Cinque Terre

Javier Solórzano

El horror como forma de vida

La descomposición social y la violencia en el país llevan un buen rato en un barril sin fondo. No hay indicios de que las cosas se vayan a revertir; más bien vivimos en el horror.

Lo peor que nos puede pasar es entrar en los terrenos de la costumbre y de lo que podemos definir como “normal”. Hemos colocado a la violencia como parte d30e nuestras vidas, la tenemos entre nosotros y, en muchas ocasiones, la propagamos en nuestras redes; pareciera que por momentos nos hemos acostumbrado a ella.

El brutal asesinato de los policías federales en Guerrero es un horror desde donde se le vea. El horror estuvo en las redes por varias horas, en medio de una dosis de indignación, tristeza, profundo dolor y, quizá también, algo de morbo.

No hay día en que no pase algo que nos sacuda, pero que al mismo tiempo terminemos por integrar a la construcción de nuestra cotidianeidad.

Nos hemos ido familiarizando y hemos asumido que somos un país definitivamente violento, con una alta tasa de personas desaparecidas; con que somos el lugar del mundo en donde es más peligroso ejercer el periodismo; o con que tenemos una “epidemia” de muertes violentas. Parece que llegamos al final del día “agradecidos” de que no nos hayan asaltado o atacado.

La descomposición a la que hemos entrado no exenta a nadie.

Lo que pasó con los estudiantes de cine de Guadalajara es una manifestación más de ello. Confirma en lo que estamos metidos y también cómo la delincuencia organizada, siempre en complicidad con la autoridad, ha logrado permear en cualquier ciudad.

Todo parece indicar que uno de los tres estudiantes de cine tenía algún tipo de nexo con la delincuencia organizada. Una tía, una casa, una red de prostitución y lo que parece ser una confusión, son los elementos que detonaron los hechos.

Si se confirman las relaciones de uno de los estudiantes con los delincuentes, es una prueba más de la descomposición, la cual no tiene ni límites ni freno. La violencia con que mataron a los estudiantes y los rociaron con ácido, al igual que la manera en que asesinaron a los policías federales en Guerrero, muestra el sentido que tiene la vida para los delincuentes. No les importa ni el cómo ni de quién se trata; mandan mensajes no sólo con lo que dicen, sino también con la forma en que asesinan.

El horror es ya parte de nosotros y estamos, en muchos casos, rebasados.

RESQUICIOS.

Así nos lo dijeron ayer:

David Navarro, asesor de imagen profesional: un debate es un ejercicio de comunicación. El lenguaje corporal puede llegar a ser igual de importante que el verbal; una de las cosas que más atendemos es el carácter que muestren los participantes. Anaya y El Broncofueron quienes mejor aprovecharon el debate.

Rodríguez Calderón sorprendió con su lenguaje y actitud; fue el que llamó la atención porque, además, a nivel nacional no era conocido. Le pudo fallar traer una esclava, la cual se fue convirtiendo en un distractor.

Margarita Zavala iba bien vestida, pero su maquillaje la hizo ver con rasgos severos en su rostro. Empezó con un buen lenguaje corporal, el cual se fue diluyendo en la medida en que le fueron preguntando; se le vio nerviosa.

De Meade se esperaba que fuera más firme y severo con AMLO; tuvo momentos, pero no fue contundente. Parecía que estaba grabando uno de sus spots. Estuvo demasiado controlado. Su vestimenta fue la adecuada.

Anaya fue quien hizo la tarea. Empezó débil y tenso, pero cuando se dio cuenta de que AMLO no contestaba y que estaba molesto, reaccionó y tuvo sus mejores momentos. Su lenguaje corporal fue muy bueno; sabía muy bien qué hacer con sus manos. Su vestimenta fue buena y cerró bien.

López Obrador tuvo grandes oportunidades de aumentar su ventaja, pero optó por ser neutro. Repitió combinaciones de ropa de anteriores debates. La que usa en campaña lo identifica y le va muy bien. En la medida en que avanzaba el debate se le veía molesto y notoriamente incómodo, lo que se manifestó en su lenguaje corporal.


Este artículo fue publicado en La Razón el 25 de abril de 2018, agradecemos a Javier Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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