Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

El feminismo obradorista

Los feminicidios, la misoginia, el acoso, el abuso, la desigualdad en México no sólo son reales sino nuestra peor cara. Incluso en términos meramente utilitarios, habría que ser sumamente tontos para no desear la igualdad y libertad y paz y tranquilidad de la mitad de la población. Sin que esto deje de ser cierto, también lo es que las causas se pueden descarrilar, se pueden extraviar, y las agendas pueden ser cooptadas para ganancia de gente no muy noble ni muy honesta.

El feminismo contemporáneo tiene a menudo tintes inquisitoriales, persecutorios y misándricos. ¿Qué pasa cuando un movimiento con estos excesos se incorpora a la maquinaria de un partido político en el poder? ¿Qué pasa cuando esos resortes terminan en el arsenal de un régimen autoritario? Me refiero a la escalofriante ligereza con la que algunas de las feministas obradoristas más estridentes suelen repartir acusaciones cibernéticas a cualquier crítico a la menor provocación. Las he visto de todas: violador, abusador, misógino, opresor. En estos casos, los excesos se convierten en más que daños colaterales necesarios para ganar una guerra justa o “huevos rotos para el omelette”, como dicen algunas adeptas. Son armas del régimen para acallar opositores.

FOTO ORIGINAL: GALO CAÑAS/CUARTOSCURO.COM

Pero todo se vuelve doblemente siniestro y perverso y feo y mendaz cuando ese régimen elige candidato a gobernador a un hombre que carga a cuestas varias acusaciones legítimas. Y, entonces, afloran las obvias contradicciones. La pregunta que salta inmediatamente es: ¿cómo es que, por un lado, pueden acusar con semejante irresponsabilidad, arrogancia moral e impunidad a cualquiera de opresor y, por otro, servir a un régimen que encumbra a uno de veras sospechoso de serlo?

La contradicción no es fortuita. Queda claro que el feminismo obradorista es, en los hechos y a todas luces, una farsa más al servicio del régimen, un subterfugio idéntico al combate a la corrupción, a primero los pobres, a la austeridad, para acumular poder. Algunas de sus funciones son avasallar críticos, deslegitimar voces y concretar vendettas políticas bajo la fachada progresista. Pero la principal es hacernos cómplices del pecado. El problema no es el obradorismo, nos dicen, sino su entelequia favorita: el patriarcado. Eximen así a los responsables y nos reparten la culpa.

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