Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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El incombustible peronismo

Se ha afirmado muchas veces que el peronismo es el cáncer de la Argentina, el principal factor en el inicio de la trágica decadencia del que pudo haber sido un gran país. Pero la cosa no es tan sencilla. El peronismo parece eterno porque está profundamente arraigado en la psique del país. Nunca se ha pensado a sí mismo como un partido, sino como la nación misma, fuente exclusiva de legitimidad e identidad. En este sentido, mucho se parece a nuestro PRI. De acuerdo a esta lógica se puede ser peronista (en México, priísta) de distintas formas, colores y sabores. Las afinidades y diferencias entre el PRI mexicano y el peronismo argentino son un tema clásico de la historia y la política comparada. Perón tenía muchos defectos, pero la falta de sentido del humor no era uno de ellos. Se cuenta que alguna vez un periodista le pidió describir en pocas palabras el panorama político argentino, a lo que el general contestó: “Mire, en Argentina un tercio de los electores son radicales, otro tercio son conservadores y el resto es socialista”. “Y entonces, ¿dónde están los peronistas?”, preguntó el entrevistador. “¡Ah, no, peronistas somos todos!”, fue la jactanciosa respuesta.

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Perón fue demagogo, resentido, cínico, inculto, corrupto y megalómano. Estaba, sin duda, dotado de un extraordinario carisma y de gran talento político (como tantos otros dictadorzuelos) pero fue absolutamente incapaz de gobernar su país pensando en el futuro. Sólo buscaba las alabanzas y el aplauso de la inmediatez. Se dedicó a cooptar a los sindicatos para ponerlos al servicio de sus proyectos políticos mediante el ejercicio de una estrategia clientelar de largo alcance, farsa que eufemísticamente los defensores del populismo llaman “posicionamiento histórico de los trabajadores en la arena de la historia”. Su estrategia política se basaba en principios básicos presuntamente tan simples y consensuales como “la tercera posición internacional”, “la justicia social”, “la soberanía nacional”, etc. Pero por sobre todas las cosas el peronismo postula un dogma central: todo se vale para mantener el poder. La guía peronista para gobernar es muy sencilla: estatista y despilfarradora en lo económico; maniqueo, clientelar y autoritario en lo político; oportunista y camaleónica en lo ideológico. Sobre todo el peronismo es una especie de camaleón capaz de mantener el discurso populista y al mismo tiempo adaptarse a los cambios ideológicos del momento. Imitó al fascismo en los años cuarenta, en los setenta pretendió ser socialdemócrata, en los noventa (con Menem) fingió ser neoliberal, con los Kirchner acentúa su carácter populista y con Alberto Fernández intenta asumir una faceta moderada, pero su impresentable vicepresidente está lista para estropearlo todo.

Hoy el peronismo mal gobierna Argentina con el que es su quinto avatar. Está en problemas, como lo demuestra su pésimo resultado en las pasadas elecciones primarias. Ello porque por primera vez le toca gobernar sin tener nada qué repartir. Alberto Fernández le tocaron vacas flacas y a él le esta estallando la bomba en las manos. Por eso quiso adoptar un cariz más conservador. Sin embargo, la idea no funcionó. Populismo que no regala a manos llenas no es populismo y de eso se está tratando de beneficiar la conflictiva Cristina Kirchner (desde las pasadas elecciones ya no firma con su apellido de soltera “Fernández”). Esta señora en una pesadilla y está lista para acabar de destrozar al actual gobierno. Lo dejó establecido claramente en la furibunda carta que dedicó al jefe des Estado tras el varapalo en las primarias, donde le pide a Fernández “honrar la decisión de ella de nominarlo para la presidencia de la Nación en 2019”. La vicepresidente le pide al presidente someterse mansamente a sus decisiones porque es a ella, y exclusivamente a ella, a quien le debe el cargo.

Pero lo dramático para Argentina es que es que las experiencias de los gobiernos no peronistas también han sido fallidas. Fracasaron Alfonsín, De La Rúa y Macri. Las propuestas no peronistas son capaces ganar elecciones, pero ha resultado imposible aplicarlas en la realidad. Por eso el “no peronismo” solo ha tenido intervalos dentro de una trayectoria política y electoral predominantemente peronista. Se gobierna muy mal en la Argentina y gobiernan mal todos los partidos. Abunda la corrupción, la discrecionalidad, la falta de transparencia, la ausencia de genuinas estrategias de políticas públicas, el clientelismo, el nepotismo, la manipulación de la información pública y la cooptación de agencias públicas para fines partidarios o personales. No hay planificación, implementación ni evaluación de los principales programas de política pública de acuerdo con los estándares internacionales. Por eso pasan los años y los problemas crecen y crecen: la inseguridad, el estancamiento económico, la decadente calidad de la educación, el aislamiento internacional, la perenne crisis en los servicios públicos y de la salud pública, la pobreza. Y de ahí la nefasta tradición argentina de los derrumbes cíclicos. El peronismo sobrevive gracias a su extraordinaria flexibilidad. No hay metas concretas a alcanzar, el largo plazo no existe, importa solo lo inmediato y solo son buenos aquellos valores útiles para conservar el poder. Y si nos asomamos al resto de América Latina, (incluyendo, por supuesto a México) nos encontramos en mayor o menor medida con el mismo drama. El destino el de los argentinos y, en general, el de los latinoamericanos es lidiar periódicamente con los resurgimientos del populismo, engendrados por los constantes fracasos de los modelos de desarrollo, la debilidad de las instituciones democrático-liberales y la persistencia de una muy vieja tradición patrimonialista de gestión del poder con vocación mesiánica y redentora.

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