Cinque Terre

Julián Andrade

Escritor y periodista.

El INE ante el Leviatán oscuro

Se está edificando un extraño Leviatán sin que exista mucha claridad de a dónde nos conducirá –más allá de la centralización de las decisiones y la ausencia de equilibrios–, el desarmado institucional que acompañó a la normalidad democrática hasta diciembre del año pasado.

Lo que ocurrió con la CNDH y lo que ha venido sucediendo en el Poder Judicial, es muestra de que las instituciones están en riesgo.

En el caso de la Ombudsperson se violentaron todas las normas para su designación y quedó claro que el entramado legal no será obstáculo para impulsar un acomodo acorde a las necesidades del nuevo poder político.

Si bien es explicable que se trate de controlar, desde el ejecutivo, cada nombramiento, debería imperar el afán democrático que tiene que basarse en el respeto a las minorías y en el fomento de la pluralidad.

Así se hizo en el pasado, muchas veces a regañadientes y enfrentado resistencias, pero entendiendo que la gobernabilidad necesita de pactos, negociaciones y contrapesos.

El Instituto Nacional Electoral (INE) es una muestra de esa capacidad de elaboración política que no debería perderse, porque la vamos extrañar todos y en partícular quienes gobiernan, aunque aún no lo sepan.

En efecto, el entonces Instituto Federal Electoral (IFE) fue consolidado en un escenario de grandes desafíos para el sistema político mexicano. En 1994 una rebelión desatada por el EZLN y el asesinato del candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio, colocaron el tema de la democracia como una premisa irrenunciable.

Por eso fue que se nombraron los primeros consejeros ciudadanos. Con el apoyo de los partidos, y el secretario de Gobernación, quien presidía a la autoridad electoral, decidió no utilizar su capacidad de veto, para dar legitimidad al Consejo General.

La contienda se desarrolló con tranquilidad, pero se abrió un proceso de reformas y adecuaciones que culminaron con la consolidación del un sistema mixto, con la autoridad administrativa en el INE y con una vigilancia permanente en el Tribunal Electoral.

En los hechos esto significó pacificar la disputa por el poder político, dando transparencia a las elecciones, y abriendo un camino sólido para la resolución de las controversias.

Este entramado está en riesgo, porque existen motivos fundados para pensar que se quiere debilitar al INE y que una de las rutas es la reducción del mandato del presidente consejero y otra más la del ahogo presupuestal.

El costo de la democracia mexicana es alto, pero está ligado a una cultura de la desconfianza que fue alimentada y promovida, sobre todo, por quienes ahora gobiernan.

Las recurrentes reformas electorales, donde se combinaba la revancha de los perdedores y la culpa de los triunfadores es un retrato de lo que nos ha faltado en la consolidación de la cultura democrática y del acatamiento de las reglas.

Por eso después de cada elección vienen, o venían, las denuncias de fraude, aunque éstas no se encuentren sustentadas con pruebas.

Lo que ahora es distinto, y por ello inquietante, es que es la primera ocasión, en décadas, en que estamos a las puertas de una regresión, de volver al tiempo de la subordinación de la autoridad electoral a los poderes ejecutivos.

La defensa del INE debiera ser, por ello, la agenda más urgente de la oposición, o de lo que queda de ella, pero sobre todo de la sociedad civil, porque los logros democráticos son un patrimonio de todos.

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