Cinque Terre

Julián Andrade

Escritor y periodista.

El forcejeo por el futuro de la OEA

La OEA no desaparecerá, pero la sola idea de transformarla en un organismo distinto, es de una dificultad enorme ya que se requerirían de al menos 26 de los 34 estados miembros para lograrlo. El gobierno mexicano está empeñado en hacerlo, pero no la alcanzan los números.

Una pista. Luis Almagro, el actual titular de la OEA, resultó reelegido, en marzo de 2020,  con 23 votos frente a los 10 que obtuvo María Fernanda Espinosa, la canciller ecuatoriana y quien había trabajado con Rafael Correa, el ex mandatario acusado de corrupción y a quien la delegación mexicana apoyó.

Aunque  desde entonces se suscitaron diversos cambios políticos en la región, estos no alcanzan para pensar que existe una nueva alineación. Es más, hay países como Colombia que rechazan el aventurismo y está más que presente la influencia de los Estados Unidos en las decisiones que se toman.

Los aliados más decididos del gobierno mexicano son el presidente de Bolivia, Luis Arce y el de Venezuela, Nicolás Maduro. No son los mejores compañeros de ruta y en particular el venezolano, quien enfrenta graves acusaciones de las Naciones Unidas por las recurrentes violaciones a los Derechos Humanos.

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El sábado se realizará, en la Ciudad de México, la Cumbre de la Comunidad de Estados Latino Americanos y del Caribe, en la que está confirmada la asistencia de 16 jefes de estado, y se pretende que sea ahí el lanzamiento de una iniciativa de cambio profundo, aunque no necesariamente para mejorar.

Pero este viernes, en Washington se celebrará el 20 aniversario de la Carta Interamericana Democrática y a la que están convocados diversos cancilleres de los países miembros. Entre la lista de participantes, emitida en el convocatoria de Harold Forsyth,  presidente del Consejo Permanente de la OEA,  no hay ningún representante de México.

En el fondo, lo que molesta de la OEA es la Carta Democrática Interamericana en la que se defiende con claridad a los gobiernos que provienen de elecciones sin sospecha y que mantienen las libertades y el funcionamiento de la legalidad. Ese es el meollo del pleito, porque hay regímenes que no quieren de observación alguna.

El centro de las críticas a la OEA se desprende de las gestiones de Almagro ante la crisis que se suscitó en Bolivia, cuando Evo Morales fue depuesto por un golpe de estado, pero en particular por la incorporación Gustavo Tarre, miembro del equipo de Juan Guaidó, cuando este fue designado presidente interino de Venezuela, con un carácter simbólico, aunque llegó a ser reconocido por 50 países.

Un punto de la discordia es Cuba, la que salió de la organización en 1962, pero que en la actualidad está en un proceso de diálogo para su eventual  reincorporación, ya que la resolución en su contra quedó sin efecto desde 2009. No es una tarea sencilla, porque el gobierno de La Habana tendría que sujetarse a los principios de la OEA, pero la posibilidad existe.

 

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