liberación nacional, gracias al cual superamos la pesadilla de nuestra sumisión ante la Unión Europea (UE)”.

El Partido Conservador y su líder prefirieron seguir metidos en su burbuja de verdades alternativas, pero la realidad es que la escasez de conductores de camiones estuvo detrás de los problemas de suministro de combustible. Miles de europeos que solían trabajar en la industria del transporte y también en otros sectores como la agricultura, el procesamiento de alimentos, la hotelería y muchos servicios públicos han regresado al continente, dejando grandes brechas en el mercado laboral. Los problemas que ahora enfrentan los exportadores británicos son el resultado directo de la nueva burocracia consecuencia del “brexit duro” negociado por Johnson, el cual sacó a Gran Bretaña del mercado único y de la unión aduanera europea. El comercio con las naciones de la UE se ha desplomado desde que entraron en vigor las nuevas normas, cifras que no muestran ninguna recuperación posterior al fin del confinamiento por la pandemia. También siguen en vilo los acuerdos respectivos a Irlanda del Norte. Pero para Johnson todo esto es solo un “período de ajuste” aunque, eso sí, advirtió que los actuales problemas en las cadenas de suministro y la escasez de alimentos y combustible podrían continuar hasta Navidad. Le espera al Reino Unido un muy shakesperiano “invierno de descontento”.

Y ante todo este desastre, la popularidad de Boris, ¡indemne! Así pasa con muchos populista de por aquí y por allá: por muy mal que gobiernen se mantienen en las cimas de la popularidad. Todos han asimilado la lección fatal aprendida en la campaña del brexit: ya no hay castigo en las urnas para los políticos que mienten descaradamente y rompen las reglas de forma flagrante.

Los populistas actuales no se preocupan de ser descubiertos al violar leyes, quebrantar instituciones, faltar sistemáticamente a la verdad o hacer trampas.  Lo único indispensable para ganar elecciones y consolidarse en el poder es saber manejar un discurso divisorio de retórica fácil, irreverente ante la corrección política, diseñado para culpar de los problemas nacionales a enemigos identificados, fuerzas oscuras, influencias externas y a los inmigrantes.

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